¿Es el Manuel Azaña, valedor y protagonista determinante de la aprobación del Estatuto republicano de Autonomía de Cataluña de 1932 el espejo en que se mira Zapatero hoy para tratar de sacar adelante el actual proyecto de Estatuto catalán? ¿Podemos extrapolar al momento actual lo que sucedió con el Estatuto de la etapa republicana o extraer alguna lección de lo que entonces pasó para la situación actual?

Independientemente de si tales preguntas son pertinentes o no y, si lo son, cuáles serían sus posibles respuestas, el hecho es que, al calor del debate político que se está desarrollando con motivo de la presentación y discusión en las Cortes del Proyecto de Estatuto catalán, las menciones, comentarios y análisis de la actuación de Azaña en relación con el republicano de 1932 se han multiplicado en estos últimos meses bajo la forma de conferencias, artículos y libros.

Concretamente, son ya varios las obras publicadas que recogen y analizan los discursos y escritos de Azaña sobre este asunto. Algunos de esos análisis ven en aquella actuación del político republicano un precedente positivo para la actual reforma del Estatuto catalán, mientras que otros se alinean, a la inversa, entre los que valoran la labor de Azaña, el contenido y el resultado su aplicación en la España republicana como una demostración palpable de todo lo contrario.

Dentro de las interpretaciones del segundo grupo más bien parece que hay que clasificar este libro que nos sirve de base para nuestro comentario. Es el titulado Sobre la autonomía política de Cataluña (Tecnos, 2005), de cuya selección de textos y estudio preliminar se encarga el reconocido jurista y Premio Príncipe de Asturias, Eduardo García de Enterría.

Nuestro reputado jurista ha seleccionado para este libro el discurso pronunciado por Azaña en 1930 en Barcelona como presidente del Ateneo de Madrid durante la visita que realizó en apoyo de Cataluña un grupo de intelectuales madrileños, y las principales intervenciones de Azaña en las Cortes republicanas sobre la autonomía catalana durante el proceso constituyente y en el transcurso de la discusión y aprobación por la Cámara del dictamen del Estatuto catalán. Se incluyen también varios textos suyos referidos a los problemas de la aplicación del Estatuto durante la guerra civil como son una anotación en su Cuaderno de la Pobleta y dos artículos de la serie Artículos sobre la guerra de España, escritos ya en su exilio francés.

A través de la glosa de esos discursos y escritos y del análisis de la bibliografía y otras fuentes, García de Enterría nos presenta en su introducción la evolución del pensamiento y la actitud de Azaña ante la cuestión de la autonomía catalana.

La articulación de Cataluña dentro del marco de España es para él una de las cuestiones fundamentales a las que tiene que enfrentarse el impulso modernizador de la II República. “Una de las cosas que tiene que hacer la República - responde Azaña a Miguel Maura en las Cortes Constituyentes en el debate sobre la Constitución- es resolver el problema de Cataluña , y si no lo resolvemos la República habrá fracasado, aunque viva cien años” No es extraño, pues, que su protagonismo fuese determinante en la discusión y aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña. A esa labor de moderar y encauzar dentro de la Constitución republicana, el Proyecto de Estatuto de planta federal que la Generalidad había presentado a las Cortes Constituyentes, dedicará Azaña todo su empeño y en ella comprometerá toda su inteligencia y capacidad política a través del verbo encendido de su oratoria, la más brillante de las Cortes republicanas.

Sin embargo, iniciada la guerra civil, la actuación de la Generalidad sobrepasará los límites de sus competencias en los campos militar y de la producción industrial. Azaña, como Presidente de la República, ordenará a Negrín, recién nombrado jefe de Gobierno, tomar medidas para corregir tales extralimitaciones. Lo que enemistó a don Manuel con los políticos catalanistas y le llevó a cambiar en sentido negativo su actitud ante la autonomía catalana

Así, pues, del estudio realizado por el editor de la obra se deduce que Azaña no sólo no fue un jacobino centralista, sino que hizo compatible su nacionalismo español democrático con su ideal de una forma de Estado compuesto que aunase la tradición histórica española con la razón democrática. Y ésa fue una nueva forma de estado compuesto, el estado regional, que por su impulso alumbrará la Constitución de 1931 como una alternativa a las otras formas de estado federal, confederal o centralista y dentro de la cual pretendió resolver el problema del catalanismo político.

