Superado el escándalo de su espantá lingüística de Eurovisión, 1970 fue el año de la consagración de Joan Manuel Serrat como el inmenso cantautor que es. Y eso ocurrió a través de un LP en catalán titulado Serrat 4 cuyas canciones conservan, 35 años después, todo su magnetismo lírico y una sorprendente vigencia.Sustitúyanse un par de palabras y Els veremadors (Los vendimiadores) parece escrita pensando en los inmigrantes magrebíes y subsaharianos.Ni siquiera eso hace falta para que Conillet de vellut (Conejito de terciopelo) siga levantando acta de la obsesión por el salto a la fama en la cosmopolita cultura de la imagen y para que Quasi una dona (Casi una mujer) continúe siendo la mejor balada de la sexualidad adolescente que cualquier varón desearía poder moldear alguna vez. En cuanto a la Cançó per a en Joan Salvat Papasseit estoy seguro de que, como ocurrió conmigo, seguirá capturando adeptos a la obra de aquel gran poeta catalán, «glossador», según Serrat, «de la divina Acràcia, de l'Acràcia impossible en la vida dels homes».
Yo estaba entonces en la universidad y el ser capaz de entender, leer y hasta farfullar el catalán me daba una cierta superioridad sobre todos aquellos amigos que tarareaban a Serrat sin terminar de saber lo que decían. Ahora son ya tantas las veces en las que me he visto asimilado en medios nacionalistas a la «campaña anticatalana» que, según ellos, caracteriza a todos cuantos rechazamos rotundamente el nefasto proyecto de Estatuto, que la memoria de aquellas queridas canciones no deja de sorprenderme a mí mismo con irónica ternura.
Y, sin embargo, no fue de ningún otro cajón de los recuerdos de donde salió la descripción explicativa de la escena que pude contemplar el pasado martes, durante la recepción del Día de la Constitución, cuando Zapatero y Rajoy monopolizaban la atención -juntos pero no revueltos- de sendos corrillos de diputados y periodistas en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso.
Fue una reacción automática del subconsciente. Mira a esos dos, «tan lluny i tan a prop com el riu i el xop» («tan lejos y tan cerca como el río y el chopo»). El presidente dibujaba castillos en el aire sobre los «avances» hacia el «fin de la violencia», el líder del PP mostraba con mal disimulado orgullo sus dedos entablillados tras el accidente del helicóptero. «L'un caminant i l'altre quiet» («El uno andando y el otro quieto»). Ninguno de los dos parecía ser consciente de que es mucho más lo que les une que lo que les separa. «Plegats però indiferents com l'arbre i el vent» («Juntos pero indiferentes como el árbol y el viento»). Y lo peor es que esta situación lleva visos de no tener ya remedio. «L'un dalt del puig i l'altre fuig » («El uno en lo alto del monte y el otro huye »)
Son los ocho primeros versos de otra de las canciones de ese disco a la que Serrat puso por título Adéu, adéu amor meu i sort.Se trata de todo un himno a la resignación, a la fatalidad de la despedida, después de haberlo intentado todo para, finalmente, concluir y aceptar que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. ¿Hemos llegado en la vida española ya a esta situación? Me temo que sí o por lo menos que estamos a cinco minutos de desembocar en ella.
Zapatero es el río y Rajoy el chopo. Desde la perspectiva del uno el otro representa el inmovilismo de quien se queda anclado en el tiempo y el espacio. Vistas las cosas a la inversa, no se percibe sino una corriente que fluye alocada sin destino ni sentido. Sin embargo, el chopo necesita al río pues de él chupan la energía sus raíces; ¿y qué es, efectivamente, un río sin paisaje, sin referencias que lo encuadren?
Ese paisaje es lo que está dejando atrás el presidente al alejarse del consenso constitucional y romper la estabilidad del modelo de Estado autonómico. Aunque Rajoy quisiera seguirle, no podría hacerlo, pues tan propio de la sociedad humana como poner insensatamente todos sus logros en riesgo es el movimiento reflejo de contraerse en la defensa y conservación de lo que funciona razonablemente bien; y está en su naturaleza hacerlo.
