Semana de caza de brujas la pasada. Como cuando en Broadway cazaban a las de Arthur Miller. O cuando en 1692 en la aldea de Salem (Massachusetts) los puritanos, histerizados por la religión, quemaban mujeres acusándolas de actos impuros con el niñerío.O cuando en 1424 la voz de Dios ordenaba a la virginal y sanguinaria Juana de Arco salvar a la patria matando ingleses.
Pues eso. El lunes la Filmo rindió un homenaje por haberse muerto a mi compañero de curso Antonio Drove, quien en 1967, rodó como ejercicio de fin de carrera en la EOC la Caza de Brujas. Niños torturados cerebralmente por curas franquistas y dos de ellos abocados a la hoguera del oprobio y la expulsión porque anudan una amistad particular que incluye tocamientos torpes e impropios.

El miércoles, el Diccionario de la caza de brujas de Javier Coma, esa máquina de escribir libros que empezó hace más de 30 años a teclearlos y ahí sigue, imperturbable como el Dick Fulmine mussoliniano rebautizado Juan Centella en la España franquista, tecleando con ruido y furia e ignorando olímpicamente que existe una herramienta llamada ordenador, mientras los escribientes comunes nos preguntamos cómo diablos pudimos escribir antes de su invención.

El dicionario de Coma -más de 40 libros publicados, la mayor parte sobre el Hollywood dorado- se convertirá pronto en lo que el tópico llama con tino una obra de referencia imprescindible.Para cinéfilos rojillos o ex rojillos sobre todo, entre los cuales por supuesto se cuenta este cronista. Centenares de voces agrupadas mediante el espléndido orden alfabético anarquista -del Actors Lab a Philip Yordan- sobre las denuncias y juicios contra comunistas, ex comunistas y compañeras de viaje que montó el senador Joe McCarthy con la colaboración de los futuros presidentes Richard Nixon y Ronald Reagan. Y encima, un centón de fotos en color; las más, carteles de películas de la época hechas por protagonistas del libro. Solo echo en falta en la entrada Welles, Orson la frase que se le atribuye sobre los que cantaron: «No denunciaron para salvar la vida, sino para salvar la piscina».

Finalmente, el viernes, la sentencia de Outreau que conmociona a Francia. Los integrantes de una presunta red de pedofilia, condenados a largas penas de prisión, salen a la calle -menos el que se suicidó en la cárcel- tras ser declarados inocentes en apelación. Altas indemnizaciones y Dominique de Villepin pidiéndoles perdón en nombre de la República. Todo se debió a la incompetencia criminal de educadores -todo educador lleva dentro un pedófilo-, trabajadores sociales, psicólogas, periodistas y jueces, que encima no utilizaban la preceptiva presunción de inocencia sino la de culpabilidad. Caza de brujas, igualita que la denunciada hace años en España por Arcadi Espada en su libro Raval. Del amor a los niños.

¿Queda caza de brujas? Sí: en Cataluña. Denuncian a comerciantes que no rotulan en catalán el menú o las ofertas navideñas para inmigrantes ecuatorianos. Y... y... y...