ME HUBIERA gustado interpretar hoy unas cosillas que a buen seguro algunos lectores apreciarían en su justa medida, toda vez que soy capaz de ejecutar con maestría, modestia aparte, cualquier pieza en la que entren laúd, zanfona, sacabuche, vihuela de péñola y bandurria medieval, ajabeba en do y en fa, kaval y caramillo, gaita charra, gaita en sol, dulcimer y tambor, cítola y citolón, dutar, santur, viola de teclas, tromba marina, añafil, cántara, panderete, pandera y sistro, salterio, flautas a bisel tenor y alto, fahl, flauta pastoril, darbuga, tambor, tar, címbalos y cascabeles. Pero, habida cuenta de los tiempos que corren, me aconseja Arrabal airear el ambiente buscando amistosa intersección entre los «patriotas de hojalata» y «los tontos solemnes».
Hay una urraca avecinada aquí cerca que roba mis pajaritas de seda. Sobra decir, yo, arquetípico patriota de hojalata, uso gemelos de oro y pajaritas -todas con flores de lis o cadenas- y estoy casado con una rubia teñida, de labios siliconados, tiernos como la hoja del culantrillo, según mis amigos. Me peino hacia atrás con gomina. Además, asesino perdices en la estación preceptiva. Lo mío viene de lejos. Mi tatarabuelo -que en Fisterra vio el último arco iris de diez colores de Occidente- nunca se llevó bien con sus hijos, ya que las familias de los patriotas de hojalata se deshacen porque alguna gente de fuera trae costumbres que ceban el guerracivilismo. Mi tatarabuelo y su hermano se casaron con sendas negras de una plantación que teníamos en Fernando Po. Por eso soy renegrido como un cerdo ibérico, pero en compensación bailo bien el mambo. En realidad, mi tatarabuelo era bastante monflorita, lo del matrimonio fue un apaño. Cuando me detuvieron por primera vez, en mi descargo le conté al inspector -que militaba en los patriotas de hojalata- lo del tatarabuelo. Me dio una buena torta, añadiendo un estentóreo «por maricón». ¡Qué gente! Si al menos hubiera dicho gay, como dicen los tontos solemnes... No sé cuántos colores tiene la virtud, ni cuántos son los pecados capitales, ni cuántos colores tiene el arco iris. Podría lavar mis miserias en la pila del confort moral buenista rehaciéndome una conducta de izquierdista, pero no creo que con ello se me fuese el Pediculum pubis, vulgo, ladillas.
Es un poco incómodo lo de la gomina, sobre todo porque deja la almohada pringada de sebillo como el alma de algunos tontos solemnes. Un sebillo suave y dulzón que no debería hacer daño a nadie pero que las mujeres acaban detestando tanto que finalmente se echan en brazos de hombres con la cabeza afeitada. El destino de los tontos solemnes son los cuernos. El de los patriotas de hojalata, también. No entiendo por qué nos llevamos tan mal.
Desde que milito de criado del fantasma del Caudillo ya no me hago pis encima. La paternal torta de aquel policía contribuyó lo suyo. A los patriotas de hojalata sólo nos hace daño la picadura de avispa si no estamos borrachos. La calumnia nos hace daño siempre. Salvo las abuelas, en Galicia estamos todos endeudados hasta las cejas. Y en esto, como en la muerte y los cuernos, tanto los tontos solemnes como los patriotas de hojalata nos parecemos. Me dice Arrabal que debí haber seguido los consejos de Valle-Inclán cuando proclamó la era divina: socialismo, independencia y fariña. Pero yo, reaccionario cual Bradomín, no tengo solución: en mis artículos rompo los yugos y hago la higa a los verdugos. Y a los tontos solemnes.

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