Nadie hubiera pronosticado que la armónica combinación entre continuidad y cambio que fue la clave del éxito de la Transición y ha dado tanto vigor a la democracia española, tuviera que quebrarse precisamente ahora. Rajoy es un moderado y Zapatero llegó también a parecerlo. El fue quien dijo que bajar los impuestos era de izquierdas. Nunca los programas económicos de los dos grandes partidos españoles habían sido tan similares como ahora. Cuando el uno era vicepresidente y el otro líder de la oposición la química personal funcionaba. Además, las terribles circunstancias del 11-M justificaban como ninguna otra coyuntura que ésta hubiera sido la legislatura de los grandes consensos. ¿Qué ha sucedido, pues, para que, en menos de un año, esas expectativas se hayan ido al garete y cada día que pasa no cese de aumentar la dimensión de la brecha abierta entre el Gobierno y la oposición, no porque -como ocurrió durante las últimas legislaturas de González y Aznar- existan episodios concretos de enfrentamiento atroz, sino porque el uno quiere introducir cambios sustanciales en las reglas del juego por las bravas de la mayoría simple y el otro no lo acepta?
Enfatizo lo de «menos de un año» porque todo estaba dispuesto para que el pasado 14 de enero hubiéramos comenzado a caminar hacia los primeros Pactos de La Moncloa del siglo XXI, con reforma constitucional incluida. Para desmontar la machacona murga de que la clave de lo que está ocurriendo es que el PP sigue sin aceptar su derrota electoral, baste recordar que, en vísperas de su encuentro con el presidente, Rajoy reunió a su estado mayor en Sigüenza y obtuvo un respaldo unánime para presentar una oferta de pacto de estabilidad política en la que faltó el canto de un duro para que se llegara a incluir hasta un compromiso del PP de propiciar, por una u otra vía, la aprobación del Presupuesto, a cambio de seguir gestionando juntos el proceso de desarrollo autonómico.
Tal era la buena disposición inicial de Zapatero hacia ese esquema, que en las horas previas a la cita tuvo la habilidad de exhibir el que hubiera sido el broche perfecto para engarzar todo el planteamiento: su propuesta de que la reforma constitucional elevara a dos tercios la mayoría necesaria para que el Congreso modifique un Estatuto de autonomía y el compromiso de empezar a aplicar la norma -como restricción política voluntariamente asumida- en el caso de Cataluña. Eso hubiera dado al PP una capacidad de veto efectiva y, paradójicamente, mucho más margen de maniobra ante la opinión pública.
En medio se cruzó, sin embargo, la carta de Otegi. Aunque, tal y como revela el portavoz de Batasuna en su tan inquietante como elocuente libro, el presidente conociera ya su contenido desde la víspera, el hecho físico de su recepción revolucionó La Moncloa como si se tratara de la buena nueva de una victoria remota y legendaria. El propio Zapatero sufrió la más extraña de las transfiguraciones.Todo lo que por la mañana era ansia por entenderse con Rajoy en el plano adulto de las realidades, se había trocado por la noche en ilusión cuasi infantil por dejarse arrastrar por Batasuna hacia ese País de Nunca Jamás en el que el presidente cree que podrá negociar un tratado de paz con el capitán Garfio sin que antes se lo llegue a comer el cocodrilo.
Así las cosas, la reunión extraordinaria convocada por el Rey 48 horas después en la Zarzuela no fue el previsto impulso definitivo a la hoja de ruta de lo que hoy denominaríamos una legislatura «a la alemana», sino el epílogo formal de un desagradable aborto político. Zapatero cubrió las apariencias y el PP le ayudó a hacerlo atascándose en la tontería de cuál debía ser el rango de la comisión mixta acordada en La Moncloa. Pero desde que recibió la carta él ya estaba en otra longitud de onda.
La gran duda que suscita todo lo que ha ocurrido desde entonces durante este año aciago es si Zapatero está controlando el proceso o el proceso le está controlando a él. Comprendo que a los socialistas les irrite tanto que el PP vincule la estrategia de ETA con el desbordamiento estatutario catalán, pero como acabamos de ver con la carta de la banda a las embajadas o con el propio libro de Otegi, son los terroristas y sus portavoces quienes se vanaglorian de haber «facilitado» el que Cataluña se sume a la escalada del radicalismo vasco. Podrá alegarse que esto equivale a cuando algunos reputados asesores de imagen tienen el morro de facturar a las grandes empresas por informaciones y artículos publicados en los periódicos sin intervención suya de ninguna clase -a toro pasado cualquiera puede dárselas de heraldo de lo inexorable-, pero la dinámica abierta en enero de 2004 por el encuentro de Perpiñán, que el entonces conseller primer trató de ocultar incluso a Maragall, impide desdeñar la teoría de que ETA y Carod habrían logrado capturar la imaginación de Zapatero mediante una hábil triangulación, completada por el PSC en calidad de tonto útil.
