MI PADRE, EL ESCRITOR MIGUEL DELIBES, ME PLANTEO CHARLAR CONJUNTAMENTE SOBRE LOS PROBLEMAS DE 'LA TIERRA HERIDA' (EDICIONES DESTINO, 2005) A comienzos del verano de 2004. Por entonces aún no habían ocurrido ni el 'tsunami' del Océano Indico, ni el brutal terremoto de Pakistán, ni la sequía de España y de la Amazonia o las lluvias torrenciales de Centroeuropa y China, ni la más catastrófica temporada de huracanes jamás conocida... Tal vez por eso, cuando en el último año los desastres naturales se sucedían implacables, algún amigo nos ha comentado, no exento de humor negro: «¡Qué mala suerte hemos tenido; la Tierra ha decidido haceros caso!».

Y es que podría pensarse que la Tierra protesta, que castiga nuestra falta de respeto, aunque en realidad no sea así. De hecho, cuando la conversación con mi progenitor estaba muy avanzada, él tenía la ilusión de titular al libro La venganza de la Tierra.Le convencí para no hacerlo. La Tierra no toma decisiones, no es vengativa, se deja hacer. Puestos a hablar con metáforas, si algo tuviera sería mucho más de madre que de madrastra, de amiga que de enemiga. La nuestra es una casa antigua, venerable, y en perpetuo cambio. Hoy por hoy es hospitalaria para animales como nosotros, se puede vivir bien aquí, pero ni siempre ha sido así, ni lo será eternamente. Ocurre, sin embargo, que las escalas de tiempo que se manejan, hacia atrás y hacia adelante, son difíciles de comprender.

La Tierra se formó de residuos que giraban alrededor de un Sol recién nacido hace aproximadamente 4.600 millones de años. ¿En qué cabeza cabe una inmensidad así? Algunos lo han llamado el tiempo profundo, cuya comprensión estaría, por definición, fuera de nuestro alcance. El surgimiento de nuestro planeta no fue en modo alguno pacífico. Debió ser un caos de impactos de meteoritos, resplandores de rayos, ebulliciones y fumarolas procedentes del magma incandescente, como en la gigantesca marmita de un druida enloquecido. Uno de aquellos impactos desprendió un enorme pedazo de roca que se convirtió en la Luna, nuestro satélite sin vida donde aún se observan los cráteres producidos por el bombardeo desde el espacio exterior. Con más razón que en la popular serie televisiva, cualquier presunto inquilino habría afirmado de aquella Tierra que «aquí no hay quien viva».

En unos cientos de millones de años se consolidó la corteza terrestre, se generó una atmósfera y el planeta se llenó de agua. De alguna forma que seguimos sin conocer, ahí se generó la vida, unas primeras formas de vida de las que, en última instancia, procedemos, pero cuyas potencialidades y requerimientos eran muy diferentes de los nuestros. El solar terrestre seguía siendo inhóspito para los animales que somos: no había oxígeno que respirar, sobraban vapores de metano y sulfuro de hidrógeno, faltaba la capa de ozono para protegernos de la radiación ultravioleta, la actividad volcánica era incesante...

No voy a cansarles con lo que ocurrió a partir de entonces, pero lo cierto es que poco a poco la Tierra siguió cambiando, debido al efecto conjunto de la energía del sol, las propias energías internas terrestres y la actividad de los seres vivos. Los humanos sólo hemos aparecido sobre la Tierra hace un suspiro geológico y, como cualquier otra especie, únicamente cuando podíamos hacerlo, cuando ésta era ya una casa adecuada para que viviéramos en ella.Olvidado ha quedado el paradigma de una Tierra estable, sin cambios, siempre igual, donde una vida como la que hoy conocemos se habría desarrollado desde el principio.

Pero de la historia que tan brevemente les acabo de resumir cabe desprender dos lecciones importantes. La primera se refiere a nuestro pecado original de falta de humildad: resulta demasiado arrogante por parte de nuestra especie pretender dominar la Tierra.Las placas tectónicas siguen moviéndose como siempre lo han hecho y chocan entre sí, provocando tsunamis y terremotos; no está en nuestras manos evitarlo. El magma sigue bullendo en el corazón del planeta y los volcanes entran en erupción, creando nuevas tierras y haciendo desaparecer otras bajo la lava y las cenizas; así seguirá pasando. Para nuestra escala humana de medir el tiempo estos fenómenos ocurren raramente, pero lo cierto es que ocurren, y lo único que podemos hacer es tenerlo en cuenta, prevenir sus consecuencias (por ejemplo, eliminar los manglares y construir hoteles en primera línea de costa hace que los ocasionales maremotos sean mucho más mortíferos).

La segunda lección tiene más que ver con nuestras actividades.Las condiciones actuales de la Tierra son las que son, pero podrían ser diferentes. De ninguna forma está garantizado que no puedan cambiar, incluso a corto plazo. De hecho, los seres vivos tienen un papel fundamental regulando la composición de gases de la atmósfera (y con ella el clima), controlando las riadas y avalanchas, proporcionando fertilidad al suelo, reduciendo el impacto de las plagas potenciales... Cuando los humanos forzamos demasiado el rendimiento de la maquinaria de la biosfera, consumiendo demasiados recursos y produciendo más contaminantes de los que la naturaleza puede depurar, cuando modificamos la biodiversidad, el elenco de seres vivos sobre la Tierra, ponemos en peligro el frágil equilibrio que hace cómoda nuestra existencia aquí. Se acumula dióxido de carbono, por ejemplo, y los mares se calientan, lo que vuelve a los tifones y huracanes más catastróficos. Agotamos los suelos, que pierden fertilidad, y acaecen las hambrunas.Destruimos la capa de ozono y nos daña la radiación ultravioleta

No podemos impedir las consecuencias del dinamismo interno de la Tierra (como tampoco, probablemente, la ocasional llegada desde el exterior de un meteorito), pero en muchos casos podemos prevenirlas y mitigarlas. Sí que podemos, en cambio, reducir la emisión de gases contaminantes, consumir menos recursos (todos son limitados), conservar la diversidad de plantas y animales, evitar la introducción de especies foráneas, y tantas y tantas otras cosas que ayudan a amortiguar los vaivenes ambientales y hacen de nuestro Planeta un lugar más estable y, por ende, más amable hacia nosotros.

Miguel Delibes de Castro es investigador en la Estación Biológica de Doñana del CSIC y Premio Nacional de Investigación 2005.