Con la investidura de Angela Merkel como canciller alemana vuelve una mujer al frente de una gran democracia europea por primera vez desde la caída de Margaret Thatcher en 1990. Está por ver qué estilo de liderazgo ejercerá Merkel, y si habrá una nueva “dama de hierro” en Europa. En las formas, que no en el fondo, la alemana se muestra más amable. Y a diferencia de la británica, es una convencida europeísta.

Thatcher y Merkel tienen más en común de lo que pueda parecer. Ambas fueron ministro antes de liderar el partido conservador de su país y luego encabezar la máxima candidatura electoral con un ambicioso programa de reformas. Provienen de familias pequeñoburguesas alejadas de todo privilegio; y por sus propios méritos se encumbraron en política después de estudiar ciencias (química Thatcher, física Merkel). Las dos contaron con el apoyo de consortes talentosos y discretos: Dennis Thatcher fue un empresario bien situado y Joachim Sauer, el segundo marido de Angela Merkel, es catedrático.

El mérito de pioneras como Thatcher, elegida en 1979, y Golda Meir, primer ministro de Israel entre 1969 y 1974, es enorme. Son animales políticos hechas a sí mismas que triunfaron en sociedades patriarcales contra todo pronóstico: el sexo “natural” asociado a la autoridad es masculino, y la inmensa mayoría de las pocas mujeres que consiguen llegar a los más altos cargos, en el pasado y en el presente, tiene lazos familiares con hombres poderosos.

Un apellido ilustre ayuda a cualquier aspirante, hombre o mujer, porque otorga identificación inmediata ante el público y proporciona valiosos contactos y experiencias. Quien convive con el poder tiende al poder, y lo ejerce con naturalidad. (George W. Bush sabe mucho de todo eso).

Para las mujeres, pertenecer a una estirpe poderosa es más que un plus, es la manera de solventar su déficit de autoridad y legitimidad en una cultura que prima lo masculino.

El acceso femenino al poder desde el inicio de los tiempos ha tenido como única vía el ser hija o esposa del hombre dominante, y aun así ha sido la excepción a causa de la discriminación e incluso exclusión de la mujer de la sucesión. Las monarquías todavía existentes evolucionan hacia la equiparación de los derechos dinásticos para ambos sexos. Muchas felicidades a Leonor y a sus colegas herederas europeas y japonesa.

En el juego político, democrático o no, la conexión familiar suele seguir siendo fundamental para las féminas. La primera mujer que llegó a primer ministro en la Historia fue Sirimavo Bandaranaike, en 1960 en Sri Lanka. Era la viuda de un primer ministro asesinado. Y la primera presidenta se dió en 1974 en Argentina con María Estela Martínez de Perón, viuda de ídem.

Hillary Clinton, esposa de Bill, es la favorita en el Partido Demócrata para la candidatura en 2008 al cargo más poderoso de la Tierra.

En el S. XXI, las mujeres con cualidades, con o sin apellido, lo deberían tener menos cuesta arriba para servir a su país en posiciones de liderazgo. Los parlamentos, sede del poder legislativo e incubadora de nuevos líderes para el ejecutivo, se van feminizando muy poco a poco: globalmente las mujeres ocupan un 16% de los escaños, o lo que es lo mismo, los hombres todavía copan un 84%. Sorprendentemente, el país con más diputadas no es Suecia, que es segunda con un 45%, sino Ruanda, con un 49%. El parlamento español y el catalán tienen alrededor de un tercio de mujeres.

África nos acaba de dar otra alegría con la elección en Liberia de Ellen Johnson-Sirleaf, la primera presidenta del continente elegida en democracia. Pocos creían en ella, al competir con George Weah, un héroe nacional y celebridad mundial por haberlo nombrado la FIFA jugador del año en 1995.

Arabia Saudí y otros países del Golfo Pérsico cierran la tabla de parlamentarias con cero patatero, pero es que allí, ellas ni pueden votar, ni presentarse, ni hay una verdadera Asamblea que pueda tomar decisiones. Ellos se lo pierden.

Erika Casajoana. Consultora política.