¿Catástrofes 'naturales'?, de Michel Wieviorka en La Vanguardia
Entre las innumerables definiciones de la modernidad clásica, muchos hacen hincapié alternativamente en una u otra de las distintas formas de disociación o de separación que introdujo la primera: entre la razón y las pasiones, entre lo universal y lo particular, entre el progreso y las tradiciones, entre el espíritu y el cuerpo, entre la naturaleza y la cultura. La modernidad clásica se distancia - al menos así suele creerse- de las cosmogonías, las religiones o el pensamiento mágico, que no piensan en términos de ruptura y de distinción radical la diferencia entre los vivos y los muertos, entre los seres humanos y el resto de los seres vivos o entre los hombres y los dioses.
Sin embargo, ¿no hemos entrado en una nueva fase de la modernidad? ¿No debemos admitir que ya es hora de pensar de modo distinto? ¿No es posible - y deseable- en especial dirigir una renovada mirada a la naturaleza? A ello nos invitan los importantes fenómenos que son las catástrofes llamadas naturales:terremotos, inundaciones, tsunamis, erupciones volcánicas, huracanes y tifones, pandemias. Nuestros esquemas habituales suelen describir un punto de partida, la manifestación salvaje de la naturaleza, a la que los hombres, con mayor o menor éxito, tratan de hacer frente mediante medidas de urgencia y auxilio y operaciones de ayuda humanitaria. ¿No resulta necesario comprender estos grandes dramas - que afrontamos con tanta frecuencia, con ayuda todo hay que decirlo, de los medios de comunicación- de manera distinta?
En primer lugar, es menester reflexionar - río arriba,podríamos decir en el sentido de remontarnos- sobre lo que se fragua mucho antes de la catástrofe. Porque, aun cuando ésta sea natural, la probabilidad de su advenimiento no se distribuye probablemente de forma totalmente aleatoria. En algunos casos, es una catástrofe precisamente porque alcanza a quienes no han podido o no han sabido tener en cuenta determinadas informaciones y conocimientos disponibles. La urbanización a lo largo de una falla terrestre (California), en zona sísmica (Japón), al pie de un volcán, en lugares de crecidas torrenciales de cursos de agua (Vaison-la-Romaine) o de avalanchas y corrimientos de tierras son responsables de tantos muertos como la acción de la naturaleza. Y hay riesgos de los que es posible precaverse muy río arriba mediante normas urbanísticas y arquitectónicas que deben, naturalmente, cumplirse y respetarse. Actualmente puede preverse un acontecimiento natural,a veces con estrecho margen de tiempo (unas horas), pero en ocasiones con un margen mucho más amplio (erupciones volcánicas, fenómenos meteorológicos), de modo que sus estragos dependan en gran medida de las medidas adoptadas para prevenirlo y en consecuencia de la capacidad organizativa que pueda aplicarse de forma más útil y eficaz: planes de urgencia, difusión de información, evacuación previa de la población entre otros factores.
