La aprobación del plan de acción de Montreal frente al cambio climático, saludada con satisfacción tanto por los representantes gubernamentales como por las organizaciones ecologistas, ha reflejado buena parte de las dificultades y oportunidades que se le presentan a la humanidad a la hora de gobernar sobre su futuro.
El mundo no sólo carece de un sistema de gobierno global y eficiente. La cumbre de Montreal ha venido a demostrar, además, que resulta prácticamente imposible corregir las inercias del desarrollo si esas mismas correcciones no propician nuevas economías y beneficios en el corto plazo. Pero junto a la aplastante lógica de la rentabilidad inmediata, la sostenibilidad -como un desiderátum aplicable a todo lo que toca la especie- nos muestra la capacidad limitada que tiene el ser humano para pensar y actuar sobre el futuro. En demasiadas ocasiones la cuestión queda zanjada con un juicio moral respecto a esos límites. Se concluye que las sociedades actuales, las generaciones actuales, se muestran egocéntricas y que deberían volverse más conscientes y solidarias hacia el porvenir. Pero las barreras del tiempo no son tan fáciles de traspasar para un animal que tampoco ha evolucionado tanto como supone.
De igual forma que las esperanzas de un mayor control sobre el calentamiento del planeta debido a la acción humana han ido abriéndose a medida que los nuevos recursos energéticos, las nuevas tecnologías y los nuevos hábitos se han convertido en negocio, es probable que la reducción del hambre y la pobreza en el mundo o el acceso a unos mínimos de educación y salud para el conjunto de la humanidad se hagan posibles también cuando se demuestre su rentabilidad para las economías y para las sociedades desarrolladas. Es el cinismo con el que, cada día, nos conducimos en el hemisferio norte. El mismo que nos lleva a mostrar simpatía hacia el objetivo del 0,7 a sabiendas de que nadie osará rechazar dicha meta, porque nadie se siente emplazado a poner los medios para alcanzarla. La humanidad podría progresar movida por motivaciones más generosas. Pero es probable que hasta los deseos más nobles estén obligados a probar no sólo su viabilidad financiera, sino a garantizar beneficios inmediatos.
Los gobiernos de los países desarrollados y democráticos actúan condicionados por la cíclica evaluación electoral de sus políticas, en un ejercicio en el que la ciudadanía de esos países valora por encima de todo si le va bien o le podría ir mejor a ella. El futuro contemplado en los programas partidarios no va mucho más allá del recorrido de una o a lo sumo dos legislaturas. Cada persona piensa en su porvenir y en el de los suyos como si se tratara de un círculo privado en el que ya los nietos ocuparían un entorno periférico e inalcanzable más que para unos cuantos privilegiados. Quien puede sortea las inquietudes de su propia jubilación adquiriendo algún bien inmueble o invirtiendo sus ahorros, confiando así en que no será una carga para nadie. Pero no se pone a cavilar sobre cómo se ordenará el tráfico de su ciudad cuando muera. Sobre si en la plaza de enfrente se construirán algún día pisos subterráneos. O sobre cuánto y cómo deberá cotizarse para un acceso universal a los beneficios de la medicina regenerativa dentro de medio siglo. La capacidad de predicción aumenta cada día, aunque cada día damos paso a nuevas incertidumbres. Pero nuestra manera de afrontar el futuro ha evolucionado muy poco desde que nos hicimos cargo de nuestra naturaleza mortal. Qué decir de esos centenares de millones de seres humanos imposibilitados de pensar en un futuro distinto al ahora mismo.
Gobernar sobre el futuro constituye una extraña utopía. Una meta abstracta ante la que hacemos gala de nuestra más franca indolencia. Quizá porque, como especie, no estemos capacitados para gobernar sobre el futuro. Nos sabemos mortales, y ésa es una coartada definitiva. No constituye únicamente la condición moral más relevante para los humanos. Limita también la distancia a la que situamos el horizonte del mañana. Es cierto que hay científicos esforzándose en calcular con precisión cuándo se desintegrará el sol, algo que ocurrirá de seguro. Pero si la predicción científica es una tarea encomendada a una elite reducida, podría decirse que resulta más elitista el ámbito de los poderes capaces de intervenir sobre el gobierno del futuro. Tanto que incluso nos es difícil identificar esas elites, ponerles rostro o escribir sus siglas. En la comunicación diaria y en los mensajes públicos el futuro es fundamentalmente retórica. Pertrechados de un racionalismo lineal, los ciudadanos que formamos parte de sociedades informadas somos capaces de hilar un discurso lógico sobre el futuro, dado que los más negros vaticinios nos permiten abogar por acciones preventivas. Pero, más allá de la retórica al uso o de la construcción de un discurso disuasorio, la variable futuro forma parte de los procesos de decisión de manera tan parca que quizá debamos rendirnos a la evidencia. Quizá no seamos capaces de desear otro futuro que el que se haga rentable en el presente.

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