Cuando a los nueve años el neozelandés Peter Jackson, director de El señor de los anillos, vio la primera versión de King Kong, supo que un día haría su propia versión de la película. Dicho y hecho. El King Kong del siglo XXI se estrenará en las vísperas de Navidad. Se han gastado 200 millones de dólares para dar un poco de voluptuosidad y pavor a los millones de ciudadanos consumidores y votantes que no han superado el miedo a la oscuridad de sus infancias, su inocencia ante el poder. El cine ha seguido colmando nuestra apasionada necesidad de pavor. Primero fueron los griegos, con sus cíclopes de un solo ojo; después, la Biblia con sus dragones de fuego; por último, Hollywood con sus Hannibal Lecter, sus feos, sus malos, sus buenos, sus rufianes.
Cada Administración necesita su monstruo; la de Bush creó a Sadam Husein, una vez que Bin Laden se convirtió en Mahoma. Debía justificar sus propios asesinatos en serie y las andanzas de sus torturadores itinerantes; la Administración de Zapatero ideó al pequeño villano Aznar porque tuvo que pactar con monstruos menores; no me negarán que al lado de Husein, Bin Laden o King Kong, Carod y Otegi son graciosos titis.

Dentro de unos días veremos otra vez al gorila gatear por el Empire State loco de amor por la mujer dorada. No fueron los aviones los que lo aniquilaron: fue la belleza la que mató a la bestia. El gorila se volvió loco por el flujo vaginal de la rubia de oro. Hollywood convirtió la lujuria en ternura.

Brecht anunció que de Nueva York sólo quedará un día el viento que circulará impetuosamente por las ruinas de los rascacielos.Los poetas son profetas, pero ya era sabido que el hombre está destinado a ser polvo cósmico. También sospechábamos que la realidad imita al arte y ya tenemos la seguridad: la Historia imita al cine. Tantas veces hemos visto días de la independencia donde los enemigos de la libertad atacaban Nueva York y destruían sus rascacielos que, al final, se derrumbaron de verdad las Torres Gemelas. Fue el 11 de Septiembre y el enemigo no era un gorila de la isla Calavera ni un extraterrestre ni Fidel Castro sino Osama bin Laden, que está organizando sentado en la piedra negra de La Meca la decisiva invasión.

Hollywood más que la fábrica de sueños fue la fábrica de pesadillas; ideó la constante invasión de gorilas o marcianos al servicio de los intereses vitales de Estados Unidos. Los apaches, la bomba de hidrógeno, la mafia, los yetis, los comunistas, los extraterrestres, los meteoritos responden a la necesidad que siente Estados Unidos de tener un enemigo útil para justificar invasiones. Los cineastas americanos quemaron los decorados del King Kong de 1933 para simular el incendio de Lo que el viento se llevó.

Una leyenda quema a la otra, un malo sucede a otro y el verdadero monstruo sigue siendo Leviatán.