El 22 de noviembre, el Parlamento alemán eligió a Angela Merkel nueva canciller. Esto podría señalar un acontecimiento trascendental. Merkel es la primera mujer canciller de la historia alemana; la primera líder que ha pasado la mayor parte de su vida bajo el gobierno comunista; y la primera jefa de una coalición entre los dos principales partidos alemanes desde 1969. Se hace cargo de un país que ha permanecido, de hecho, sin gobierno desde mayo, cuando el canciller saliente, Gerhard Schröder, anunció su intención de convocar nuevas elecciones. Angela Merkel se convierte en canciller en un momento de crisis para su país, que hace equilibrios entre la reforma interna, la paralización económica y el punto muerto social; entre el estancamiento y la nueva creatividad en la integración europea; y entre la tradición y la necesidad de establecer nuevas pautas en la OTAN.
Cuando vi por primera vez los ajustados resultados electorales y la composición de la gran coalición, temí un callejón sin salida. ¿Cómo podía una canciller con unos resultados electorales decepcionantes controlar una coalición de partidos estridentemente opuestos entre sí desde siempre, que mantenían amargas divisiones en casi todos los asuntos contemplados en la recientes elecciones? ¿Cómo dirige uno un gobierno cuyos puestos están equitativamente divididos entre partidos hasta ahora antagonistas? Este problema parecía especialmente agudo porque en el propio partido de Merkel había varios aspirantes frustrados al cargo superior, los cuales en consecuencia podrían carecer de incentivos para establecer una relación verdaderamente colegiada. Y las cuestiones de política exterior, en especial las disensiones con Estados Unidos, se habían enquistado tanto en la opinión pública alemana que tal vez resultara imposible introducir modificaciones significativas, en especial porque el nuevo ministro de Asuntos Exteriores es uno de los aliados más cercanos del canciller saliente.
Todo esto podría suceder aún. Pero existe también la perspectiva alternativa, por la que me inclino cada vez más. Ambos partidos de coalición saben que, si se obstruyen mutuamente, la coalición se romperá y cada uno se enfrentará a los problemas que en un principio le obligaron a aceptar la coalición. El intento por parte de Schröder de establecer reformas marginales amenazó con dividir al Partido Socialdemócrata. Cuando Merkel ofreció una drástica orientación alternativa hacia el mercado, el electorado se dividió prácticamente por igual; de hecho, con una ligera mayoría para la izquierda, si se incluyen los ex comunistas. Por consiguiente, un punto muerto, sumado a la crisis, podría hacer que los partidos dominantes perdieran fuerza, al producir un importante giro electoral hacia partidos actualmente secundarios.
La personalidad de la nueva canciller proporciona una esperanza adicional. Durante la campaña electoral se puso de moda el burlarse del aparente déficit de carisma de Angela Merkel, pero para el cargo de canciller, tal vez sea más importante la extraordinaria hazaña de su ascenso. En una década, pasó de ser una oscura investigadora científica en la Alemania Oriental comunista a convertirse en canciller, sin representar a un electorado especial propio y frente a rivales de su propio partido que habían dedicado toda una vida a ascender por el escalafón político. Retrospectivamente, hay muchas explicaciones para el inexorable avance de Angela Merkel, que posiblemente se deba en parte a la competencia entre sus rivales. Pero al final, puede que su persistencia resuelta a la hora de perseguir metas importantes impulse por sí misma la actividad de gobierno cotidiana.