Volvamos ahora a las preguntas iniciales de este escrito. Lo que constatamos en el contenido de este libro son, sin duda, ciertos paralelismos entre los escenarios y situaciones en que tuvo que actuar Azaña para sacar adelante el Estatuto catalán de 1932 y los que se dan hoy en el marco del proceso de discusión del proyecto que se está actualmente tramitando en la Comisión Constitucional. Pero la historia, como dijo “el innombrable”, no se repite sino es como farsa. Es difícil aceptar que el fracaso en que culminó el intento de Azaña de integrar Cataluña dentro de España, tenga que repetirse necesaria e ineluctablemente otra vez con la reforma del actual. La prueba en contrario es que, paradójicamente, fue su modelo de estado regional (del que Azaña, al menos para el caso de Cataluña, terminó renegando en su etapa final) el que cristalizó definitivamente en la Constitución de 1978.

Aquel escenario republicano era radicalmente diferente del actual. No estamos hoy en la coyuntura de un régimen político naciente en trance de una difícil consolidación, como era el caso de la II República. Tampoco aparece en el horizonte la amenaza creíble de alguna sombra de ruptura democrática, como sí ocurría entonces. La estrategia del miedo promovida por la derecha actual a través de sus casandras mediáticas alimenta, sin duda, ese ambiente de crispación política que vivimos. No sólo acusan al gobierno de crear con la reforma del Estatuto catalán un clima de implosión democrática, sino que tratan también de asustarnos con el vaticinio de la amenaza de una probable disgregación patria. Pero todo ello no deja de ser sólo eso, ruido mediático que la derecha política española trata de convertir en votos para volver al poder. Y también reflejo ideológico del añejo centralismo uniforme conservador y del nacionalismo españolista reaccionario que profesan, respectivamente, sus dos principales facciones.

No sabemos si Zapatero se ha mirado o no en el espejo de Azaña al tratar de llevar a cabo la reforma del Estatuto catalán. Pero, en ese sentido, nos parece una buena guía para abordarla, por una parte, dos de las ideas o planteamientos de Azaña en aquellas circunstancias. Y por otra, la necesidad de dejar claro lo que sí estuvo en el debate sobre el Estatuto republicano. La plena competencia de las Cortes republicanas para discutirlo y cambiar su contenido dentro de los límites constitucionales, y no solo para aprobarlo.

En cuanto a las dos ideas que nos parecen todavía hoy pertinentes, la primera se refiere a la condición necesaria que debía cumplir, según Azaña, el Estatuto. No debía establecer ningún privilegio fiscal para Cataluña. Y aquella otra que sostenía que el encaje de Cataluña en España, no era, como mantenía Ortega y Gasset, un problema irresoluble. Lo cual no era, según el intelectual republicano, sino otra “ocurrencia” del filósofo madrileño, como denominaba malévolamente el político republicano a su pensamiento. Esto es: un falso problema que era la expresión de una concepción mítica de una historia dramática de España, cuya única solución sólo podía ser, según Ortega, el de conllevarlo. Para Azaña, al contrario, era un problema político real y concreto de la historia española del momento y al que había que encontrarle una solución. “La solución que encontremos- decía el político alcalaíno en su decisiva y más brillante intervención en las Cortes con motivo de la aprobación del Estatuto-, ¿va a ser para siempre? Pues, ¡quién lo sabe!. Siempre, es una palabra que no tiene valor en la historia y por consiguiente que no tiene valor en política”.

La otra enseñanza a la que me refería que podemos extraer para hoy del debate del Estatuto republicano es la siguiente. En aquella circunstancia, los partidos catalanistas pretendieron que el proyecto de Estatuto que presentaron a las Cortes Constituyentes fuese admitido tal cual, sin el más mínimo cambio ni retoque. Lo que no consiguieron. El catalanismo político terminó aceptando la competencia de las Cortes para adaptarlo a los límites constitucionales y acató sus decisiones.

De la misma manera hoy los partidos catalanistas, que han enviado su proyecto de Estatuto a las Cortes Generales para establecer su constitucionalidad, deben reconocer, no sólo por legalidad, sino también por coherencia, los posibles límites constitucionales de sus demandas y aceptar las decisiones finales que las Cortes soberanas establezcan al respecto.

Otra cosa es el legítimo derecho de Cataluña a buscar su independencia y “si algún día dominara en ella otra voluntad y resolviera ella remar sola en su navío, sería justo el permitírselo”, como, en 1930, dijo Azaña Aunque ya no fuera ésa su opinión a partir de la guerra civil y hasta el final de sus días.