El 8 de diciembre de 1965, se clausuró en Roma el Concilio Vaticano II (1962-1965). Juan XXIII, había sorprendido al mundo y a la misma Iglesia con su convocatoria el 25 de enero de 1959. Aquel profético Papa propuso este Concilio para un aggiornamento ­puesta al día­ eclesial. Su audaz convocatoria conciliar reunió en la basílica de San Pedro a más de 2.500 obispos del mundo entero. Numerosos peritos ­canonistas, exégetas, teólogos, algunos de éstos hasta entonces bajo sospecha y censura eclesiásticas­ colaboraron en la asamblea más universal y abierta de la historia de la Iglesia, cubierta por un amplio despliegue mediático. Observadores de todas las confesiones y religiones siguieron con atención y esperanza las prolongadas sesiones del Concilio.
No resultó fácil su tarea inicial. Había que superar las presiones para reducirlo a una continuación del conservador Concilio Vaticano I (1869-70), inconcluso a causa de la guerra franco-alemana. Con dificultades y resistencias, fue calando en los padres conciliares el deseo de una profunda renovación. La constitución dogmática sobre la Iglesia y, sobre todo, la constitución pastoral, con la que concluyó el concilio, crearon esperanzadas expectativas de una nueva época eclesial. Si hasta tiempos no muy lejanos la Iglesia había mantenido posturas de superioridad y de docencia imposi- tiva, el Vaticano II inició un cambio «copernicano» en sus relaciones con las realidades terrenas, con las culturas y el pensamiento moderno, reconociendo sus propias leyes y valores, su consistencia, verdad y bondad propias, sus signos de los tiempos. Declaraba su «solidaridad, respeto, amor y diálogo» con la humanidad a la que ofrecía su «sincera colaboración», afirmando «cuanto de bueno se halla en el dinamismo social», así como los «beneficios recibidos de la evolución histórica del género humano». Advirtió también sobre las «falsas autonomías terrenas» y su deformación por el pecado de soberbia y egoísmo que destruyen la fraternidad provocando «discriminaciones en los derechos fundamentales de las personas» y desigualdades escandalosas económicas o sociales, contrarias a la dignidad humana y a la paz internacional.

La renovación eclesial del Vaticano II no encontró terreno fácil para su aplicación. Pronto resurgieron las posturas involutivas y, a la primera etapa de entusiasmo, siguió otra de freno de las reformas conciliares, por parte de las tendencias conservadoras lideradas por la curia vaticana que pedían una «restauración eclesial». Ante este giro eclesiástico, H. Küng llegó a hablar de «traición al concilio» a causa de la imposición del «autoritario fundamentalismo católico», donde entre otras consignas y líneas se oían voces que lamentaban y denunciaban la apertura al mundo moderno, se restringían los derechos humanos en la Iglesia y se olvidaba la praxis de misericordia. X. Pikaza denuncia- ba «el organigrama jerárquico de la iglesia actual, más propio de una sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús». J. M. Velasco proponía superar las respuestas «intransigentistas» de la Iglesia en una «recomposición del creer», en una «reconversión de las instituciones» eclesiales superando la «rendición y atrincheramiento cognitivosŠ o reformas superficiales». La Iglesia se retiraba a los «cuar- teles de invierno», en expresión de K. Rahner, huyendo de la primavera conciliar.

Hoy, a los cuarenta años de aquel Concilio, su intención reformadora ha cedido ante un modelo institucional que recuerda la eclesiología anterior. La Iglesia sigue identificada ante la opinión pública con la jerarquía y su imagen actual refleja más la de una institución vertical que la de una comunidad y pueblo de Dios, como propuso el Vaticano II. La seguridad conservadora ha prevalecido y se oculta el Es- píritu que empuja y anima a la Iglesia para dar testimonio del evangelio con audacia y realizar el reino de Dios como novedad de liberación y salvación para un mundo agónico.

Ante esta situación neoconservadora se abre camino una «Iniciativa Internacional a favor de un nuevo Concilio», promovida por numerosos cristianos, también por algunos obispos. En continuidad con el espíritu del Vaticano II, desean responder evangélicamente, en diálogo fraterno y con la mayor colaboración posible con las demás iglesias cristianas y las otras religiones, a los graves desafíos de la humanidad, en particular de los pobres.

En unos tiempos de violentos y frecuentes atropellos contra lo humano donde personas, pueblos, culturas y movimientos sociales son tan sensibles ante todo lo que sea o aparezca como inhumano, ya no le está permitido a la Iglesia lo que parecía normal durante siglos. La gente ya no tolera la más mínima agresión a la plural sensibilidad y dignidad humanas y menos aún en nombre de cualquier religión. La fe en un Dios humanizado debe testimoniarse también en la humanización de la misma Iglesia, de sus instituciones y personas, de su moral y su espiritualidad, en su presencia comprometida y arriesgada en la búsqueda de la justicia en la sociedad y en sus relaciones críticas con los poderes que deshumanizan la convivencia humana.

El concilio Vaticano II presentó una Iglesia cercana, dialogante y servidora, atenta desde los signos de los tiempos a las aspiraciones más profundas de la humanidad, dispuesta a compartir sufrimientos y cami- nos liberadores para ir realizando el reino de Dios. Pero aún la Iglesia actual dista mucho de ser la Iglesia del Vaticano II. Los 40 años transcurridos desde su prometedora clausura no han realizado sus profecías renovadoras, muchas de sus promesas e intenciones ha quedado olvidadas y, bastantes, relegadas en un dominante restauracionismo.

A Bendicto XVI ­que ha declarado su intención de fidelidad y continuidad al Vaticano II­ se le plantean urgentes desafíos para recu- perar la credibilidad en las promesas conciliares. Es necesario asumir en la Iglesia un nuevo estilo de gobierno, descentralizado, comunicativo y colaborador, capaz de responder a la búsqueda de sentido en una sociedad desencantada donde, desde el respeto a la persona humana, se proponga una ética cristiana y, en especial, en la cuestión antropológica de la moral sexual. Es evidente que la piedra de toque de una Iglesia creíble está en el servicio a los pobres y a la paz desde la justicia con personas y pueblos, en estrecha colabora- ción interreligiosa para buscar una acción liberadora en un mundo globalizado por los intereses neoliberales. Por supuesto, dentro de la Iglesia deberán transformarse sus relaciones para ser un auténtico lugar de comunicación y comunión donde también la mujer ­lo femenino­ ayude a descubrir el rostro de Dios, Padre y Madre, en una institución sin discriminaciones.

Queda un largo trecho por recorrer en la organización interna de la Iglesia y en su servicio al mundo de hoy para conseguir ver realizadas las intenciones y objetivos del Concilio Vaticano II en su 40 aniversario, para actualizar sus promesas y mostrar una imagen convincente, comprometida y servidora de las mujeres y hombres de nuestro mundo, en especial de las personas y pueblos más pobres y marginados.

Félix Placer Ugarte - Profesor en la Facultad de Teología de Gasteiz.