Francesc-Marc Álvaro contrapunta en su último - y revisionista- ensayo el relato lleno de interesadas falsedades con que se nos ha vendido (y se ha comprado) la transición. El pacto de olvido, la componenda entre las cúpulas de la partidocracia de listas cerradas. Y, sobre todo, la impostura con que algunos han exagerado y mitificado su papel en el antifranquismo.
La verdad es que sí: las elites franquistas y las antifranquistas se pusieron de acuerdo en la prescripción del pasado. El mismo Santiago Carrillo declaraba en 1977: "El proceso de transición se basa en no remover el pasado, compromiso tácito para que la democracia no se vuelva a hundir". Ysí: la transición se basó en el ocultamiento y en el mirar hacia otro lado. Aunque ahora podamos lamentar, a pelota pasada, que no hubiera ido todo de otra forma. O que no se restituyera la dignidad de los vencidos, como ya debería haberse hecho durante la posguerra.
Francesc-Marc Álvaro, los de su generación, los que tenían nueve años en 1975, tienen todo el derecho a reescribir aquel proceso pactado de continuidad en la paz. Hoy, con la información que tenemos de hasta qué punto coaccionaban los poderes fácticos,todo aquello puede parecer incluso una estafa. Pero ¿era posible otra cosa?
El franquismo y el antifranquismo activos eran cosa de minorías. Y pactaron como en aquel chiste en que el paciente agarra al dentista por la entrepierna al tiempo que le advierte: "¿Verdad que no nos haremos daño, doctor?". En el pacto de la transición la mayoría afranquista,como la llama Álvaro, representa al franquismo sociológico. Que alargó en el tiempo el miedo al compromiso y la pasividad ciudadana, el conformismo temeroso, la prevención contra la política y el miedo a la libertad, o sea, a la responsabilidad. Y, cosa mucho peor, la sustitución mecánica del autoritarismo franquista por otro autoritarismo todavía más perverso, porque actuaba sintiéndose moralmente legitimado.
La dictadura dio paso a una democracia inevitablemente de baja calidad en la que ha campeado el populismo y la atracción por el partido único que todavía sienten demasiados dirigentes que salieron del antifranquismo deseando poder eliminar al contrario en aplicación espuria de aquella máxima evangélica, y que podría ser leninista, del conmigo o contra mí.
Francesc-Marc Álvaro alude a la mayoría de afranquistas que fueron objeto de transacción entre la pequeña elite del franquismo reciclado y aquella otra elite del antifranquismo que abandonó inevitablemente el ideal de la ruptura por la realidad de la reforma. Pero ese afranquismo no era tan neutro como quiere figurarse él, sino que constituía aquella mayoría silenciosa y apolítica que nutría las filas, bien prietas, de los que no querían líos.
La transición no fue un camelo, sino sólo el mal menor. Un punto final y un punto de partida: nada más, pero nada menos. Francesc-Marc Álvaro protesta en el fondo viéndose tan largamente tratado de menor de edad por una transición sacralizada, como menores de edad fueron tratados ya desde antes sus propios padres afranquistas,aquella mayoría silenciosa y sin épica para la que se inventó todo el tinglado. En su nombre, juzga con severidad a quienes tilda irónicamente de "héroes" del antifranquismo. Aunque, no nos engañemos, quienes "dejaron morir al dictador en la cama" no fueron otros héroes que los afranquistas,la gran mayoría.

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