Los ciudadanos prestan una atención secundaria a la política internacional porque en muchos casos sus efectos son poco perceptibles en la vida cotidiana, pero cuando aquella política alcanza los niveles de despropósito de la española, la gente debería empezar a preocuparse.Tres ejemplos recientes ilustran el desastre.
El primero es la inutilidad evidente de que Rodríguez Zapatero gaste recursos y tiempo para proyectar su imagen internacional en un diálogo entre civilizaciones que posee una dimensión escuálida, cuando es incapaz de aplicar este método en su propio país, con sus propias gentes, porque los principales enfrentamientos en el seno de la sociedad española nacen no de conflictos económicos y sociales, insólitamente calmados incluso en lo que es el contexto europeo, sino en el ámbito de la cultura entendida como concepción del mundo, la persona y la sociedad.

De hecho, la única ley donde ha habido «pacto de civilizaciones», la LOE, ha surgido de la necesidad del gobierno de cerrar algún frente de los muchos que tiene abiertos, antes que de una predisposición inicial de hacer una ley de educación basada en el consenso.

Y de la incapacidad para el diálogo interior al exterior: resulta una magnificación del despropósito pensar que se puede propiciar un diálogo universal y fracasar de una manera tan rotunda en algo concreto como era la reunión del Euromed, entre la Unión Europea y los países de la ribera sur del Mediterráneo.

La cumbre de Barcelona solo habrá servido para demostrar que el Gobierno, Zapatero y Moratinos, no tenían los deberes hechos.No existía la maduración diplomática y política previa para alcanzar acuerdos. Es un fracaso de Moratinos y una manifestación de la incapacidad de Rodríguez Zapatero. El resultado de la reunión de Barcelona es más bien penoso: pasará a la historia por situar en el primer plano las discrepancias, haciéndolas todavía más visibles, algo no solo innecesario sino contraproducente.

Lo que está sucediendo con Venezuela donde un peligroso demagogo populista está cambiando petróleo por armas, aprisionando la política exterior española con implicaciones que llegan hasta el Rey, y utilizando todo ello para su particular guerra contra EEUU constituye otro despropósito fundamental que ha culminado con las recientes elecciones. La abstención en las elecciones venezolanas ha evidenciado la falta de apoyo popular al régimen de Chávez, así como la institucionalización del fraude electoral.

Ya era sorprendente que un país con un desarrollo tecnológico escaso fuera el primero del mundo en informatizar totalmente el voto. En realidad, el sistema informático implantado convierte la elección en una pura patraña porque elimina el secreto del voto y, lo que todavía es peor, permite introducir centenares de miles de votos virtuales.

La no presentación de la mayoría de partidos a las elecciones, ha permitido ver con claridad hasta qué punto el plebiscito anterior para la revocación de Chávez fue una patraña, un monumental fraude electoral con la introducción de más de un millón de votos electrónicos que convirtieron su derrota en victoria. Todo esto evidentemente es un fracaso para la Organización de Estados Americanos (OEA), pero también revela lo desatinado de la política española hacia un régimen que construye una dictadura militar populista.