ABORREZCO de la forma y sentido que han adoptado algunos de los llamados blogs, o espacios de comunicación abierta en Internet. Sin embargo creo que un análisis meditado y frío convierte tal fenómeno en un enorme desafío y también en una excelente oportunidad para la prensa y los medios de comunicación. Un escritor amigo me asegura haberse dado cuenta de la cantidad de tiempo que perdía visitando algunos blogs, posiblemente inducido por el hecho de que hablaban de él. Pero hastiado al mismo tiempo de estar en boca de gentes que al hablar de sus libros podían hacerlo ¡sin haberlos leído! Ese amigo protestaba por el hecho de que esa circunstancia se diera. Uno, me decía, está tres años trabajando en una obra y alguien que la desconoce y comienza diciendo que no la ha leído, opina sobre ella con la mayor impunidad. Ese hecho se da, pude comprobarlo en una polémica ya antigua sobre crítica literaria, que trajo a la palestra la oportunidad de actuar en el foro a gentes que ni sabían, ni conocían, ni siquiera leían, sólo opinaban, porque el medio está para eso, para opinar, independientemente de su contenido y responsabilidad.

Creo que se está cumpliendo en la forma que han adoptado los blogs que conozco, la prevalencia perversa de la opinión sobre el juicio. A la gente le basta con lo primero, olvidando que una opinión sin juicio, sin discurso, debería ser rechazada. Pero, pese a mi incomodo por la forma en que se desarrollan esos foros me resisto a adoptar la mirada puramente crítica de sus aspectos negativos. También los hay positivos. Enunciaré algunos. El primero me parece a mí que tiene que ver con el propio canal: muchos de los blogs han nacido o viven al abrigo de los medios de comunicacion, especialmente de los periódicos diarios, y servirán para revitalizar la forma misma en que se da tal comunicación, hasta ahora unidireccional. El blogs puede abrir caminos de ida y vuelta, y la comunicación con los lectores puede hacerse en cierto modo reversible. Por supuesto en un contexto de pérdida de lectores no es detalle menor que los periódicos aumenten su visibilidad aliándose con ese nuevo espacio digital, donde los jóvenes son principales usuarios.

Luego está la hegemonía ideológica ( y su reverso). Todo el mundo pensaba que internet iba a ser un instrumento universal de dominio, y que la llamada globalización produciría una instrumentación masiva de las voces dominantes, del poder económico y político. Cuando la radio nació movió también muchas voces críticas, y un intelectual como Theodor Adorno, por ejemplo, lanzó una llamada de atención, luego se supo a la vista del uso que de ella hizo Hitler muy pertinente, sobre los peligros de un uso despótico o tirano de las posibilidades de llegar con tal inmediatez a todos los hogares. Sin embargo la radio, en su evolución posterior, desmintió todo vaticinio pesimista, convirtiéndose en uno de los aliados más firmes que han tenido las democracias, como vimos los españoles en el golpe del 23 de Febrero de 1981, y como vemos ahora en el espacio de pluralidad real que ejercen en el orden ideológico y político. Con internet, puede ocurrir, está ya ocuriendo, lo mismo: millones de voces diferentes se alzan y no es tan fácil que la información sea ya tan manipulable. Si comparamos, en el terremo informativo, las dos guerras de Irak, la de 1991 y 2003, la de Bush padre e hijo, vemos que la misma existencia de internet supuso un freno a la unidirección informativa que la CNN impuso con su monopolio informativo en la primera. Y los ejemplos podrían multiplicarse: muchas organizaciones no gubernamentales y rincones apartados del mundo tienen en el nuevo medio su única oportunidad para ser oídos o vistos. Y las ideas minoritarias la oportunidad de entrar en un canal masivo. Con los blogs, por tanto, conviene proceder con cautela, y no limitarse a condenar la visible proliferacion de estupideces acumuladas que los convierten en un bla, bla, bla. Para ello habría que empezar intentando corregir y denunciando algunas de las prácticas más usuales, que resultan inaceptables. Por ejemplo su vulnerabilidad, nacida de la débil resistencia que pueden oponer a que un grupo de amiguetes pueda actuar de mamporreros, ocupando para sí el espacio del periódico o del blog y terminando por bloquearlo a fuerza de su sobredimensión. Quizá, y ya está ocurriendo con alguno de los que conozco, el bloqueo sistemático al que lo someten un grupito de usuarios adictos, que establecen en tal blog conocido, y por tanto visible, su tertulia particular, acumulando sandeces, ocurrencias, falsas agudezas, o estupideces sin número, pueda servir de una reflexión importante: no creo que pueda sostenerse mucho tiempo la práctica del anonimato que permite a una serie de gentes asomarse a un blog con tal grado de impunidad, agazapados en su pseudónimo. Hay otro fenómeno que convendría legislar: el uso de la firma de otro. Cualquiera puede firmar con tu nombre, suplantando tu identidad, bajo las frases más inanes, o los pensamientos más contrarios a los que tú mismo habrías emitido. Esa práctica de la falsificación de la firma la he observado precisamente por la convicción de que tal sujeto no es posible que firme lo que allí se dice, ni la forma o estilo (no estilo casi siempre) en que se hace. Un elemental principio de responsabilidad y un derecho a la propiedad de tus palabras e identidad debería llevarnos a corregir estos abusos evidentes de la firma, que si proliferan, por muy sospechosos que resulten, pueden terminar por crear un ruido contaminador de toda la verdad, incluso de la más elemental, que es saber quién dice qué cosa.

Con cada nuevo medio de comunicación ha surgido un cambio de cultura. La escritura, como muestra el sabroso final del Fedro de Platón, supuso un desafío clave para la forma en que se organizaba el saber antiguo, y dio el nacimiento nada menos que a la interpretación que lo escrito suscita, al haberse alejado de su fuente originaria. La imprenta supuso el segundo gran cambio, que generó lo que hoy conocemos como modernidad, y pudo dar aliento a la ciencia, a la novela, al liberalismo, a la prensa escrita etc. Nos encontramos en el inicio de una nueva era, que tendrá consecuencias no menores que las dos que he enunciado, y que tan positivas han terminado resultando para la historia de la Humanidad, pese a que intelectuales de su tiempo avisaran de sus muchos peligros.

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS, CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.