Algunos se vanaglorian de sus halcones, otros de su nacimiento; yo no me pavoneo de mi origen, sino de la fecha en que llegué a este mundo, tres días después del solsticio de invierno; mi día primero coincide con el de la diosa de la belleza, Ava Lavinia Gardner, y con el del dios de los cristianos. El padre biológico de Cristo era carpintero, mi padre, electricista y el de Ava cultivaba tabaco en Carolina del Norte.
En la crónica de hoy me refiero al más importante de los tres.
Jesucristo nació aproximadamente seis años antes que Jesucristo en una noche como la de hoy, cuando se celebraba la fiesta del Sol. El Sol ya era una religión de los agricultores, tenía un enorme templo en Roma. Jesús vino al mundo mientras los pastores tocaban el ligah, la larga flauta y el shofar, el cuerno de carnero sin boquilla. En mi caso tocaban zambombas y almireces, encendían hogueras como los apaches bajo la cabra Amaltea, la que amamantó a Zeus, el que amontona las nubes y como agradecimiento puso la cabra en la constelación que ahora llamamos Capricornio. Los dioses son muy chulos, paran y adelantan el Sol como si fueran las manillas de un reloj. Josué lo pidió, Yahveh, paró el sol.La música, según la Biblia, la inventó Juval, pero la Biblia para mí es un género literario; tan bello como las obras de Homero, escrita por profetas y poetas, no por historiadores.
Hay pocos datos históricos fiables de la existencia de Jesucristo.Flavio Josefo hace alguna referencia al suceso, en el capítulo XX de Las antigüedades judías, escrita en el año 93. Plinio en el año 100 informó a Trajano de que había una pandilla que cantaba himnos a Cristo. Tácito en el año 116 habla de Cristo Tibero imperando. Suetonio escribe en el año 120 que Claudio expulsa de Roma a los cristianos, un género de hombres de una superstición nueva.
Decía que Jesucristo nació antes de Jesucristo porque un Papa encargó a un astrónomo escita que estableciera como año primero de la era cristiana el nacimiento de Jesús, pero se equivocó en unos seis años al datar el reinado de Herodes el Grande.
Pero hoy no es día de hablar de Historia, sino de la refulgente estrella, la brisa fría que nos calienta, que siempre vuelve a surgir en nuestro corazón. Créase o no se crea en su carácter divino, aquel personaje errabundo vino a decir que eran iguales los patricios y los de las pateras y a aconsejar que nos amáramos los unos a los otros, cosa que en España, la presunta tierra de su madre, jamás se ha cumplido. Aunque los informes de Publius Tentullus al Senado en tiempos de Tiberio fueran considerados apócrifos, yo creo en el retrato que hace de Jesús. Su mirada inocente pero dura, sus ojos de color gris claro y muy vivos trajeron esperanza. Felicidades.

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