TRES Zapateros distintos y un solo presidente del Gobierno verdadero. Esto es lo que puede pensar cualquiera cuando oye hablar, en distintos cenáculos, sobre el actual inquilino de la Moncloa. Como si en verdad se hubiese convertido en un enigma que en vano tratan de descifrar los más diversos zapaterólogos. Porque todas las versiones -y esto llama la atención- son deudoras de informaciones supuestamente confidenciales o de simples rumores cuya base real se desconoce. A la postre, tres retratos de un hombre.

Según el primero de ellos, Zapatero es un político tesonero que, bajo una apariencia de bambi, es un fiero león; un verdadero puño de hierro en guante de seda. Quienes así lo ven nos invitan con frecuencia a repasar su carrera de político invicto, que lo acredita como un excelente táctico que sabe asumir riesgos en el momento oportuno y que es capaz de volver sobre un tema una y mil veces hasta convencer -por argumento o por aburrimiento- a sus contrincantes. Sus fieles lo ven así. Un político que cumple lo que promete, aunque no siempre prometa lo que debe.

El segundo retrato nos presenta un perfil de iluminado, es decir, de un político que se cree trascendental y que ha decidido pasar a la historia por la sencilla razón de que la historia sin él no sería la misma. Son los que ven al enérgico dirigente que relevó a la generación de Suresnes y que, ya en el Gobierno, retiró a las tropas de Irak e impulsó un nuevo Estatuto catalán llagado de inconstitucionalidad, pero que está seguro de poder encauzarlo en las Cortes. En este grupo figuran quienes ahora lo sitúan en el momento que puede señalar su declive o su consolidación en el poder por muchos años.

El tercer retrato parece hecho por Acebes y en él aparece un Zapatero inseguro, errático y torpe, rehén de Carod y de Maragall, a quienes sería incapaz de negarles nada. Sus características principales serían la incapacidad y la irresponsabilidad. Por ello es visto como «el peor de los nacionalistas» (Rajoy dixit) y como un peligro para España.

Y vistos los tres retratos, ¿qué quieren que les diga? Que Zapatero no es ninguno de los tres, seguro. Pero el enigma continuará. Es el signo de los tiempos. De momento.