La libertad de expresión es condición indispensable de la democracia y de la libertad. Sin libertad de expresión no pueden circular las ideas que, interiorizadas por los individuos, fundamentan sus libres opciones de vida. Sin libertad de expresión, los medios de comunicación no pueden aportar a la sociedad el oxígeno indispensable para el sistema democrático.
Ninguna libertad es absoluta. La responsabilidad, la libertad de los otros y las leyes que, de común acuerdo, nos obligan o nos proscriben actos en beneficio de la convivencia, limitan nuestra libertad. La expresión a través de la palabra, oral o escrita, ostenta un gran rango en el proceso civilizatorio. Es portadora de cualidades intelectuales, estéticas y éticas que recomiendan su uso esmerado, ya que también es portadora de un reverso dañino y destructivo de la causa de la civilización.Ha de recordarse que la libertad de expresión es un bien teóricamente al alcance de todos en el sistema democrático, pero que se vende en un mercado y a un precio. No todos disponemos del dinero y del poder para adquirir en ese mercado el artefacto -los medios- que nos permitan una plena utilización de la libertad de expresión.Hay por ello multitud de ideas y de propósitos que no alcanzan la visibilidad y la difusión de otros, generalmente de aquellos que son propios de los sectores sociales dirigentes, hegemónicos o mayoritarios.

No soy partidario de legislar coercitivamente sobre la libertad de expresión de los medios. Pero tampoco soy partidario de que el Código Penal baste para fomentar y cuidar el uso más benefactor de la libertad de expresión. No creo tampoco que el derecho al honor sea -frente a la injuria y la calumnia- el único bien que los periodistas estemos dispuestos a conservar para un ejercicio óptimo de la libertad de expresión. Los altos valores que son la libertad, la expresión, la palabra y sus nutrientes y sus efectos intelectuales, éticos y estéticos exigen de los periodistas -y de su responsabilidad, y de su influencia- predicar y practicar otros requisitos sobre los que el Código Penal no dice ni una palabra.

Se puede evitar a la perfección el peso del Código Penal y practicar un periodismo de devastadores consecuencias en el que primen la demagogia, la burla, la agresividad, la chulería, el hostigamiento, la animadversión, la tendenciosidad, la obcecación, la simpleza, la simplificación, la ramplonería, la ausencia de ecuanimidad y de equidad, la incuria, la grosería, el mal gusto, la vejación, la violencia psicológica, el desprecio, la soberbia, la coacción, el aborrecimiento, la división y la difusión del odio, la incultura, el miedo y la cólera. El periodismo no debería salir a su tarea con la lanza de la libertad de expresión en una mano y el escudo del Código Penal en la otra, y nada más. Si así sucede, y con todas las flechas envenenadas citadas en un carcaj, y ante la pasividad de los propios periodistas, pobre libertad de expresión, pobre periodismo y pobres de nosotros como comunidad y como personas.