Sabemos hace muchos tiempos que más moderna que el Parlamento es la calle. Con lo que no quiero decir que el Parlamento no tenga razón organizativa de ser, sino que la opinión y el temple de la calle suelen ir por delante del Parlamento porque los políticos, a poco que suban (es uno de sus males), se olvidan de esa calle que dicen representar y defender.
Viene esto a cuento de la tan traída y llevada crispación que sacude la vida política española, dividida (otra vez) en dos bandos se diría que irreconciliables. La derecha y la Iglesia católica, que hacen continuas protestas de modernidad, pero que representan la España vieja --ya vieja en el siglo XVIII--. Y la dividida y plural izquierda, que sin duda es la España más moderna pero que no termina de encontrar un cauce común y ancho, con lo que da vuelo a esa derecha rancia que puede invocar (sin mentarlo, más faltaría) lo que Franco, tan antintelectual, llamó "nuestros demonios familiares".
La crispación actual es espantable en muchos medios de comunicación y en la radio del obispado. Si uno lee ciertos artículos u oye ciertos partes podrá creer lícitamente (como ya lo cree alguna gente mayor) que estamos a un paso del Alzamiento Nacional, aunque haya tantas circunstancias distintas. Ver que en un copetín, el Día de la Constitución, Mariano Rajoy y el presidente Zapatero ni siquiera se dan la mano (pues hacen por no verse) ni es tranquilizador, ni correcto, ni elegante. Pero si uno sale a la calle, un día cualquiera, en Barcelona, en Madrid o en Lugo, no verá nada parecido; la calle (los bares, mercados, los lugares de asueto) están tranquilos y la gente --el común-- no está en absoluto crispada. Su problema son los precios y el colegio de los niños, no el Estatut, ni en Madrid ni en Catalunya. Afortunadamente la gente no está crispada (salvo la sólita minoría), porque valora la libertad y la paz por encima del Estado mismo.
Pero ciertamente sería un gravísimo problema, un problema tremendo, que la crispación existente en la clase política (más en la derecha, por supuesto) llegara a la calle, porque entonces sí que estaríamos en vísperas de alguna catástrofe.
¿Son malos entonces los políticos de ahora? O aún peor: ¿tratan de que salte la calle por la presión, muy cainita y muy fea, de sus propios odios? Porque uno ve --por cegatón que sea-- que políticos hay que no es que hagan oposición (para ello están) sino que se detestan personalmente hasta el chirriar de dientes.
La derecha de la segunda república vio en Manuel Azaña el chivo expiatorio de la deslealtad a España, y eso mismo está empezando a ver la derecha actual en José Luis Rodríguez Zapatero, que no tiene el peso intelectual de Azaña.
PERO ES CIERTO, ni los Legionarios de Cristo (facción en la que dicen milita Ana Botella) ni las juventudes de Esquerra, que insultan a quienes no piensan como ellos, representan más que una minoría. Si los políticos fueran sensatos (que a menudo no lo parecen), tendrían que minimizar sus facciones ultras y favorecer la templanza. ¿Disensión? Evidentemente, pero en la concordia. El anticatalanismo que se pregona yo no lo veo en las calles de Madrid, como no veo antiespañolismo (aunque sí más nacionalismo) en las de Barcelona. Son los políticos los que alientan a que se arranquen hojas de la Constitución y son ellos los que podrían alentar que se quemaran senyeres. Tanto da.
No, esto sólo sale de una minoría ciudadana (y sólo de una minoría) si se siente respaldada por una determinada clase política. Digámoslo claramente: la culpa de la crispación está mucho más en los políticos (en unos más que en otros) que en los ciudadanos.
¿Y qué me dice del cava? Pues que si se consume menos cava no es por anticatalanismo sino por esnobismo. Antes de que existiera el rigor de la denominación de origen, las botellas de champán español (catalán) tenían un mínimo membrete que decía Méthode Champenoise. Cuando hubo de quitarse esa etiqueta (muy pequeña), la gente empezó a diferenciar entre champán español --cava catalán-- y champagne francés, algo más barato ahora. Nuestra alta burguesía es más rica y el champagne más barato: ¡no me diga más, una cena con cava nunca es tan chic como con champagne! Así de simple es todo. Así de esnob.
Pero los políticos prefieren sacar réditos al anticatalanismo del consumir menos espumoso nacional. Como los de enfrente sacan réditos a cualquier metedura de pata de Carod-Rovira, que las tiene. Él sí es antiespañol, no la mayoría de los catalanes. Como son anticatalanes los que se irritan si oyen hablar catalán. Pero ¿no estamos hablando, por fortuna, de dos grupos minoritarios?
LO IMPORTANTE es que la irritación política (que existe) no se convierta en irritación popular (que aún no existe). ¿La fórmula? En verdad no parece tan complicada y casi siempre es la misma: respeto y moderación. Mi sentir es que la mayoría quiere una Catalunya española, que no es lo mismo que una Catalunya españolizada u homogeneizada. La Catalunya que se vive ahora, y que un nuevo Estatut puede mejorar, para todos. Si se pierden la tranquilidad y el respeto generales, e incluso si se deja que España vuelva a ser un feudo exclusivo de la derecha más montaraz, nos va a ir mal a todos, españoles y antiespañoles, catalanes y anticatalanes, a todos.
¿Paciencia y barajar? Pero aún mejor moderación y equilibrio. Y empezar con firmeza a exigir a nuestros políticos mejor y antes de que ellos nos exijan a nosotros. La crispación actual es básicamente política (de políticos) y se les debe exigir a ellos que la concluyan, para que luego no traten de preguntar --atónitos-- quién tiró la piedra o prendió la llama. Y tristísimamente a estas alturas de la Historia, entre los políticos hay que poner todavía al clero cerril de nuestra Iglesia católica.

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