Hay mucha gente que anda por la vida con el globo aparcado. Yo también. No siempre, porque mi naturaleza nerviosa no me deja, pero lo intento. Es una forma de vivir como otra cualquiera. En mi caso, una forma de evadirme. Mientras otros eligen ir al cine, yo elijo estar en la inopia. Allí nadie me molesta y yo no molesto a nadie.
Ahora ha resucitado la palabra limbo. Es una palabra bonita, ligeramente musical. El limbo rock, cantaba no sé quién. Pues bien. La Iglesia ha suprimido el limbo de un plumazo. Ya no hay limbo, decide Roma. Dentro de poco decidirá que tampoco hay purgatorio.Los curas (y los políticos) juegan a suavizar la geometría, pero todo se define en función de los extremos: izquierda y derecha, norte y sur, arriba y abajo. En el medio está el centro, que se escurre como una pastilla de jabón. El centro nunca está en el centro. Todo el mundo habla de él, pero nadie lo quiere. Es un espejismo.

Con el limbo ocurre algo parecido. Aunque Roma diga misa, yo tengo un limbo. Cuando aparco el globo estoy en el limbo. En mi limbo no hay gente: sólo globos aparcados. Es muy grande, tanto, que en él no caben las dimensiones. Esa idea plástica del limbo seguramente me viene de la infancia, cuando nos decían que el limbo era el refugio de los niños que no habían sido bautizados.Dormían entre nubes en un inmenso descansillo que había camino del cielo. Pobrecicos míos. Qué culpa tendrían ellos de haber muerto antes de tiempo. Aquellos niños no lloraban ni sonreían, porque en el limbo reinaba la ausencia de felicidad, pero también de desdicha. El limbo era la nada. O sea, no era.

Roma se ha cargado el limbo y la metafísica. Pero a mí no me engañan. Todo lo que se nombra, existe. Ese gran aparcamiento que antaño estaba sembrado de niños mudos se ha convertido en un inabarcable hangar donde aparcamos el globo los que no vamos al cine, ni a la ópera, ni a los bailes de famosos. Al limbo se llega sin necesidad de traslados. Basta con cerrar los ojos y abandonarse. Es algo mágico. Te plantas sin más, como en las películas de ciencia ficción la gente se planta en el futuro y luego regresa contra el tiempo. Allí el mundo aparece anestesiado y lejano, como un belén fuera de Navidad. No sientes ni padeces, no hablas, no tocas, no nada. Te envuelve una extraña febrícula y todo te da igual, como si no estuvieras bautizado de sentimientos. Es el pasotismo en estado puro. Una delicia. Si Dios existe, seguro que está en el limbo.