En argot, al fontanero se le llama junatigres. El fontanero de palacio, como el de las casas normales, tiene la misión de organizar los retretes y hacer posible la conducción de las aguas fecales. Por eso son imprescindibles en política. Viven entre tapices de Goya. Su trabajo no consiste en no ver si el presidente está apretando las tabas a una becaria en la moqueta -porque nuestro actual jefe del Ejecutivo es monógamo y abstemio-, sino en construir imágenes positivas de la legislatura. Nunca nos enteraremos de los cientos de consejeros, consultores, aduladores a secas que trabajan en el Ala Oeste de La Moncloa, esperando el final de la legislatura para posar su bullarengue en un escaño o en un consejo de administración.
En España no se les llama con tanto énfasis como en América «los hombres del presidente», pero han aprendido de aquéllos la pericia y el soplete de calentar los bulos. Los fontaneros de La Moncloa y los asesores presidenciales dicen en los telediarios que gracias a José Luis Rodríguez Zapatero se rectificó la penosa herencia de Aznar y se conjuró el crecimiento incontrolado del cheque británico. Los fontaneros y pendolistas de Génova, ministros en la sombra que tampoco pagan el móvil ni la gasolina ni los almuerzos, como sus colegas de palacio, manejan con precisión la tenaza del sifón y la llave ajustable para calificar la cumbre europea como un sonoro fracaso de José Luis Rodríguez Zapatero.Trata, dicen, de enmascarar con mentiras su incapacidad para representar los intereses de los españoles.
Alguna de las dos pandillas de fontaneros está mintiendo.
La mentira es una virtud política y seguro que los fontaneros no están condenados, como todos los que engañan, al lago que arde con fuego y azufre, pero que sus partidos desfiguren y los hechos, con tanta crudeza, nos confirma una vez más que la política, el lugar privilegiado de la mentira, en España se desenvuelve como una amplificación de exageraciones. A pesar de la superioridad de la democracia sobre cualquier otro sistema, aceptamos que tiene sus servidumbres y la más humillante de todas es su necesidad de hacer propaganda a todas horas. Para los políticos, más importante que la verdad es el efecto que puede hacer en sus seguidores.La gente común, la de la fe del carbonero, se contamina con los fetichismos, los bajos sueños, las mentiras de sus gobernantes.
Nada hay que carezca más de conocimiento y esté más a merced de los fontaneros que la chusma inepta, la atrevida canalla, que decían los griegos. En plena sociedad de la comunicación, resulta que la inmensa multitud es manipulable por dos pandillas de mensajeros y junatigres; no hay más que comprobar cómo se tragan la propaganda por sus anónimos o las llamadas a la radio.Tal vez por eso Giodarno Bruno, el filósofo favorito de los ilustrados, dijo que ningún hombre amará verdaderamente la libertad y la verdad si no odia a las multitudes.

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