NO es de extrañar que el vicepresidente segundo y ministro de Economía, Solbes, no haya dicho una palabra sobre lo que España se juega estos días en el proyecto de Presupuesto de la UE para 2007-2013. Porque más vale no entrar en números y llevarse un revolcón. Su futuro político puede estar más cerca de un retorno a Bruselas, cuando Zapatero haga su primera remodelación del Gobierno, y no le conviene hacerse enemigos ni fuera ni dentro si a lo que aspira es a ser el futuro gobernador del Banco de España, cuando Caruana acabe su mandato en agosto de 2006.

Tampoco resulta tan raro que el ministro de Exteriores, Moratinos, esté en África polemizando con Bono en los periódicos porque un fracaso en las negociaciones de Bruselas resultaría más deslucido para su carrera diplomática que una polémica con el viento de cara por un quítame allá esas armas. Lo sorprendente es que hayan tenido que salir a la palestra el presidente del Gobierno, para decir que rechazará el proyecto de Blair si elimina los fondos que recibe España, y el secretario de Estado de Comunicación, para insinuar que las dificultades se agravan porque algunos países adoptaron en el pasado mecanismos diversos para blindarse ante la ampliación, y España no lo hizo. Así que no aprovechó la ocasión para practicar ese deporte típicamente hispano de «a moro muerto gran lanzada». Es decir, culpar a Aznar de haber preferido desde 1999 apuntarse el tanto político de que España consiguiera en Niza pasar de 8 votos a 27 como cuota decisoria en el nuevo sistema de voto ponderado, quedando sobrerrepresentada en relación con Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, en lugar de insistir en lograr unos fondos dífícilmente sostenibles desde 2007, cuando España iba a llegar a 2004 tras recibir de la UE más de 80.000 millones de euros desde 1984, la mitad de lo que Alemania aportó en ese periodo.