Una vez más se acercan las celebraciones navideñas en esta parte del globo y un nuevo año está a la vuelta de la esquina. Pero a juzgar por el gentío que estos días puebla los restaurantes, los bares, las tiendas y las aceras, más que el fin de año diríase que lo que se acerca es el fin del mundo. La gente, durante casi un mes, parece enloquecer entre compras y celebraciones. Las calles de la ciudad y los rostros de sus habitantes, se muestran congestionados como una boa que deglute a un elefante. Dicho sea de paso, el paisaje urbano se asemeja poco a los bellos dibujos con los que Saint-Exupery ilustraba ‘El principito’.
Aunque conviene no llamarse a engaño: ni el consumo exacerbado nace de un día para otro, ni la fiebre consumista es fruta de temporada o flor de un mes de invierno, engalanado de lucecitas y guirnaldas; pero un reciente estudio afirmaba que los consumidores españoles son los que más gastan en Navidad. Imagino que tiene mucho que ver con una mal entendida cultura de la celebración y del regalo. Durante estos días no sólo la visa echa humo. El móvil, el correo y hasta la agenda también van camino de convertirse en pasto de las llamas. Una curiosa desazón, una inquietante suerte de vértigo parece haber sembrado de urgencias la mente de los ciudadanos, que se empeñan en verse, en quedar, en hincharse a comer o a beber y en gastarse hasta varias veces lo que no tienen, bajo la excusa común de celebrar.
Como si hubieran sido abducidos por una cultura del exceso, se identifica celebrar con gastar; una comida o reunión de Navidad con estomagarse hasta reventar; un brindis de celebración con pillarse una tajada como un piano y, lo que es más triste, se identifica plenamente la sensación de compartir -o de reunirse con los seres queridos- con el consumo. Si, de acuerdo, es cierto que este país posee una cultura gastronómica que en muchos otros sitios no hay. Eso es posible constatarlo incluso en el día a día, ya que, mientras que en otros países toman un tentempié para comer, aquí el menú consta de aperitivo, dos platos y postre. Y para algunos, hasta copa y puro. Eso sí, luego nuestro entorno mediático rebosa de milagros contra la grasa extra y saltan todas las alarmas ante un mal como la obesidad, claramente hija del exceso en algunos casos.
Pero no quiero adentrarme por suculentos y gastronómicos terrenos, sino incidir en el consumo y, sobre todo, en su exceso. Algunos teóricos sostienen que en una sociedad altamente orientada al comercio, que apenas deja espacio para el crecimiento personal, donde los valores son considerados algo antiguo como la prehistoria; el individuo casi identifica su bienestar con su poder adquisitivo, al sustituir o asociar los principales placeres con actitudes consumistas. Pero, ¿realmente hemos perdido hasta tal punto la identidad que necesitamos consumir para sentirnos bien? Parece que sí. Y resulta preocupante además porque los que no pueden alcanzar ni las mínimas cuotas de consumo, se sienten frustrados y excluidos. Después de leer el artículo ‘¿Felices compras?’ de Màrius Sierra, uno se pregunta si ese consumo de Todo a 379€, no cumplirá también una función social. Cuando desde niño escuchaba aquello de que la felicidad se halla en las pequeñas cosas, nunca pensé que ese dicho minimalista y oriental, se referiría a las pequeñas porciones del Todo a 100.
Muchas personas están cansadas de la Navidad y, antes de que empiece, ya desean que acabe. No sólo porque a duras penas conserva ya algo de aquel espíritu fraternal o de bondad que cuentan tuvo un día; sino por el tremendo esfuerzo que, en todos los sentidos acarrea. Ante la imposibilidad de escapar a la inercia devoradora del consumo, a las comilonas y borracheras, quizá sería deseable recuperar algo de sentido común e intentar no comer más que aquello que le siente bien al cuerpo; no comprar más que aquello que le siente bien a su bolsillo pues, si los excesos siempre pasan factura, en este caso lo harán en sentido literal. Además, podríamos evitar la depresión que supone pensar que el individuo se ha convertido en un irrecuperable homus-consumere, protagonista de una sociedad insostenible que estragadamente devora todo lo que a su paso encuentra. Salvo en los sueños y en el amor, “Consume con moderación: es tu responsabilidad”.

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