Los países no tienen, muchas veces, los dirigentes que se merecen. Sin ir más lejos, España padeció durante 40 años el ordeno y mando de Francisco Franco. Pero ni España era entonces su grotesco dictador, ni ningún otro Estado debe confundirse con su presidente de turno, aunque éste haya sido elegido democráticamente.

Por eso, se equivocan los antiamericanos viscerales al proyectar la sombra de George Bush sobre todo su pueblo. Tan norteamericano como él es Michael Moore, quien lo fustiga a diario. También fue estadounidense el ominoso senador Joseph McCarthy, aquel alcohólico anticomunista que aterrorizó a Hollywood. Pero no menos americanos que él han sido Malcom X, John Steinbeck o Benjamin Franklin.

Probablemente, el menor de los Bush pasará a la historia como uno de los peores dirigentes de un país que no ha tenido mandatarios a la altura de su potencial político, económico y moral. Ya en el siglo pasado, la sociedad norteamericana acuñó un dicho: "Si tienes dos hijos, encamina el mejor hacia los negocios; deja que el más tonto, en cambio, se dedique a la política". Con determinación inexorable, el dicho parece cumplirse cada día un poco más que el anterior. Claro que la sociedad norteamericana posee mecanismos de corrección democrática e incluso ha sido capaz de echar de la Casa Blanca a inquilinos tan poco recomendables como Nixon.

Eso no tranquiliza a los practicantes de un antiamericanismo primario, por supuesto. Ellos se comportan como los fieles de algunas religiones dogmáticas y consideran que la horrible e injustificable situación de los presos de Guantánamo y otros excesos antijurídicos son la norma, en vez de la excepción de la sociedad estadounidense.

JUZGAR A LA mayor democracia del mundo con los mismos parámetros mentales que al Haití de Papa Doc Duvalier, la Liberia de William Tolbert o la Uganda de Idi Amin no sólo supone una injusticia sino, lo que es peor, una solemne estupidez. Deliberadamente, no pongo los ejemplos de la Cuba actual de Fidel Castro o el Irán de Ahmadineyad, porque para algunos talibanes del progresismo autóctono se trata de apacibles regímenes políticos a los que imitar.

Gran parte de culpa de todo esto la tiene, insisto, George Bush. Con su impericia y su intolerancia, ha coadyuvado a nuestra tradicional desmemoria histórica. Gracias a él, hemos olvidado que EEUU proclamó la primera declaración de derechos humanos de la historia, hicieron la primera revolución democrática moderna y redactaron la primera constitución que abolía cualquier tipo de privilegios. Es más, la suya sigue siendo la única que recoge el derecho de los ciudadanos a la felicidad. Como suena.

Se podrá argüir que todo eso pertenece a la historia y que la situación actual resulta muy otra. No es así. Con todos sus errores, limitaciones y contradicciones, la norteamericana es una sociedad de libertades, movilidad social y acceso al bienestar general. Convencidas de ello, un millón largo de personas de todas las partes del mundo se naturalizan cada año como ciudadanas de EEUU. Y lo hacen con un fervor patriótico que contrasta con la falta de integración de los inmigrantes que acceden a la ciudadanía europea.

Los problemas de EEUU, claro está, son otros y no menores que los nuestros: desigualdad social, disminución de la protección pública y enquistamiento en guetos urbanos. Son dramas originados por el esclavismo promovido hace cuatro siglos por el viejo régimen; propician ese enfrentamiento que ya advirtió el periodista Carl Rowan en su libro La guerra racial que viene. Solucionar ese problema aún le llevará al país un par o tres de generaciones, si logra resolverlo. Pero, al menos, trata de impedir la reproducción de viejos esquemas y que se creen nuevas tensiones sociales y raciales con los inmigrantes actuales.

Es en su política exterior, pues, donde EEUU recibe sus mayores críticas, muchas veces por parte de quienes adocenadamente consumen su música, imitan sus películas, visten como ellos y, salvo por el idioma, se confundirían con esos mismos norteamericanos que dicen aborrecer.

AHÍ ADMITO que las sucesivas administraciones estadounidenses no pueden haberlo hecho peor. Su inicial y benéfico deseo de exportar el sistema democrático a países carentes de él se ha visto solapado por un concepto sui generis de la propia seguridad. Ese equívoco ha acabado en la actual perversión de prácticas tan infamantes como la de Guantánamo y en una doble incomprensión: la de los verdaderos demócratas del mundo entero, que no admiten tan aberrantes torpezas, y la de quienes las ejecutan, que no entienden que los demás no comprendan la bondad de sus intenciones.

En ese contexto, el actual descrédito norteamericano está más que servido.