Nos pilla mayorcitos como para creer en casualidades. Se ve la mano versátil del poder en materia de filtraciones. Práctica habitual en la reyerta política PSOE-PP. Lo hizo el PP (el dinero, a La Razón; el cariño, al ABC, y las filtraciones, a El Mundo, ¿recuerdan?) y lo hace el Gobierno socialista. Harto de recibirlas todas en el mismo carrillo, Zapatero también saca las uñas.

Me refiero a los dos misiles con espoleta retardada lanzados ayer por los medios del grupo Prisa contra el PP. Denuncian dos mentiras más del Gobierno Aznar. Una, la del Prestige. Que el alejamiento del barco (“hasta que se hunda”, “ésa es la consigna”) respondió a criterios políticos y no técnicos.

Otra, la de la guerra del Iraq. Bueno, una mentirijilla dentro del gran embuste urdido por Aznar. Que las tropas españolas entraron en combate (defensivo, qué remedio), al menos en cuarenta ocasiones, sobre todo en el tramo final de su estancia en el escenario bélico. O sea, que nada de misión humanitaria en tranquilas zonas hortofrutícolas.

Ayer, Ignacio Astarloa, la voz grave del PP, y el ex ministro Trillo, afeaban la conducta de un Gobierno que se ve obligado a recurrir al pasado para defenderse. Y tienen razón. Pero, claro, donde las dan las toman. Es lo malo del juego sucio. Que se contagia y las lesiones se multiplican cuando el campo está encharcado. El Gobierno Zapatero, que está en la campaña de no es “Estatut” todo lo que reluce, no quiere poner la otra mejilla mientras le fustigan las encuestas y entre la gente anida el síndrome del piloto borracho.

Es lamentable que un Gobierno, dueño de la iniciativa política y los mandos de la nave, busque la represalia en el inagotable arsenal de los archivos oficiales. Pero no es menos lamentable el quehacer de una oposición que presenta a un Gobierno legítimamente elegido en las urnas como el primer conspirador para la voladura de España y del orden constitucional, según la delirante pizarra de Perpignan, de la factoría PP, (Bienvenidos a la pesadilla).

La ciudadanía española no puede esta orgullosa de su clase política con la que está cayendo. Ni de la periodística, en sus niveles más altos, tan a menudo cosidos a una causa de poder y no a la tarea de formar una opinión pública sana.

Estamos viviendo una etapa de contaminación política y mediática insoportable. Lo decía el otro día Jordi Pujol –cuánto se le echa de menos, por encima de la discrepancia con sus ideas nacionalistas-, que no sabe si la crispación política tira de la mediática o es al revés. Pues eso, que estamos rodeados por una clase política incapaz de entenderse en los temas básicos –de acreditado interés para el común de los ciudadanos- y una clase periodística que cede el paso a sus sectores más ruidosos, más militantes, que se inspiran en los argumentarios de partido, se rasgan las vestiduras y funcionan a golpe de aspaviento.

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