Anda revuelto el patio con las sugerencias introducidas por los responsables del Bloque Nacionalista Gallego, en su proyecto de Estatuto de Autonomía, en el que, como sabe ya casi todo el mundo, se desliza un mensaje de reivindicación territorial (disposición final terceira: Poderán incorporarse a Galiza aqueles concellos limítrofes de características históricas, culturais, económicas e xeográficas análogas, mediante procedementos democráticos que serán regulados por lei) sobre los municipios y concejos leoneses y asturianos que tienen carácter fronterizo entre las tradiciones populares gallega, berciana y asturiana.

La ambigüedad de los doctores del Bloque

Ese mensaje introducido en la botella del proyecto estatutario de los nacionalistas gallegos es, al final, una propuesta elaborada con una deliberada ambigüedad (la ambigüedad en política siempre es deliberada, salvo cuando es torpeza), y ese mensaje no es otro que el de que llega la hora de dar pábulo a las ínfulas expansionistas que cuelgan de las mitras de los doctores del Bloque Nacionalista Gallego, que pretenden construir la gran Galiza del siglo XXI, una tierra que vive en la fantasía de estos modernos patrioteros, que son los nanoimperialistas provincianos del siglo XXI, cuyo tosco espíritu, poco tiene que ver con el galleguismo entrañable de Castelao. Perdida la vena cosmopolita, que convirtió a los gallegos en aventureros infatigables, queda la estrechez de miras de la aldea perdida en la historia del agravio, la insatisfacción y el desprecio de sí mismos, de quienes no quieren ser lo que son, sino otra cosa que nunca fueron.

Hace tiempo ya que de los sueños húmedos del galleguismo, transmutado en retórica pueblerina, brotan historias de terror, como la que se vive hoy en la ejecutoria societaria del conglomerado fabril de la cerámica de Sargadelos, que padece en estos días un peregrino episodio judicial entre sus accionistas que andan pleiteando por los juzgados de Mondoñedo, en disputa por los restos del negocio que montó Luis Seoane, de vuelta del exilio de Argentina, con Isaac Díaz Pardo, sobre los vestigios históricos y el prestigio internacional de aquellas piezas, fabricadas en las factorías de loza y porcelana de Raimundo Fernández Ibáñez, Marqués de Sargadelos, y sus herederos.

La anexión de los Oscos convertiría en gallego al Marqués de Sargadelos (que fue asturiano)

La nación asturiana de don Raimundo en Santa Eulalia de Oscos, no deja al irredento galleguismo, otro remedio que la anexión de los Oscos a Galicia, para que así, el fundador de Sargadelos pueda ser gallego, y no asturiano, porque el nacionalismo gallego del BNG, el galleguismo de Anxo Guerreiro y sus conmilitones, es la repetición de la repetición, que conviritió la tradición cosmopolita de la loza del Marqués, en la horterada que se vende ahora en las tiendas de souvernirs con el nombre de Cerámica de Sargadelos, que sirve para todo y para nada, piececitas coloristas, retorcidas y facilonas, que asimilan la descomposición cubista de Pablo Ruiz Picasso, con el toque daltónico y esquemático de Seoane y Díaz Pardo, para convertirse en piezas repetitivas, pobretonas y aburridas, que nada tienen que ver con las grandiosas vajillas de porcelana, cuyas mejores obras alcanzan las más elevadas cotizaciones en el mercado mundial de las antigüedades.

Del Sargadelos del siglo XIX, al Sargadelos que ahora es objeto de pleito en Mondoñedo, media la distancia entre la gran cultura gallega, en gallego y en español, que de Alfonso X el Sabio llevó a Rosalía, sin transición ni problema alguno, dando ejemplares tan señeros a las letras hispánicas como doña Emilia de Pardo Bazán o don Ramón del Valle Inclán, que escribieron en español, y fueron gallegos hasta la médula, sin discusión, ni duda estúpida, ni menosprecio que reseñar, para la lengua patria, popular y familiar. La ventaja que supone tener dos idiomas, uno familiar, y otro de ámbito mundial, aprovechada por cerebros literarios de calidad incomparable y gentes que viajaron, vieron mundo y tenían cabeza para albergar ideas suficientes sin estrecheces en su capacidad amueblatoria.

La herencia de Fraga llama a la puerta de Asturias

Ahora Galicia recoge la herencia absurda de Manuel Fraga Iribarne, su gallego obligatorio, su gran televisión pública, y sus escuadrones de gaiteiros. Caído Fraga, Galicia se apunta, como no podía ser de otra manera, dada la semilla lanzada en sus campos, a emular la cacofonía catalanista y euscárica hechas guerra carlista, y encima tenemos la desgracia de padecer uno de esos problemas como vecinos (como ya lo padecen los riojanos, los aragoneses, los mallorquines o los valencianos), para que la sombra alargada de sus profesionales de la política, se abata sobre las Asturias más occidentales, donde siempre se vivió sin ningún conflicto, la condición frronteriza en el ámbito de la cultura popular, en una suave transición que enlaza el hórreo y el cabazo, la teja y la pizarra, el bable y la fala, la sorna y la ironía, el pote y el caldo.

El peso de la televisión gallega y su repertorio de ínfimo nivel, las subvenciones generosamente distribuidas en empresas cuya razón de ser y existir es la propaganda galleguizante, así como la gran inversión en el impulso del gallego oficial, va a ir creando un estado de incomodidad, que difícilmente podrá ser neutralizado por las parcas instituciones asturianas que, hasta ahora, no se han dado cuenta de que esta ofensiva no es ninguna broma, sino el asalto de un peligroso engendro ideológico, que necesita objetivos expansionistas para justificarse a sí mismo, en un hacer que hacemos, por no saber coexistir con la tranquila vecindad de los pueblos que están en paz consigo mismos.