Es cierto que si aceptáramos que en esa reunión se puso en marcha todo lo que está pasando ahora, como por ejemplo alega con insistencia Mayor Oreja, habría que dar por hecho que ETA disponía de un plan B -o mejor dicho de un plan A- para el supuesto, pronosticado a esas alturas por todas las encuestas, de que el PP volviera a ganar las elecciones. A menos, claro está, de que ETA pudiera contar con alguna variante que nadie más conocía en ese momento.
Vivimos malos tiempos para la lírica pactista. Nadie va a entender, por ejemplo que, después de los acuerdos con los colegios concertados, el PSOE y el PP no sean capaces de partir por la mitad las discrepancias -en muchos casos de matiz- que les separan respecto a la Ley de Educación. Como tampoco se entendió que Bono tuviera que cerrar la Ley Orgánica de la Defensa con Puigcercós y Carod, que le producen un entusiasmo perfectamente descriptible, en lugar de hacerlo con su amigo Zaplana. O que en la política exterior sigan sin existir áreas de colaboración bipartidista, aunque en este caso el cuchillo de palo con que parece ejercer su diplomacia el herrero Moratinos ni siquiera ha logrado forjar el consenso en el seno del propio Gobierno.
Es cierto que en el PP hay ahora mismo quienes erróneamente piensan que a un Gobierno grogui como éste no hay que darle más tregua que la navideña -y aun eso habrá que verlo-, pero también es verdad que Zapatero ya no es Zapatero, sino el río que le lleva.Está bien su precisión de que el PSOE sólo coincide con Esquerra Republicana en aquellos asuntos en los que votan juntos, pero todos sabemos que los rompelibros y asaltaemisoras no se comportarían como lo hacen si no supieran que la opción estratégica del presidente les garantiza la impunidad política. ¿De qué iba a haber suscrito el PSC un Estatuto tan contrario a los intereses y sentimientos de sus votantes si no hubiera encerrado previamente al PSOE y a su líder en el Fort Apache del tripartito?
En cuanto al resto de la banda gubernamental, ahí tenemos al BNG pretendiendo anexionar a la «nación» gallega las zonas «limítrofes» de León y Asturias mediante un proceso de autodeterminación a nivel municipal que, aplicado con coherencia, tendría la ventaja de que permitiría a la ciudad de Vitoria abandonar Euskadi, a Santa Coloma y Hospitalet salirse de Cataluña y a la propia La Coruña -escrita así con todas sus letras, al modo de Paco Vázquez- hacerle un buen agujero a ese mapa neoimperialista del Bloque.
Teniendo sobre la mesa propuestas como ésta de sus paisanos y aliados, ya puede ahorrarse Pepe Blanco todas las campañas de vigorización de la imagen gubernamental. Y que no se canse el presidente en intentar demostrarnos contra toda evidencia lingüística y semántica que estar «discapacitado» es mucho mejor que haberse quedado «disminuido». Por injusto que resulte, es tal la fuerza de la corriente que le arrastra hacia lo que Otegi ha definido certeramente como una «revolución política» propiciada por su propia «ambigüedad» sobre la unidad e identidad de España, que hasta la meritoria dimensión social de su acción de Gobierno está quedando difuminada como referencia coyuntural de un paisaje que se va quedando atrás, mientras crece el rugido de la catarata que anuncia su horizonte abismal.
Las negociaciones secretas que están teniendo lugar estos días con Esquerra y CiU sobre el Estatuto son la última oportunidad de Zapatero de desviar el curso de lo que hoy por hoy es ya un torrente desbocado. Pero ésa sería una labor hercúlea que requeriría del concurso de otras manos y nada indica que el presidente vaya a cogerle la palabra a Rajoy para repasar conjunta y globalmente el texto catalán, aunque sea con el fin de constatar la dimensión de su desacuerdo. No, se pondrán algunos diques de contención, se construirá alguna que otra pequeña presa y tal vez se logre amortiguar la violencia del primer impacto, pero ni siquiera se intentará cambiar el cauce del río.
En esas condiciones Esquerra y el Bloque podrán seguir haciéndole la «goma» -hoy acelero, mañana aflojo- y el futuro de Zapatero quedará, en definitiva, en manos de una ETA astuta e implacable que seguirá aprovechándose de él todo lo que pueda, dejándole cocerse a fuego lento en la salsa de sus propias expectativas, hasta que llegue el momento de ponerle en evidencia y hacerle caer a plomo como ya ocurrió con el PNV en el proceso de Estella.
¿No es lógico que en estas circunstancias cada vez seamos más los que, emulando la serenidad de Rajoy, optemos por quedarnos bien plantados en el sitio y sólo discrepemos en el tono de la despedida que merece la saga-fuga de Zeta Pé?
pedroj.ramirez@el-mundo.es

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