Por una vida sin televisión, de Carlos Boyero en El Mundo
¿Provoca cáncer de pulmón la televisión, reduce el número de espermatozoides, obstruye las arterias, es responsable de cardiopatías y accidentes cerebrovasculares? No hay datos científicos que permitan constatarlo, pero resulta transparente que al corto mental le vuelve irremediablemente idiota, vende cosas que son malas para el alma, el cerebro y el sistema nervioso, explota el morbo y la estupidez hasta extremos delictivos, manipula la realidad, trapichea, embrutece, deforma, miente y degrada, hace espectáculo con la banalización, engancha física y mentalmente a los más desfavorecidos mediante sustancias peligrosas, bastardas y adictivas.
Y no pasa nada. Ningún gobierno hace higiénica y humanista campaña e impone leyes para acorralarla o desterrarla debido al irreparable daño que hace a los espectadores activos y pasivos. Pero resulta que este impune agresor de la salud psíquica también se hace socio de los nuevos inquisidores haciendo campaña contra el tabaquismo. El lema de la cínica Telecinco para ayudar al prohibicionismo estatal (sí, ese acogedor hogar paterno de vertederos tan contaminantes como Aquí hay tomate, Salsa rosa, Crónicas marcianas y Gran Hermano) navega entre el lirismo forzado y el absurdo grotesco: Por una vida sin tabaco. No quiero renunciar a mi tabaquista vida, y menos cuando pretenden imponérmelo desde arriba, con el protagonismo de los asquerosos conversos y de los puritanos de siempre. Pero todo se puede negociar. Si desaparecen las televisiones fecales, si multan implacablemente sus graves ofensas a la inteligencia, a la sensibilidad, a la estética y a la ética, algunos delincuentes vocacionales estaríamos dispuestos a dejar de echar humo al sagrado prójimo y a descubrir lo saludable, divertida y opiácea que resulta la existencia cuando se abandona el acto subversivo y pecador de fumar.
El telediario abre su noticiario sobre el convulso estado de las cosas en el universo con el trascendente acontecimiento y la inapelable expectación ante un bebé que se muestra ante las cámaras. La razón de algo tan apasionante en palabras de la alborozada presentadora es que esa cría «está a punto de cumplir dos meses, concretamente un mes y 27 días». También me informan de algo tan insólito como que los padres de la niña están sonrientes y satisfechos, orgullosos y felices de la existencia de esa hija que pesa cinco kilos y se porta bien. Y yo, que me siento hipnotizado por la gestualidad de los bebés, que me encanta olerlos y besarlos, no acabo de entender los motivos racionales para que éste en particular abra la crónica del mundo. Me cuentan que es infanta y que se llama Leonor. Pues vale. Que eso, que promulguen leyes contra el mamoneo, la babosería, el halago inacabable de la televisión a un anacronismo sin sentido llamado realeza.
