Si lo que ha declarado o escrito Joaquín Leguina en el semanario El Siglo hubiera sido firmado por algún miembro o representante de la oposición, descalificando el proyecto de Estatuto de Cataluña por anticonstitucional y antidemocrático, algún tipo de revuelo se hubiera organizado en el mundo del comentario político, alguna murmuración habría recorrido los cenáculos y mentideros donde hierven las polémicas y, en alguna medida, se habrían acordado algunos de que así se expresan los “fachas” cuando quieren entorpecer la buena marcha de un Gobierno saludable. Pero Leguina no es ningún “facha”, aunque sea un poco lento en sus reacciones, porque manda narices que a estas alturas se haya percatado de lo que está clavado en la conciencia y en la sensibilidad de mucha gente. Como suele decirse, más vale tarde que nunca.

Y no está nada mal que de vez en cuando alguien, como en el cuento de Andersen, se atreva a decir que el rey va desnudo, entendiendo aquí por rey todo aquel organizador de situaciones extremas de cuya responsabilidad se desliga. El señor Zapatero, cómodamente instalado en su “zapatería” institucional, ha decidido mejorar su vestuario menestral y ha aceptado las sugerencias que le han insuflado sus socios periféricos, sus “parientes” políticos de Cataluña y sus vergonzantes oficiales del taller, donde no se atreven a rechistar contra las peligrosas decisiones del “maestro”, convencido éste, aunque no mucho, de que sus malas puntadas no se notan y sus remedios pasan por buenos con un poco de buena voluntad en el observador. El zapatero remendón no va a hacer mucho caso de las críticas. Sabe él, y con él sus oficiales del taller, que los malos pasos, si se dan con audacia, tienen mal retroceso, se desandan mal, del mismo modo que las composturas mal pergeñadas ofrecen complicaciones por mucho que los oficiales alaben una falsa maestría.

De todo lo que Leguina ha escrito para El Siglo, lo más covincente ha sido la referencia a la posibilidad de que sea nada menos que el Estado el que esté en peligro de desaparición. Y quien dice el Estado dice la “zapatería” con toda su comparsería de allegados. Ahora sería fácil y vulgar decir aquello de “zapatero a tus zapatos”. Pero recomendarle al maestro que se dedique a sus zapatos, que es precisamente lo que está haciendo, resulta un mal consejo. Menos aventurado o más positivo sería asesorarle para que no martirice a la clientela con tanto zapato mal ajustado. Mejor le convendría delegar lo más complicado de su oficio. Pero delegarlo bien: no confiar tanto en las habilidades de ese virtuoso de la diplomacia que es José Bono, que no Moratinos, que anda pidiendo a gritos el despido o que, de momento, le rebajen el sueldo.

No hay que hacerse muchas ilusiones. El maestro va seguir reclamando para sí toda la tarea y toda la responsabilidad. La crítica de Leguina, por mucha referencia que haga a los excesos de sus camaradas catalanes y al sometimiento del castellano a la bota catalana —que también allí saben calzársela ya que de zapatos hablamos— no tiene mucho futuro. Le van a decir por lo bajine que sí, que lleva razón. Y se lo van a decir desde las interiodidades del partido, sin perjuicio de que el ilustrado dirigente socialista opte por meterse en el túnel del silencio y, una vez lanzada su soflama, pida perdón al maestro remendón y se dedique a esperar mejores tiempos, con la ilusión de poder aducir algún día: “Yo ya lo dije”.