LA PRESIDENCIA de Pérez Touriño tiene dos dimensiones que conviene distinguir. En su versión más tangible es la cabeza de la alternativa progresista, y en ese sentido tiene especial interés para los socialistas y nacionalistas que acaban de ocupar el turno del poder. Pero en su sentido más profundo constituye una excepcional oportunidad para la normalización política de Galicia, por lo que son muchos los gallegos de toda ideología y condición que tienen puestos sus ojos sobre la forma en que entiende y ejerce el poder, sobre su capacidad para coordinar la compleja coalición que preside, sobre su acierto a la hora de plantear una alternativa a las políticas del PP, y sobre los grandes objetivos en los que puede representarse el cambio que preconiza.
El problema es que, salvo que se disponga de una visión grandiosa de la política, ambas dimensiones se contradicen. Si se atiende a los intereses de partido, y si se refuerzan los objetivos electorales, la normalización política puede ser un fracaso. Y si se gobierna con criterio institucional, pensando sólo en Galicia, se pueden despertar los demonios que hibernan en las estructuras partidarias.
En el escaso tiempo transcurrido ya hemos visto el péndulo del poder caminando de uno a otro extremo. Y, mientras nos ilusionamos con la reforma de la Administración, con el cambio de la TVG y con la transparencia del poder y de sus decisiones, también nos damos de bruces con la bicefalia de la Xunta, con la sublevación soterrada del PSOE, con el despertar de las baronías locales y con la tibieza que amenaza a las grandes reformas territoriales, educativas, sanitarias y sociales que estamos esperando.
El camino recorrido por Pérez Touriño desde que se hizo cargo de un PSdeG-PSOE desvencijado y derrotado es ejemplar. Y la forma en que tuteló la redacción del pacto, la formación del Gobierno y el relevo de la Xunta lo convierten en un político de enorme altura. Pero el análisis y la crítica constructiva se imponen sobre esos precedentes y sobre las ganas que tengo de que todo salga bien. Y por eso quiero advertir al presidente de que, visto el poder desde abajo, empiezan a pulular los actos banales, los discursos de oportunidad, las decisiones localistas, la sensación de bicefalia y la carencia de un discurso que vertebre toda la acción de gobierno.
Si los hechos lo avalan, los pronósticos siembran dudas. Y por eso parece oportuno reclamar la vuelta del Pérez Touriño que forjó una alternativa y generó la ilusión de un país moderno y emprendedor. Porque si cunde la sensación de que gobierna pensando en los suyos, o en su propio poder, no podrá conservar la fuerza social que lo hizo presidente.

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