A la pertinaz derecha posfranquista (seglares y clérigos unidos por el antiguo casticismo nacionalcatólico), les gustaría que el conflicto planteado por dos de sus conspicuos intelectuales orgánicos, parapetados detrás de los micrófonos de la Cope, se confundiera entre los pliegues de un posible debate nacional sobre los peligros que corre la libertad de expresión. El PP --el partido mayoritario de tan peculiar derecha-- ya ha planteado los prolegómenos de ese gran debate, pretendiendo que el partido socialdemócrata que gobierna en el país entre a ese trapo que agitan los filósofos de la oposición. Uno de estos ha dicho recientemente que el PSOE quiere recuperar la censura previa "en la Europa de las libertades": Angel Acebes.
El balbuceante plan del Gobierno de Rodríguez Zapatero para la creación de un futuro Consejo Estatal de los Medios Audiovisuales (CEMA), más la existencia de un específico Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC), atizan los recelos interesados de la tensa oposición. Ahora bien, una cosa es que la libertad de expresión corra ese peligro realmente, y otra, muy distinta, es que desde la radio de la Iglesia católica española se utilicen la mentira, la injuria y la calumnia invocando el derecho a la libre expresión.
(El colmo de esa turbia campaña radiofónica contra el Gobierno de Rodríguez Zapatero se alcanzó cuando un humorista de la emisora católica suplantó la personalidad del presidente socialdemócrata español para felicitar burlescamente al presidente electo de Bolivia, Evo Morales. Qué sentido más extraño del humor tienen en la Cope...)
LA DENUNCIA que hace el PP, avisando del peligro que corre la libertad de expresión en este país si el Gobierno "recupera la censura previa", tiene una solución muy fácil y muy sencilla: que la Iglesia recupere las normas que el Concilio Vaticano II dictó y recogió --hace más de cuarenta años-- en un decreto sobre los medios de comunicación. En él se reconoce el derecho a la información: "El recto ejercicio de este derecho exige, sin embargo, que la información sea siempre verdadera y guardadas la justicia y la caridad. Ha de ser, además, honesta y conveniente, es decir, que respete debidamente las leyes morales del hombre, sus legítimos derechos y su dignidad..." (Punto 5).
En el punto 11, se dice que un especial deber moral recae sobre los periodistas, escritores, directores, etc... Pues "resulta evidente cuánta y cuán grave responsabilidad hay que atribuir a todos los que, informando e incitando, pueden conducir recta y torpemente al género humano". La Iglesia considera legítima la potestad de los gobiernos en cuanto a su deber de ocuparse de la buena salud de la opinión pública, y considera que estos están obligados "mediante la promulgación y cuidadosa ejecución de las leyes, a procurar justa y vigilantemente que no sobrevengan graves perjuicios para las costumbres públicas y para el progreso de la sociedad por el depravado uso de estos medios" (Punto 12). Sabido esto, está muy claro quién ha perdido los papeles; por lo menos, los del decreto del Vaticano II: la Cope...
En una democracia limpia, sin mixturas fascistas, como se pretende que sea la española, conviene no olvidar que la libertad de expresión es una de las mejores garantías para que los ciudadanos disfruten del resto de las libertades humanas. A saber: la libertad de pensamiento, la libertad de conciencia, la libertad de palabra, la libertad de religión, la libertad de reunión... El uso recto que se haga de estas libertades garantiza la existencia de una sociedad libre. Pero también debe tenerse en cuenta que tales libertades son derechos morales de la persona con sus limitaciones. El derecho a expresarse con libertad, no exime del deber de no violar los límites que establecen las normas dictadas para no alterar la buena convivencia social.
ESTA DERECHA nacionalista, cuyos hijos están manejados por un club cuyos personajes más sobresalientes se han formado ideológicamente a la sombra del pensamiento de unos personajes ahítos de ideas integristas, católicas y fascistas, no es democrática. Ni tiene intenciones de serlo algún día. Por lo tanto, habrá que ir pensando en aprender a convivir --mejor: a coexistir-- con estos antidemócratas, procurando no caer en sus trampas.
Para escuchar a esa pareja de alquimistas que tiene contratados la radio de la Iglesia (sector constantiniano ) para conducir dos de sus programas radiofónicos estelares --uno, matutino; otro, vespertino--, es indispensable tener las ideas muy claras; sobre todo, en aquello que le concierne directamente a la libertad de expresión. Sólo cuando se es incapaz de distinguir entre el uso y el abuso de esa libertad es cuando las mentiras que utilizan los citados alquimistas , se toman como verdades para, luego, con ellas, fundamentar los propios criterios personales que se exponen en los diversos foros familiares. En muchos casos, "para convertirlos en quebranto de sí mismos" (Punto 2 del Decreto del Concilio Vaticano II sobre los Medios de Comunicación, 5 de diciembre de 1963).

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