Además, el componente humano en la génesis de la catástrofe natural puede resultar considerable y es peligroso minimizarla. Tal afirmación es cierta de forma muy general, por ejemplo si se considera el recalentamiento climático del planeta, que ciertamente influye, a corto o largo plazo, en muchos episodios naturales y en el que la humanidad tiene al menos una parte de responsabilidad. Sin embargo, no es menos cierta en el caso de circunstancias más específicas. Así por ejemplo, el mundo entero está hoy día preocupado ante la perspectiva de una pandemia, la de la grive aviar, cuya amenaza se presenta por regla general como un hecho natural: un virus, vehiculado por animales en estado salvaje - las aves migratorias- ataca a animales de corral y, al mutar, puede constituir una amenaza a gran escala para la especie humana. Sin embargo, y para que tal razonamiento pueda ser satisfactorio, ha de incluir otros elementos. El virus H5NI, efectivamente, hizo primero su aparición en Asia, en áreas donde diversos trastornos demográficos y económicos han acarreado inmensas consecuencias. Se ha desarrollado en zonas de creciente densidad de población donde reinan la pobreza, la promiscuidad, la falta de higiene, de normas sanitarias y formación, y donde la cría de aves de corral es una auténtica industria falta de las exigencias mínimas de salubridad. El auge demográfico, así como la deforestación, ha creado nuevas condiciones favorables a la irrupción del drama. Drama que si presenta una dimensión planetaria, global, no se debe únicamente a las aves migratorias, sino a las facilidades que hoy día proporcionan los medios modernos de transporte, desde aviones hasta camiones o vehículos de todo tipo, que incrementan más que antaño sus posibilidades de rápida propagación; por otra parte, el virus puede vehicularse a través de otros animales: por ejemplo, cerdos o gatos, o bien aves de suelta que se adquieren en gran número en Europa del este para atender la demanda de cazadores depaíses más ricos o aves domésticas que son objeto de tráfico ilegal a gran escala.Por no hablar - en todo caso cabe al menos temerlo- de humanos portadores eventuales del virus.
Por último, estos fenómenos naturales no se abaten sobre sus víctimas de forma indiscriminada. Alcanzan de manera mucho más devastadora y generalizada - y con mayor dureza- a los pobres que a los ricos. Digamos nuevamente que río arriba del acontecimiento o suceso, los pobres cuentan con menos recursos para prepararse, anticiparse e incluso cobrar plena conciencia de un peligro eventual, por más que de manera más o menos inconsciente sepan efectivamente que se materializará tarde o temprano. Cuentan, asimismo, de menos mecanismos para beneficiarse de los recursos susceptibles de contribuir a hacer frente al acontecimiento - ya provengan de los poderes públicos o de la ayuda humanitaria-, salvo en el caso de poder movilizarse de forma colectiva como así fue con ocasión de los recientes terremotos en Mexico o Turquía. Y por lo que se refiere a los responsables institucionales de prever la eventualidad de estos dramas y de adoptar las medidas imprescindibles, actúan en ocasiones a instancia de lógicas de clase que de hecho les impiden pensar de manera eficaz en la suerte de los más desprotegidos. Ha podido comprobarse de forma espectacular durante el huracán Katrina, de efectos mucho más devastadores para los pobres y los negros de Nueva Orleans (que suelen coincidir) que para la población más acomodada blanca. La naturaleza, desde luego, puede adoptar la forma de un terrible tifón, pero sus efectos no se comprenden adecuadamente si se hace abstracción de las realidades sociales y políticas que suele poner al descubierto, incluso a exacerbar.
Y lo que es válido de modo objetivo es asimismo válido de modo subjetivo: a cifras de víctimas comparables, no todos los dramas naturales sensibilizan igualmente a la opinión pública. Si el tsunami de diciembre del 2004 suscitó una positiva movilización en todo el mundo - mucho más, por ejemplo, que la reciente catástrofe de Cachemira-, ello obedece, entre otras razones, al hecho de que los países occidentales mantienen una relación muy distinta con las áreas y los pueblos donde arrasó el tsunami de la que mantienen con Pakistán. En el primer caso contemplaron aquellas áreas como destino turístico rebosante de imágenes de dicha y diversión a las que tienen acceso sus estratos sociales más acomodados, lo que no es el caso en la Cachemira pakistaní, región pobre y por añadidura musulmana. Un lugar no especialmente atractivo para las buenas conciencias occidentales.
La parte de la Naturaleza - con mayúscula- en las catástrofes naturales es grande, sin duda; pero en caso de catástrofe, hay que hacer constar - en mayor medida de lo que suele pensarse- la parte relativa al ser humano, a sus modos de organización social, a su sentido de la solidaridad, a su demografía, a sus sistemas políticos. Lo natural es, en muchos aspectos, una realidad política.
MICHEL WIEVIORKA, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París
Traducción: José María Puig de la Bellacasa
