...«Y luego van de patriotas por la vida... Patriotas de hojalata».// «Para España es mucho más peligroso un bobo solemne que un patriota de hojalata». - J. L. Rodríguez Zapatero (18/12/2005) y Mariano Rajoy (19/12/2005).

Según el Diccionario de la Real Academia, insulta quien «ofende a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones».Esta definición daría un nuevo sentido al dicho popular de que «no ofende quien quiere sino quien puede», pues no parece que el peso de la acción de insultar esté tanto en la intención o en las palabras utilizadas por quien habla como en el efecto que producen sobre el que las recibe.
En este sentido, el presidente del Gobierno no podrá negar que cuando el pasado domingo acusó en un mitin a los líderes del PP de ser «patriotas de hojalata», fuera cual fuera su intención, lo que salió por su boca fue un insulto. Así lo indica, de acuerdo con el DRAE, el acuse de recibo que al día siguiente le hacía Rajoy, quien afirmaba que, para España, «más peligroso que un patriota de hojalata es un bobo solemne». Si el secretario general del PP se ofendió tanto como para responder, es que hubo insulto.Y él respondió con otro.

Tampoco importa que para quitar hierro a su epíteto, el líder del PP dijera poco después con su habitual ironía que él no había dicho a quién se refería con lo de «bobo». De nuevo con el diccionario en la mano, Rajoy insultó, pues ha logrado ofender con sus palabras no sólo a Zapatero, sino al Gobierno y el PSOE en pleno. La reacción de éstos así lo demuestra.

Lo que verdaderamente llama la atención de todo este episodio es que, sólo a partir de las declaraciones de Rajoy, las filas socialistas hayan ofrecido al unísono toda una teórica sobre su rechazo al insulto en la política. Según el portavoz del PSOE en el Congreso, Alfredo Pérez Rubalcaba, insultar «es síntoma de impotencia, del que tiene muy poco que decir y muy poco que proponer». A su vez, la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, reprendía en el Congreso afirmando que «la expresión no permite ni autoriza el insulto». Y abundó el presidente del Gobierno diciendo a Rajoy que «descalificando e insultando, los españoles no le van a considerar más inteligente, le van a considerar más maleducado».

Tras estas palabras reprobatorias, el gran misterio consiste en averiguar qué piensan Zapatero y los suyos que hizo el presidente cuando acusó a los populares de ser «patriotas de hojalata».¿Considerará Rubalcaba que el líder socialista es un «impotente»? ¿Pensará De la Vega que su jefe estuvo fuera de lo «autorizado» por la libre expresión? ¿Sufrirá el presidente un complejo de «maleducado»? Seguramente no, aunque la lógica argumental así lo demande. Se alza contra ésta una lógica mucho más poderosa que es la de partido, la que establece que cuando el insulto parte de las propias filas es una definición de la realidad y cuando parte de las del contrario es un exceso inadmisible.

Mientras tanto, el que tiene que sufrir esta hipocresía es el electorado. Sólo las huestes enfervorecidas de un mitin aplaudirán el ingenio que hace falta para llegar a expresiones como «patriotas de hojalata». Los demás tendrán que limitarse a comprobar cómo quienes emplean los insultos después abominan de ver tal herramienta en manos de otros.

Sin embargo, el problema no es que nuestros políticos se dediquen epítetos poco halagadores, pues forma parte ineludible de la política su intento de definir al adversario, y si éste se ofende y se pone nervioso, tanto mejor. La cuestión es que quien insulta debe demostrar en ello su propia inteligencia. Todavía se recuerda cómo Winston Churchill se refería a quien le ganó las elecciones en 1945, Clement Atlee, como «un cordero con piel de cordero» o «un hombrecillo modesto con muchas razones para ser modesto».¿Nos acordaríamos hoy si le hubiera llamado «bobo»?