Algunos suelen confundir, a veces, a Alvaro Pombo con un filósofo, levemente desordenado, perdido jubilosamente en el campo de la narrativa. Un peculiar personaje, con algo dickensiano, con quien yo me he divertido y divierto, en ocasiones (la última este verano en El Escorial) haciendo gansadas teatreras con mucho cultismo y una pluma tan intelectual que mal puede llamarse pluma.
Pombo no es, ni mucho menos, el primer académico homosexual, pero sí el primero (aún más que Paco Nieva) que ha abierto, a su modo, las puertas de su condición, y ha salido del armario -expresión que le gusta poco- urbi et orbi. Como es y se confiesa cristiano, lejano a la actual jerarquía eclesial evidentemente, y se proclama gay crítico, el conglomerado -en su personalidad- tenía que dar lugar a algo.

Podría haber sido un tratado de sociología histórico-cultural, pero Alvaro es novelista y comprende muy bien «la prosa del mundo» que dijo Hegel, así es que ha hecho una magnífica novela reflexiva (no falta de acción, ni de toques castizos, ni de explicitud sexual) titulada Contra natura (Anagrama) en un aparente contrasentido, que no es tal, en una novela muy dialéctica. Ya que si la expresión latina contra natura es la usada secularmente para denostar la homosexualidad, Pombo carga el término de positividad (le da la vuelta) al tiempo que, pues habla de homosexualidades y no de homosexualidad, recuerda su educación nacionalcatólica y la singularidad que (a su juicio) debe seguir revistiendo la condición homoerótica, contra cuya actual frivolización o superficialidad (en su término) esta estupenda novela opone el grosor de lo indagador y lo diverso.

Hay aquí (entre los personajes de Javier Salazar, el protagonista, y Paco Allende, sesentones ahora pero antiguos compañeros de seminario y de condición erótica) una apasionada búsqueda de la eticidad homosexual, centrada en la relación de hombres (algo nada raro en territorio gay) con cerca de 30 años de diferencia.Si el mundo público de los gays españoles fuese culto -desdichadamente en su mayoría no lo es- en esta alta novela pombiana tendría mucha tela que cortar, entre homosexuales callejeros y homosexuales caseros, por ejemplo, pero -lo temo- será la literatura y no la homosexualidad quien responda a la novela de Pombo, dándole parcialmente la razón.

Es lo mismo. El ha hecho lo que debía hacer: exponer la pluralidad homosexual, escribir una novela muy suya, apretada de una densidad textual que no la hace aburrida, todo lo contrario, y trazar entre creativas contradicciones que buscan acorde, lo que piensa que debe ser una homosexualidad bien vivida, éticamente vivida.Para lo que además (y esto no lo dice, pero se deduce) habrá que enseñar nueva ética a los de enfrente. Un gran texto para una suculenta polémica, para la que muy pocos están preparados.