Las imágenes del Papa encasquetándose por unos segundos un tricornio de la Guardia Civil han dado la vuelta al mundo –algunos diarios publicaron la foto dos veces- acompañadas de un variado muestrario de interpretaciones. El ministro Bono calificó aquel gesto de “impagable” en términos de mercadotecnia; otros ya consideran a Benedicto XVI poco menos que hijo nobilísimo del Cuerpo, mientras que versiones de distinto calado, aunque no menos interesadas, han relacionado el ademán con su primera juventud en los tiempos del nazismo. No han faltado las admoniciones solemnes y graves junto a las demandas de que el Pontífice se informe previamente de la naturaleza de los símbolos y objetos que los fieles le muestran en las audiencias generales para evitar caer en estratagemas más o menos insidiosas.

También los teóricos de la información estudian el gesto papal con interés en esta era del espectáculo. ¿Se trata de una noticia religiosa o debe compartir espacio con los notables de la tierra que iluminan con mayor o menor fortuna las secciones mundanas? La Iglesia católica es también un poder, con un gobierno que interviene en los asuntos del mundo. Y su máximo representante viaja, visita y recibe a dignatarios del planeta entero, concede audiencias privadas, individuales o en grupos reducidos, y un par de veces a la semana bendice a millares de peregrinos en San Pedro. En estas audiencias multitudinarias le presentan bebés para que los bendiga, y también un sinfín de reliquias, rosarios, imágenes, exvotos y prendas y objetos de toda índole que pueden incluir un balón de fútbol, una camiseta, el águila de Friuli, la alabarda de Trieste, el paño piamontés, una gorra macedónica o de yatista, un canotié, y, por qué no, un tricornio de la Benemérita. Se precisaría un ejército de expertos para discernir en cada caso. Además, ¿para qué?

El Vaticano es una fuente de hechos pintorescos que llenarían muchos libros. Jesulín de Ubrique iba a ser recibido en audiencia por Juan Pablo II, y acudió previamente a Paloma Gómez Borrero para asesorarse bien. “Al Papa le quiero regalar un traje de torero”, dijo muy ufano. Pero la veterana periodista le hizo notar que no era un presente muy indicado. “Pues entonces, un capote”, insistió. También fue descartado después de mucho discutir. Finalmente, acordaron que le llevaría una estatua de la Vírgen que tenía en un cortijo. Así lo hizo, pero el Papa creyó que se la presentaba para la bendición. “No, Santidad, que es para usted”, protestó el diestro. También la autopresentación tuvo un ensayo previo. “Santidad –fue la fórmula memorizada-, me llamo Jesulín de Ubrique y me juego la vida en las plazas de toros”. A continuación, los progenitores del torero hicieron saber al Pontífice que eran el padre y la madre de Jesulin, “el que se juega la vida en las plazas de toros”. Perplejo, el Papa preguntó al responsable de protocolo: “¿A qué dicen que juegan?” En dos palabras, como diría el propio Jesulín, impre-sionante.