LOS momentos más difíciles de la historia de la UE se han producido durante las negociaciones presupuestarias. Podemos recordar la determinación de Margaret Thatcher cuando afirmaba «quiero que me devuelvan mi dinero», o la desagradable y complicada fase previa al acuerdo de Berlín sobre las últimas Perspectivas Financieras. Es difícil evitar la sensación de déjà vu. Sin embargo, el significado de las negociaciones sobre el presupuesto que actualmente están desarrollándose, antes y durante el próximo Consejo Europeo, distan de carecer de consecuencias estratégicas para el futuro de la Europa ampliada. Europa no puede permitirse el lujo de mirarse permanentemente al ombligo, lo que conduce inevitablemente a la debilidad a través de la fragmentación. Para la UE en su conjunto, éste no ha sido un año fácil, tanto desde el punto de vista político como desde el económico. En las postrimerías de la primavera llegaron los rechazos de los referendos francés y holandés a la propuesta de Constitución de la Unión Europea. En el frente económico hemos asistido a una ralentización que ha retrasado nuestros esfuerzos hacia la competitividad a escala mundial. El crecimiento europeo se sitúa ahora en torno al 2 por ciento anual, menos de la mitad que Estados Unidos. El crecimiento es más fuerte en los nuevos Estados miembros, donde los costes para las empresas son más bajos; no obstante, ello origina esos temores bien conocidos de que los «fontaneros polacos» estén quitando los puestos de trabajo a los trabajadores del oeste de Europa. El desempleo sigue siendo elevado en la UE, con un paro juvenil que supera el 20 por ciento. Las restricciones presupuestarias limitan el alcance de las políticas sociales y las desigualdades aumentan. Las graves consecuencias, especialmente para los jóvenes y determinados grupos sociales, saltaron dramáticamente a las pantallas de nuestros televisores el pasado mes, cuando adolescentes airados incendiaban automóviles en las calles de Francia. La Unión, que puede estar orgullosa de los logros alcanzados en estos últimos años, en particular del éxito de la mayor ampliación jamás realizada, tiene ahora dificultades para comunicar el mensaje de unidad, fortaleza y ambición compartida.

En este contexto se enmarca la búsqueda de un acuerdo sobre las Perspectivas Financieras. Parece difícil aceptar el argumento de que la Unión Europea se puede ampliar, ofrecer mayor competitividad, menor desempleo y más seguridad, todo ello a precios de saldo. Me parece que nadie creería a un vendedor que prometiera la calidad y prestaciones de un BMW al precio de un Lada. Un importante capítulo de los debates se refiere a la cohesión en la Unión ampliada. La extensión de la solidaridad financiera a los nuevos Estados miembros, a una escala comparable o mayor que el Plan Marshall, se encuentra en la base de la idea misma de Unión Europea. La transformación sin precedentes, en cuanto a calidad de vida, que, junto con los cambios democráticos, ha tenido lugar en Portugal, España y Grecia debería extenderse ahora a los nuevos miembros. Tal como se ha demostrado, el flujo de fondos europeos a estos países, de hecho, regresa en forma de oportunidades comerciales para el mercado único en su conjunto. Por lo tanto, se trata más de inversión que de caridad.

Necesitamos reconstruir un clima de ambición compartida y configurar una nueva visión de lo que yo llamo la «manera europea», en otras palabras, temas comunes que enseñen a los ciudadanos el valor añadido europeo. En este contexto, el seguimiento de la reunión de Hampton Court presenta particular importancia. El consenso allí alcanzado debe ahora traducirse en un acuerdo sobre las Perspectivas Financieras. Hampton Court logró un consenso en ámbitos en los que los ciudadanos quieren que Europa lidere, en los que la gente considera que está justificada más, no menos, Europa: una Europa de la ciencia y la innovación, una Europa del talento y las oportunidades en la educación superior, una Europa con un nuevo enfoque de la energía, una Europa que gestione eficazmente sus fronteras y sus políticas de inmigración. Hampton Court puso de manifiesto el papel central que las instituciones europeas deben desempeñar en este proceso. Esta es una visión diferente de la que se ofrece, también, hoy en día: aquella en que la Unión, o incluso los países individualmente considerados, levantan el puente levadizo y se repliegan tras los muros protectores.

Al apostar por una «mini Europa», inconscientemente estamos dando la razón a los escépticos que dicen que la existencia de la Unión supone una rémora, de donde se deriva que esté abocada a la marginalización y una larga decadencia. Tenemos que abrirnos al mundo y modernizar nuestras economías y sociedades para poder gestionar las consecuencias del cambio. No debemos tratar de bloquear los cambios, sino intentar aprovechar las oportunidades que conllevan. Al mismo tiempo, y esto es una parte importante del programa de la Comisión, tenemos que cuidar de aquellos que se queden fuera. Hay que ayudarles a ajustarse al cambio.

En la Unión Europea tenemos, hoy en día, unos veinte millones de desempleados. Es inaceptable. Los Estados miembros de la UE deben tomarse en serio la reforma de sus políticas económicas y de empleo. Asimismo, deben ponerse en serio a invertir en investigación y desarrollo tecnológico, ya que sin ello no puede haber nada parecido a una economía dinámica basada en el conocimiento. Europa necesita urgentemente, por lo tanto, invertir mucho más en conocimiento, creando con ello nuevos puestos de trabajo y una mano de obra cualificada.

Modernizar no significa que tengamos que emprender una «carrera a la baja». Tenemos una «manera europea», que es preciso mantener. Esto quiere decir preservar los valores europeos -incluida la justicia social- en el competitivo mundo del siglo XXI. Esto supone lograr que nuestro modelo europeo de sociedad sea sostenible para las generaciones futuras. Una Europa realmente sostenible requiere una combinación satisfactoria de crecimiento económico, justicia social y protección medioambiental Este argumento también debería ponerse encima de la mesa de negociaciones para compensar el argumento sobre el «reparto equitativo de la carga».

En último lugar, pero no por ello menos importante, la UE está buscando la receta para superar la falta de comunicación con los ciudadanos. Resulta extremadamente difícil imaginar cómo encontrarla si se cortan sustancialmente los programas de la Unión dirigidos a los ciudadanos o los intercambios de estudiantes. Estoy segura de que lamentaremos profundamente no haber hecho todo lo posible por garantizar fondos para invertir en los ciudadanos y en la democracia.

Necesitamos urgentemente un acuerdo. No reduzcamos, sin embargo, el ejercicio a una deprimente riña sobre si el último euro va a un país o a otro. Lo que está en juego con las Perspectivas Financieras es la puesta en marcha de aquellas políticas que necesitan los europeos, que impulsen su prosperidad y su seguridad y el mundo que les rodea. Se trata de poner en marcha políticas como la urgente necesidad de realizar el seguimiento de la ampliación y dotar de mayor entidad a la solidaridad en la UE de los 25.

MARGOT WALLSTRÖM VICEPRESIDENTA DE LA COMISIÓN EUROPEA