PERO bueno, ¿hay alguien ahí arriba, en el puente de mando? ¿Está alguien manejando el timón de la acción de gobierno (?) de este país perplejo? ¿Queda en este carajal de despropósitos, contradicciones, malentendidos y puros disparates en que se ha convertido la vida pública española, alguna persona responsable con un proyecto, un plan, una idea o simplemente un poco de criterio? ¿O estamos realmente tan a la deriva como parece, con un presidente desnortado, unos ministros a la greña, un gabinete incompetente y unos socios dispuestos a hacerse un sayo con la capa hecha jirones del Estado autonómico?
Uno de los derechos principales que asisten a los ciudadanos de una democracia es el de ser gobernados por aquellos que resultan elegidos en la lid electoral conforme a un programa de actuación y dirigencia. Se trata de un asunto tan elemental que ni siquiera aparece recogido en la mayoría de las constituciones, redactadas precisamente para asegurar el buen gobierno con arreglo a un código jurídico que pone límites al abuso de poder en defensa del interés común. Pero... ¿qué pasa cuando ese derecho pasivo no se ejerce por falta de capacidad de los gobernantes escogidos, por inacción, desistimiento o inepcia de quienes han sido llamados a ejercer la responsabilidad pública?
Esa es, exactamente, la sensación que ahora mismo sienten y padecen muchos ciudadanos españoles, sorprendidos ante la falta de rumbo de un Gobierno ajeno a los problemas reales de la nación, enfrascado en debates inútiles o absurdos, cuando no directamente en empeños suicidas -como la negociación con los terroristas o el diseño de un nuevo modelo de Estado- que ni siquiera figuraban en su programa electoral. Una corriente de desamparo recorre la médula ciudadana ante la evidencia de que el presidente del Gobierno permanece al margen de los desafíos que competen a su esfera de trabajo, mientras crecen los conflictos dentro y fuera de las fronteras, y unos desaprensivos aliados aprovechan el vacío de poder para subirse a las barbas del respeto público y proferir amenazas, bravatas o retos «aventureristas» y desalmados.
Encerrado en una campana de cristal, atento sólo a la leve esperanza de una tregua terrorista que le permita iniciar un diálogo con los asesinos y al hallazgo de una solución paliativa al problema que él mismo creó al permitir que el Estatuto catalán se inflara como un monstruo reivindicativo al límite de la hiperestesia, Rodríguez Zapatero ofrece ahora mismo la imagen de un dirigente sobrepasado por los acontecimientos. Europa nos ningunea cerrando el grifo presupuestario, Estados Unidos nos desprecia, Marruecos nos engaña, Venezuela nos chulea y hasta Fidel Castro se permite regañar despectivamente a los pocos socialistas que tienen arrestos morales para denunciar su abotargada tiranía. La clase política catalana tensa de modo intolerable la solidaridad nacional, los amigos de los terroristas publican libros que ponen en solfa la teórica respetabilidad del partido en el Gobierno, los nacionalistas gallegos invitan a sumarse a su «nación» a los pueblos limítrofes de Asturias y León. Y en las calles asoman agricultores asfixiados por la pérdida de subvenciones, mineros y pescadores sobrepasados por la subida del combustible, educadores asustados por la crecida del caos escolar, padres preocupados por la dificultad de escoger el colegio de sus hijos, víctimas del terrorismo irritadas por el trato deferente hacia sus verdugos y hasta obispos escandalizados por innecesarias leyes que revisan el concepto nuclear de la familia y el matrimonio.
Al otro lado, parapetados detrás de sus enormes carteras que parecen demasiado grandes y pesadas para la capacidad de sus dueños, los ministros se dedican a hacer la guerra por su cuenta. Bono y Moratinos se enredan en disputas de diplomacia paralela mientras la Unión Europea espera en vano que el ministro de Exteriores, de gira por África, comparezca para defender los derechos presupuestarios de su país. Solbes azacanea para frenar los desvaríos fiscales de sus compañeras de gabinete y hasta se encuentra subordinados que diseñan por su cuenta futuros planes de pensiones. Alonso y Bono disputan por el control de la Guardia Civil. Montilla se arrastra con el trasero ardiendo por culpa de unos créditos condonados por la caja de ahorros catalana que respalda operaciones financieras que dependen de su Ministerio. San Segundo, simplemente, no está, ni siquiera cuando el presidente discute con los educadores la nueva ley de Educación que se supone que ella ha elaborado. Trujillo sume en la melancolía a quienes esperan los prometidos planes de vivienda. Y Bono -siempre Bono- se permite discrepar en público y en privado de sus colegas de equipo, y hasta se vanagloria de no formar parte de un presunto núcleo de elegidos para reconducir la crisis catalana. ¿Pero... qué está pasando aquí?
Queda, sí, el severo «Toño» Alonso al frente de unos cuerpos de seguridad que hostigan a los terroristas cumpliendo con su obligación. Queda la eficaz y estajanovista vicepresidenta Fernández de la Vega oficiando a duras penas de apagafuegos, portavoz y mujer-escoba de los desaguisados de sus compañeros. Queda el sinuoso y maquiavélico Pérez Rubalcaba, que ni siquiera es ministro, manejando como un Fouché parlamentario los hilos de la confianza del presidente en los trabajos más delicados que se derivan de los empeños a contracorriente de su jefe. Y quedan los sensatos López Aguilar y Sevilla, algo orillados por su recelo ante los desvaríos de Maragall y sus socios del tripartito reforzado por los siempre oportunistas «moderados» de Convergencia i Unió. Poca cosa, en conjunto, para la envergadura de la crisis general, y en todo caso dedicados a corregir los despropósitos y encauzar los entuertos que origina esta peculiar forma de desgobernar un país.
A estas alturas, cuando debería empezar a tomar cuerpo la agenda política, económica y social de un Gobierno que apenas lleva año y medio de ejercicio, la única esperanza del presidente Zapatero es encontrar un milagroso apaño que satisfaga equilibradamente a casi todos en el enredo catalán, soñar con que Gas Natural, Repsol y la Caixa no se arruguen ante la poderosa y numantina defensa de Endesa frente a su intento de absorción y, sobre todo, esperar a que ETA decida apiadarse de su impaciencia y ofrecerle una botella de oxígeno que los terroristas administran con perversa cicatería.
Y mientras tanto, el Gobierno se agarra a una desesperada campaña de propaganda para «vender» humo de naderías de una presunta gobernancia que los ciudadanos no encuentran por parte alguna, como reflejan con terca contumacia las encuestas: una ofensiva que se acabará convirtiendo en una máquina de insultos y descalificaciones a una oposición que se ha recompuesto en tiempo récord después de su descalabro electoral, gracias en gran medida a esta insólita exhibición de incompetencia.
Pero no le queda mucho tiempo a Zapatero para evitar que le cuaje la etiqueta que empieza a emerger del fondo de la opinión pública. La de un timonel ausente y extraviado que ha perdido la bitácora de la nave y, lo que es peor, equivocado la dirección de la aguja de marear. La de un entrenador en apuros que ha elegido mal la alineación y la táctica. La de un político sin proyecto que trata de suplir esta carencia con algo peor: un programa desquiciado que no responde a los verdaderos problemas de una nación perpleja.
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