John Wyatt anunció en 1735 su máquina de hilar y, con ella, la revolución industrial. «Pero», escribió Carlos Marx, «no dijo ni una palabra de que el hombre iba a ser sustituido como motor por el asno y sin embargo fue al asno al que le tocó ese papel».Nos dijeron que primero fue la arcilla, después el papel y por último la Red, la tercera y última edad del saber, después de la invención del alfabeto y el descubrimiento de la imprenta.
Como Funes el memorioso, yo me paso las horas mirando no la higuera sino el membrillo del fondo y cruzo con mis dedos la telaraña que está más allá de mi ordenador. Yo ya no soy el que soy sino el que la Red dice que soy en las 290.000 entradas. Ha sido inútil esconder mi edad, las críticas adversas de mis libros, algunos artículos de los que me arrepiento o los insultos que me dedican tres o cuatro psicópatas que me persiguen por los confines de la creación. Ya estoy en la imprenta del infierno, mi nombre navega por la gravitación de las palabras, en el logos del nuevo alfabeto universal.
Ahora los alquimistas no buscan la piedra filosofal sino cómo convertir las palabras en bombas, en mártires. Internet llega para ser la Ilustración de los parias, la enciclopedia de los pobres, el santuario de los nihilistas y librepensadores. En el principio y en el final eran la palabra y las palabras eran Dios. Millones de personas navegamos a la deriva. Veo los goles de Torres, Robinho y Sergio Ramos, en elmundo.es, las injurias que me dedican en vivo y en directo, los virus que me acechan, la crítica que hacen de Los cautivos de la Moncloa en diarionuevayork.blogstopt.com.Estoy colgado a todos los digitales en compañía de otros millones de navegantes, entro a la biblioteca, voy cagando hostias por la autopista de la información hasta que me quedo inmóvil en algún enredo de la Telaraña Global (World Wide Web).
La Red no es sólo el soporte de la nueva sabiduría sino aquella estatua de Pasquino en Roma donde se fijaban los escritos satíricos y los anónimos contra el Gobierno o contra las personas. Lo de menos son los ultrajes, calumnias e impertinencias desde la impunidad de los embozados. Lo positivo es que en ese infierno alcohólicos anónimos, navajeros del insulto, envidiosos compulsivos se someten a la terapia del chateo en ese sofá infinito, inconmensurable, gratuito, sin psiquiatra ni celador, absolutamente libre. La Red es también el sindicato de los sabios solitarios que sin matrices en relieve está acabando con los maestros, así como la imprenta acabó con los trovadores.
A pesar de sus infinitas probabilidades, la Red, como cuando el hombre fue sustituido por el asno y no por el motor, acaso aún es poco más que un almacén, una biblioteca pública, el pasquín donde los goliardos dejan sus sátiras y pasquines.

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