La vida transita por un territorio incierto cuyos límites se sitúan entre la felicidad y el desastre. Ninguno de tales estados es permanente. Lamentablemente, desde la felicidad puede caerse en la desgracia. Pocas veces es posible recorrer el camino inverso.
Tengo en mente los atentados terroristas que han tenido lugar en los pocos años que lleva el siglo, y cuando pienso en las víctimas que se encontraban en las torres gemelas de Nueva York en el momento del asesinato masivo, o en los muertos de los trenes bombardeados en Atocha, intento ponerme en el lugar de los deudos y en su pensamiento. Ojalá ese día él o ella no hubiera acudido al trabajo, habrán pensado algunos. Ojalá hubiera perdido el tren. ¿Qué hubiese pasado si en lugar de haber hecho esto hubiera hecho aquello? ¿Cómo se hubiera comportado el destino si apenas dos minutos antes; un minuto; veinte segundos, él o ella hubiese estado en otro lugar? Es que al parecer, y contradiciendo a Einstein, Dios sí juega a los dados. Se diría que Dios juega una constante partida de dados diabólicos. Es más, con frecuencia brota la sospecha de que Dios en verdad es el demonio y ni siquiera hace falta que tiente a Satanás para que hiera a Job: Él se las arregla bastante bien trabajando solo.
¿Y el Tsunami? ¿Dormía profundamente el Todopoderoso aquél domingo 26 de diciembre de 2004 cuando un terremoto parió la gran ola que se llevó las vidas de 150.000 seres humanos? ¿Hubo cambio de guardia? ¿Fue Satanás quien tomó el relevo?
Dos minutos, un minuto, un corto lapso de tiempo es el que a veces establece la diferencia entre la vida y la muerte.
A principios del pasado mes, en Tarragona, una explosión de gas segó la vida de una mujer y sus tres hijos. Hubo otro muerto, el hombre en cuyo domicilio se produjo la deflagración. Se sospecha que se trató de un suicidio, y tal vez nunca se sepa si en realidad lo fue. Pero en caso de que fuese cierto cabe la reflexión de que hay suicidios inmorales. En un artículo anterior me referí a los suicidas, y dejo constancia de que a priori no tengo nada a favor o en contra de dicho acto, pero creo en el principio moral de que quien lo ejecuta debe hacerlo sin perjudicar a otros.El padre de familia se libró de la muerte por la distancia de unos metros. Es, sin duda, el más desafortunado. Quizá ahora esté maldiciendo esos pocos metros, esos pocos minutos. ¿Qué hubiera pasado si a esa hora ninguno de nosotros hubiera estado en la casa?
A finales del pasado mes, en Casteldefells, unos asesinos desquiciados le arrebataron la vida a una pareja de joyeros y a su hijo. No puedo dejar de imaginar a las víctimas esa misma mañana, en la cocina a la hora del desayuno, untando el pan con tomate y bebiendo el café. ¿Cómo podían haber presagiado que poco después el destino se torcería de un minuto al otro? ¿Acaso cae repentinamente la nieve en una soleada tarde de verano?
¿Juega Dios a los dados con el diablo? ¿Se divierte haciéndolo?
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