Se llama estereotipos a las imágenes tópicas que nos hacemos de los miembros de otros grupos. Existen imágenes estereotipadas de los sexos y de las edades y de las profesiones... y existen por supuesto imágenes estereotipadas de los grupos étnicos o nacionales. En cierta medida el estereotipo es inevitable. ¿Qué entendemos cuando decimos de alguien que es chino?
En el mundo hay cerca de mil millones de chinos y cada uno es distinto, pero es evidente que no los conocemos a todos, ni tan sólo a un pequeño número; nuestra idea de lo que es un chino es un pósito de informaciones recibidas por distintos caminos, lecturas, imágenes fotográficas, hasta cristalizar en una imagen simplificada.
Por supuesto, los estereotipos no surgen al azar; siempre es posible señalar algún motivo en el que se apoyan, lo que explica su aceptación y su perduración y también el que cambien con el tiempo. En el siglo XVII la imagen tópica del alemán era glotón y borracho. Luego, en el siglo XIX, con la difusión del romanticismo, Alemania era el país de Werther, poblado de músicos y de poetas o de sabios y filósofos. Y es sólo a partir de Guillermo II cuando se convierte el país de la disciplina prusiana.
Abundan las historietas y los chascarrillos que ilustran las imágenes tópicas que tenemos de los habitantes de cada país, y algunas de estas imágenes se han mantenido a lo largo de siglos mientras otras han variado rotundamente. Es curioso recordar que cuando para los europeos los alemanes eran glotones y borrachos, los suecos eran los guerreros disciplinados.
En la misma época también España era vista, desde fuera y desde dentro, con una imagen tópica en la que se ha conjugaban el orgullo y la dignidad con la miseria y la ignorancia. Pero existían además imágenes tópicas de los distintos territorios que englobaba la monarquía. Para limitarnos a un solo ejemplo pero muy significativo podemos acudir a El Criticón, de Baltasar Gracián, publicado en 1651. En la crisis cuarta de la primera parte pasa revista a distintas ciudades en las que podría establecerse: Sevilla, "donde se habla mucho y se hace poco"; Zaragoza, de la que le atraía "la grandeza de los corazones y espantábale aquel proseguir en la primera necedad"; León y Burgos, "más miseria que pobreza". Pamplona "con más de corta que de corte" y a Barcelona "no la juzgó segura porque siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro". Yen la tercera parte ofrece una enumeración similar aunque todavía más escueta: "De un sencillo, vizcaíno, de un altivo, castellano, de un cuitado, gallego, de un bárbaro, catalán, de un poca cosa, valenciano, de un alborotador, mallorquín...".
Como es fácil advertir, algunos de estos estereotipos, de los que la literatura clásica española ofrece otros muchos ejemplos, han seguido vivos, con mayor o menor fuerza, prácticamente hasta nuestros días. Con dos excepciones clamorosas, la de calificar a los vascos de sencillos y a los catalanes de bárbaros.
En toda la literatura clásica española el estereotipo del catalán es muy consistente; se les califica de valerosos hasta la exageración, de leales con sus amigos pero vengativos y de celosos de su independencia. En el trasfondo de este estereotipo están la venganza de los almogávares en Grecia, las revueltas campesinas y el bandolerismo que tan vivo se muestra en El Quijote.
A lo largo del siglo XVIII, este estereotipo tiende a sustituirse por la laboriosidad, "los catalanes, de las piedras sacan panes", y a finales del siglo XIX, a medida que se consolida la industrialización, el estereotipo da un nuevo cambio, la imagen tópica del catalán es ahora el viajante de comercio, preocupado solo por el negoci y dispuesto a cualquier componenda y a cualquier humillación con tal de salvar la pela. A esta imagen, claramente despectiva, se añaden como rasgos positivos la afición a sus tradiciones, algo que raya en el sentimentalismo y la sensibilidad estética. "Levantinos, os ahoga la estética", sentenció Unamuno. Respecto al País Vasco, la industrialización y el nacionalismo también dan un vuelco a la imagen, y de simples pasan a ser audaces, fuertes, obstinados...
Aunque no existen estudios sistemáticos actuales sobre el tema de los estereotipos y su variación, en los años sesenta algunos aficionados a la psicología hicimos unas encuestas sobre los estereotipos regionales y sobre las simpatías que inspiraban, y los resultados, que no publicamos, ofrecían datos curiosos. El carácter colectivo que más simpatías despertaba en el conjunto de España era el andaluz. El vasco también despertaba una simpatía relativamente alta, mientras que el penúltimo lugar en la escala de simpatía lo ocupaba el catalán y el último el valenciano. Teniendo en cuenta que al hacer la encuesta el nacionalismo vasco ya se manifestaba con mucha fuerza y que habían empezado los atentados de ETA, la distinta valoración del carácter vasco y catalán resultaba a primera vista sorprendente. La explicación que propuse es que la imagen tópica del vasco es algo así como la exageración de la imagen tópica del español, en la línea del sostenella y no enmendalla, muy ligada a su vez con el estereotipo de la virilidad. En cambio, los rasgos positivos del estereotipo del carácter catalán -el sentido práctico, el gusto por el pacto y el acuerdo, el esteticismo o la afectividad- resultan menos atractivos para la imagen que el español medio se hacía de sí mismo.
Han pasado treinta años y no parece que los estereotipos hayan cambiado; más bien parece que en días de crispación todavía se exageran. De manera que quizás habrá que hacer de la necesidad virtud y demostrar que efectivamente somos muy amantes de nuestras tradiciones y tendemos al sentimentalismo, pero que tenemos sentido práctico y capacidad negociadora suficiente para que acabe imponiéndose el sentido común.
MIQUEL SIGUAN, catedrático emérito de la Universitat de Barcelona.

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