La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

28 Diciembre 2005

Lo que cambia, lo que queda, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Será por la aceleración en la que vivimos, pero entre todos hemos conseguido rebajar hasta extremos impensables los requisitos de lo que puede definirse como tradicional. Tres años de continuidad en un encuentro musical por estas fechas, ahora mismo, ya convierten el acontecimiento en un "tradicional concierto de Navidad". Y lo mismo ha ocurrido con las condiciones para considerar que estamos ante un hecho histórico. En este caso, y circunscritos al ámbito de la política, quizás la banalización del concepto tenga como causa justo lo contrario de la aceleración de la experiencia antes mencionada. En política, uno diría que nunca pasa nada.

Ni después de las más graves amenazas, ni ante el anuncio de tremendas acusaciones, ni después de traumáticas rupturas, nunca pasa nada.

Poner ejemplos de que en política nunca - o casi nunca- pasa nada tiene tan poco mérito que casi me los podría ahorrar. En todo caso, mientras escribo, me vienen en mente desde los pronósticos que se hicieron sobre las consecuencias nefastas para CDC de la retirada del presidente Jordi Pujol hasta algunos titulares periodísticos sobre cómo el actual presidente Maragall dinamitaba su Gobierno cuando este otoño anunció su intención - luego fallida- de cambiarlo. Ni Pujol ha resultado insustituible ni la dinamita de Maragall pasó de ser un petardo sin consecuencias. Yno digamos en lo que se convertirá el anuncio matutino de la Cope certificando que España había muerto el día después de que las Cortes aceptaran tramitar la propuesta de reforma del Estatut catalán; ¿y qué va a quedar dentro de un par de meses de todas las campañas de boicot a productos catalanes? Ya pueden los periodistas buscar titulares y los analistas ponernos dramáticos, que la necesidad de supervivencia de los actores políticos permite convertir cualquier ultimátum en un aburrido punto y seguido.

El comentario viene al caso, por una parte, por la supuesta gravedad de la finalización del periodo para presentar enmiendas al proyecto de Estatut. No tengo la menor duda no sólo de que se van a encontrar mecanismos suficientes para incorporar futuros acuerdos, si los hay, en los debates posteriores, sino que la dramatización - en sentido teatral- de las urgencias de estos días forma parte de la propia estrategia negociadora y de la necesidad de crear tensión entre las partes que participan en ella. No pretendo trivializar el contenido de lo que se está discutiendo, sino situar en su punto justo el momento político que se está viviendo.

Pero, por otra parte, y de manera más general, me parece abusivo calificar las actuales circunstancias políticas de históricas sugiriendo, en el fondo, que van a ser irrepetibles. En primer lugar, es ridículo querer convertir en histórico el resultado de una contingencia imprevisible como fue el triunfo de Rodríguez Zapatero a causa de la mala gestión política de un atentado terrorista inesperado. En segundo lugar, creo aventurado calificar de histórico lo que aún está por llegar, es decir, la oportunidad de avanzar de manera decisiva en un modelo federal, o simplemente plural, del Estado español. Si al final las cosas acabaran mal, lo que se habría conseguido es convertir un simple intento fracasado en un verdadero desastre histórico. Finalmente, si se califica las actuales circunstancias de históricas, en el sentido de únicas e irrepetibles, se está dejando el futuro sin horizonte y me pregunto de dónde van a sacar nuevos argumentos para nuevos encuentros electorales. Si se va a las próximas elecciones con nuevo Estatut, ¿se nos dirá también que inauguramos un nuevo período histórico para España y Cataluña? Y si se llega a ellas sin Estatut, ¿qué va a ser de nosotros habiendo consumido inútilmente un gran momento histórico?

Igual que en el caso de convertir algo reciente en tradicional,la imperiosa tentación de la política de calificar de histórico lo que es la mera normalidad en la negociación de los intereses colectivos da cuenta de la necesidad de disimular la fragilidad de los proyectos, de la inestabilidad de los equilibrios y de la caducidad en la ocupación del poder. Afirmamos que algo es tradicional no como constatación de una realidad, sino como expresión del deseo de una continuidad que sabemos difícil. Y calificamos una coyuntura política de histórica por el pánico íntimo que sienten sus protagonistas ante la conciencia de su propia vulnerabilidad. Que un hecho político - o científico, o cultural...- es histórico sólo lo asegura el paso del tiempo, certificando qué consecuencias ha llegado a tener, igual que sólo es verdaderamente tradicional lo que ha resistido, contra toda previsión, el paso de los años.

En definitiva, el abuso del calificativo de histórico en política creo que es una muestra de inmadurez. De lo que estamos faltos es de una cultura política de la normalidad, donde el interés por la cosa pública derive no de su excepcionalidad sino de su regularidad, de su cotidianidad. La experiencia nos ha enseñado que las situaciones de excepción, en política, no eran tales. Después de la exageración hemos constatado que no había para tanto. Y, en particular, a estas alturas del debate sobre el nuevo Estatut seguro que muchos ciudadanos empiezan a sospechar que, pase lo que pase, no todo seguirá igual. O, para citar a los clásicos, al final la cuestión estará en saber qué cosas habrán cambiado para que todo siga - casi- igual, y si lo importante es lo que ha cambiado o lo que va a permanecer.

salvador.cardus@uab.es

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