Anteayer el Papa se caló un tricornio, en vísperas del 40 aniversario de la clausura del Vaticano II. El entonces Papa, Pablo VI, no se hubiera puesto un tricornio en la cabeza ni de coña. Detestaba el franquismo y sabía muy bien lo que un tricornio significaba en ese momento. También lo sabía el joven Ratzinger, uno de los inspiradores de aquel concilio que, con las debidas excepciones, contó con el rechazo de la jerarquía nacionalcatólica española.Hoy Benedicto XVI parece estar más cerca de los descendientes del inmovilismo ultraconservador que de los cabos sueltos que quedan de aquella renovación progresista, mientras que el tricornio, a Dios gracias, no es sino un atavismo indumentario de una policía cumplidora de las reglas democráticas. Todo ha cambiado mucho.
Ayer, hace 20 años, mataron a John Lennon en Nueva York, y hace 40 los Beatles arrasaban con Help y los Rolling con Satisfaction.Los muchachos españoles de entonces se dejaban el pelo largo, aunque no mucho, y sus padres les decían que parecían mariquitas y que eran unos asquerosos melenudos. Había, sí, un conflicto generacional, de hondo calado político e ideológico, y el rock y el pop contribuían a cambios decisivos de mentalidad y de costumbres, cambios que han traído acuerdos básicos y planteamientos comunes entre los padres e hijos de hoy, excepción hecha de la hora en la que volver del botellón inacabable.
Hace cuarenta y menos años, los jóvenes bullían en el mundo -hoy aquí, mañana allá- pugnando por romper el cemento que cuajó tras el horror de la II Guerra Mundial y el miedo de la Guerra Fría.La década de los 60, aquella década prodigiosa, trajo las protestas estudiantiles, la lucha por los derechos civiles y el rechazo de la guerra de Vietnam en los campus y en las contagiosas calles de los Estados Unidos. Los jóvenes disidentes pugnaban por quebrar en Praga y en más sitios el granito de las dictaduras comunistas.Fueron los años de la contracultura en la Costa Oeste y de los adoquines de mayo en París. La música trajo el pacifismo, la ilusión de las drogas y del amor libre. Florecieron las comunas, las formas de vida y de organización alternativas, y se alzó la canción, y el cine, y el teatro de protesta y de denuncia.
¿Qué queda de todo aquello? Queda bastante, porque las corrientes de cambio impregnaron la vida cotidiana de la gente. El cambio tuvo la paradoja de integrarse tanto en los nuevos usos que desapareció como fuerza distinguible. El sida y las calaveras del caballo y de los narcos fueron imprevistas resacas dolorosas de las noches de vino y flores. El sistema decidió que ya había habido un reparto suficiente de libertades personales y de conquistas colectivas.Hoy hay más democracia que entonces, es verdad, pero el triunfo del mercado y del consumo, unidos diabólicamente a la inseguridad económica y al pánico al desempleo, han echado el cerrojo al espíritu del cambio. Sobran nuevos motivos para el surgimiento de otra generación revoltosa, pero, de momento, prima el instinto de conservación frente al afán de ruptura. Por poco tiempo, creo.

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