La prensa norteamericana como base de la mejor literatura, de David Torres en El Mundo
Desde el periodismo se han escrito algunas de las mejores páginas de la literatura estadounidense. Gracias a las peculiaridades de la prensa norteamericana, unos cuantos reportajes sobrevivieron a su condición caducifolia para convertirse en testimonios vivos de una época. Algunos (Gente del abismo, La izquierda exquisita o Los ejércitos de la noche) transcienden su función periodística y desde las primeras frases logran transmitir al lector la savia compleja y visceral de la ficción, el poder escalofriante de una gran novela.
A sangre fría (el cristalino reportaje de casi 500 páginas con el que Truman Capote describió el asesinato de una familia en el oeste de Kansas y la posterior ejecución de los asesinos) no sólo revolucionó las formas narrativas tradicionales, borrando las fronteras entre géneros, sino que se ha alzado por derecho propio como uno de los libros fundamentales del siglo XX.
La historia viene de lejos. En 1862, después de que su hermano fuese gravemente herido en la batalla de Fredericksburg, Walt Whitman acudió al campo de batalla para cuidarle. En el frente, donde empezó a ejercer labores de enfermero, Whitman escribió sus Memoranda during the war, dando inicio a una larga y fructífera tradición de reporteros bélicos, una lista gloriosa que incluye nada menos que a London y Hemingway, y que, de la mano de Michael Herr, corresponsal en Vietnam, produjo Despachos de guerra, uno de los reportajes más devastadores jamás escritos sobre la condición humana.
A finales del XIX, Mark Twain y Ambrose Bierce lanzaban sus dardos envenenados en diversos diarios de la prensa norteamericana.Mark Twain -el pseudónimo con el que firmaba en un periódico de Nevada- consiguió la fama gracias a un relato (La célebre rana saltarina del condado de Calaveras) en el que apenas retocó una historia que había oído contar en las minas de oro de California.Bierce derramó su genio en el Diccionario del diablo, un monumento al cinismo que se fue construyendo página a página en el semanario Wasp.
Revistas como Squire, The New Yorker o Playboy albergaron verdaderas joyas del periodismo. En la segunda de ellas, publicó Joseph Mitchell una serie de pinturas callejeras del natural que, tras su muerte, en 1996, darían forma a El secreto de Joe Gould, perfil imperecedero de un vagabundo y de la América profunda. Esa mirada continua a la realidad ha insuflado vida a las mejores páginas de Tom Wolfe, a los célebres retratos de Capote en Música para camaleones, a los deliciosos ensayos de Vidal y a las feroces diatribas donde Norman Mailer arremete contra todo y contra todos.
