Esto lleva camino de convertirse en epidemia. El ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, a quien parece faltarle faena en su departamento, respaldó ayer la brillante idea manifestada días atrás, en forma de borrador de carta, por el presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), Manuel Conthe, según la cual el organismo que dirige se meterá en la cama, cual vigilante de la playa o cura trabucaire, con empresas, medios de comunicación, analistas y otras especies de la fauna financiera ibérica, para evitar que cometan pecado en la soledad de la alcoba.

Ya saben que días atrás la CNMV envió una carta a las sociedades que cotizan en Bolsa y a los directores de Comunicación de las mismas, en la que manifestaba su intención de poner en práctica un control férreo de los flujos de información entre empresas, analistas y periodistas. Vamos, pedir información previa a cualquier rueda de prensa o reunión con analistas, controlar lo que en ella se dice, oficializar la presencia en las mismas de los ya casi tradicionales espías de la CNMV y, se supone, dar un capón a los que se vayan de la lengua y pongan en peligro los intereses de los accionistas.

También de los minoritarios, un suponer, que son los que siguen siendo tratados en la Bolsa española como unos indocumentados recién llegados en patera, para lo cual, digo yo, no hace falta dar tres cuartos al pregonero: para defender a los minoritarios basta con tener los estímulos morales necesarios y la determinación suficiente como para meter en vereda a los cuatro listos de siempre, Florentinos y otras especies, capaces de comprar paquetes de control pagando 33 euros por acción al banco de turno y dejando a la tropa llegada en patera a la luna de Valencia.

De modo que Solbes salió ayer en defensa de su amigo Conthe, dispuesto a echar un cable a su amigo Conthe, que tan duras reprimendas ha merecido a cuenta del proyecto de marras. Está bien eso de ayudar a los amigos. Es una máxima muy española: a los amigos, todo; a los enemigos, con todo. Y para justificar su respaldo ha dicho que “medidas de este tipo ya existen en países como EEUU”, lo cual que queda muy bien citar a los USA cuando nos conviene, olvidando que en los USA el que la hace la paga, y de qué forma.

En referencia a la iniciativa de su amigo, Solbes nos obsequió ayer en el Senado con esta perla: “Todo lo que signifique mejorar la gobernanza económica en el país es positivo”. ¡Toma castaña: gobernanza! (“arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”). ¡Y qué aficionados somos los españoles a engolar la voz y a tirar de diccionario a la hora de vender humo y hacer leyes y reglamentos que nadie luego está dispuesto a cumplir. Lo dijo Malraux: “Los pueblos no tienen los Gobiernos que se merecen, pero sí los Gobiernos que se les parecen”.

La definición que el DRAE da del término “gobernanza” es, detalle arriba o abajo, plenamente coincidente con la filosofía que presidió la abundante hojarasca verbal y escrita que en los últimos años acompañó los “códigos de buen gobierno” empresarial. Lo inició Manuel Olivencia, autor del código del mismo nombre aprobado por consejo de ministros en febrero de 1998, y lo terminó el ‘informe Aldama’, firmado por el benemérito Enrique Aldama, a pedido de Rodrigo Rato, en 2003. Y los que conscientemente me dejo en el tintero por no aburrirles.

Pues bien, ahora resulta que Olivencia y Aldama, Aldama y Olivencia, se han tirado los trastos a la cabeza con motivo de la OPA de GN sobre Endesa. La cosa tiene una explicación: Olivencia ha hecho un informe contrario a la OPA por encargo de Manuel Pizarro (Endesa); Almada, por su parte, ha contraatacado desde su posición de consejero de Repsol, mentor espiritual de la OPA. Cada oveja con su pareja. Tantos códigos para tan poco gobierno. ¡Españoles!

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