El 8 de diciembre de 1965, los ojos del mundo miraban hacia la plaza de San Pedro del Vaticano. Allí, el papa Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos que los historiadores recordarán entre los principales del siglo XX. Todo había empezado por sorpresa en 1959. El papa Juan XXIII, un hombre anciano, elegido para ser un pontífice de transición, sin demasiado relieve, había decidido que el catolicismo necesitaba salir de su inmovilismo trasnochado y experimentar un aggiornamento, una puesta al día. Esta profunda regeneración interior tenía que permitir descubrir cuáles eran los puntos fundamentales del cristianismo que había que presentar de forma renovada y separarlos de los elementos superfluos que la historia había ido adheriendo al cuerpo del mensaje evangélico. No se le ocurrió mejor idea de hacerlo que reuniendo en el Vaticano a los más de 2.000 obispos de todo el mundo.
La curia vaticana se asustó. Durante la primera mitad del siglo XX, Roma había controlado férreamente todo el catolicismo y sancionaba duramente a los cristianos que proponían innovaciones para adaptarse a la modernidad y a los teólogos que se atrevían a disentir del magisterio oficial. Pero Juan XXIII quería un concilio que replanteara lo que debía ser la Iglesia y lo que debían ser sus relaciones con la sociedad. En el discurso de apertura del concilio, en 1962, el Papa presentó el programa de una nueva forma católica de entender el mundo. Según Juan XXIII, había que estar atentos a los nuevos signos del tiempo, contrarrestar a los que "ven en los tiempos modernos sólo prevaricación y ruina", no confiar más en los "profetas de desgracias, que anuncian siempre acontecimientos funestos".
ASÍ SE ABRIÓ una dinámica nueva, en la que teólogos y obispos de todas partes discutían abiertamente sobre los aspectos clave del cristianismo contemporáneo y elaboraban documentos que todavía hoy, 40 años más tarde, no han perdido actualidad. Todo el mundo, y no sólo los católicos, seguía con atención esa inusitada evolución. El Concilio Vaticano II, continuado tras la muerte de Juan XXIII bajo el impulso de Pablo VI, supuso un cambio radical en la Iglesia, un auténtico punto de inflexión. Doctrinas recusadas durante siglos y dimensiones de la vida cristiana hasta entonces poco atendidas, ahora eran aceptadas como plenamente católicas: la tolerancia religiosa y la libertad de conciencia, el arraigo del cristiano a la Biblia, el ecumenismo, la consideración afectuosa hacia los judíos, la valoración positiva de la autonomía del laicado, los nuevos métodos de investigación teológica... Un símbolo representa la magnitud del cambio: la misa deja de hacerse en latín y de espaldas a los fieles.
¿Qué queda hoy del Concilio Vaticano II? Es indudable que la Iglesia católica no tendría su fisonomía actual sin este acontecimiento, que introdujo cambios irreversibles en el catolicismo. Pero en ciertos aspectos, el largo pontificado de Juan Pablo II, con su fuerte retorno al centralismo vaticano, supuso una regresión y ha puesto en peligro algunas de las conquistas doctrinales y disciplinares que se consideraban admitidas tras el concilio.
Existe, entre los sectores conservadores, una forma sutil de infravalorar los resultados del Vaticano II: los obispos, dicen, no hicieron aportaciones doctrinales sino que se limitaron a reformular la presentación de la Iglesia, como si sólo se hubiera tratado de una operación cosmética. No se entienden así la profundidad y las implicaciones del cambio de paradigma y el estilo de vida que supuso el Vaticano II. Otros, más conservadores aún, no dudan en atribuir al concilio toda una serie de supuestas consecuencias nefastas: la secularización, la crisis de vocaciones, experimentos litúrgicos, una pretendida confusión doctrinal... rasgos que no son sino la manifestación de un pluralismo enriquecedor. Los "profetas de desgracias" que denunciaba Juan XXIII siguen entre nosotros.
LO QUE SÍ queda claro es lo que se ha perdido 40 años después del Vaticano II. La atmósfera de esperanza y entusiasmo, la conciencia de aceleración histórica, el empuje para transformar la Iglesia, la aceptación de que formas alternativas de vivir el catolicismo son posibles, la mirada optimista sobre la evolución del mundo y del cristianismo, la simpatía hacia los avances de la modernidad, la convicción de que los anhelos y las expectativas de millones de creyentes pueden ser satisfechos. En muchos grupos cristianos, el desencanto ha sustituido al espíritu del concilio.
Al ver hoy a la jerarquía de la Iglesia católica española más preocupada por su financiación o por la titularidad de los medios de comunicación que por establecer el diálogo comprensivo y respetuoso con la sociedad que quería el Concilio Vaticano II, podemos preguntarnos si la Iglesia que tenemos no está aún muy lejana de la que soñó Juan XXIII.
IGNASI Fernández Terricabras. Profesor de Historia de la UAB.

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