La política exterior es el campo con mayor margen para el liderazgo. Cuando Alemania se unificó en 1871, el primer ministro británico Benjamin Disraeli lo consideró un acontecimiento más importante aún que la Revolución Francesa. Temía que una potencia centroeuropea más fuerte que cualquiera de sus múltiples vecinos resultara difícil de integrar en el equilibrio de Europa. La unificación alemana en 1991 suponía el mismo riesgo en potencia que había conducido a dos guerras mundiales. Por fortuna, dos grandes iniciativas del periodo de posguerra - la integración europea y la alianza atlántica - amortiguaron y absorbieron los impulsos nacionalistas europeos en un marco general. Estos dos logros se han visto sometidos a tensión en el pasado reciente por las diferencias germano-estadounidenses. Irak ha sido la causa próxima, y las en ocasiones abruptas acciones estadounidenses, el detonador. Pero las verdaderas dificultades entre Berlín y Washington han sido más profundas.
Durante la Guerra Fría, Europa necesitaba a la potencia estadounidense para su seguridad. Y el trauma de su historia bélica provocó en Alemania el impulso moral de volver a la comunidad mundial como socio de Estados Unidos. De ahí emergió un destino común en el cual se podían sumergir las diferencias tácticas. El hundimiento de la Unión Soviética puso fin a la dependencia estratégica de Europa con respecto a Estados Unidos; el surgimiento de una nueva generación acabó con la dependencia emocional de Alemania respecto a la política estadounidense. Los que alcanzaron la madurez en la década de 1960 y más tarde, no habían sufrido la guerra, la reconstrucción de posguerra y la creación de una unidad aliada. Fueron sustituyendo progresivamente la identificación con Estados Unidos por la búsqueda de una identidad europea y alemana diferenciadas. Su gran experiencia política emocional ha sido la oposición a la guerra de Vietnam y al despliegue de misiles de alcance medio en Alemania. Su disociación de Estados Unidos fue aumentando gradualmente hasta convertirse en manifestaciones masivas, especialmente en 1968 y 1982. La llamada generación del 68 se contuvo durante un tiempo por la continua amenaza soviética y la oposición de la «generación de la guerra» a sus puntos de vista. Cuando el hundimiento de la Unión Soviética coincidió con un cambio de gobierno en Alemania, el terreno estaba preparado para la modificación, tanto en el tono como en la esencia, de las relaciones aliadas. Un cambio generacional similar en Estados Unidos trasladó el centro de gravedad de la política estadounidense a regiones menos vinculadas emocionalmente a Europa y menos familiarizadas con ella que los líderes nororientales de la posguerra inmediata.
Es probable que cualquier canciller alemán hubiera sido reacio a unirse a la guerra en Irak. Pero ningún canciller o ministro de Asuntos Exteriores que no perteneciera a la generación del 68 habría basado su política en una oposición abierta y sistemática a Estados Unidos ni habría centrado dos campañas electorales en la profunda desconfianza hacia los motivos supremos de Estados Unidos. Y tampoco habrían sido probables los esfuerzos demostrativos conjuntos con Francia y Rusia para frustrar las iniciativas diplomáticas estadounidenses. Paradójicamente, el debilitamiento de la alianza también debilitó la integración europea. Tentó a Francia a magnificar su oposición a Estados Unidos para evitar que todos los desafectos europeos se unieran en torno a la política nacional alemana. En el proceso, Alemania y Francia elaboraron una visión de la identidad europea definida por la oposición a Estados Unidos. Por su parte, los nuevos miembros orientales de la UE nunca se amoldaron a esa Europa. Seguían compartiendo las percepciones sobre Estados Unidos que tenía la generación de la posguerra inmediata en Europa Occidental.
Cuando el secretario Donald Rumsfeld comparó la vieja Europa con la nueva, no estaba fomentando una fisura, sino describiéndola. En ambos lados del Atlántico se cometieron errores. La proclamación por el gobierno de Bush de una nueva doctrina estratégica de guerra preventiva fue uno de ellos. La doctrina era intelectualmente defendible en vista del cambio tecnológico, de la proliferación de armas de destrucción masiva y del terrorismo. Pero anunciar unilateralmente lo que parecía un cambio de doctrina radical iba en contra de la práctica tradicional de la alianza. En última instancia, la cuestión de multilateralismo frente a unilateralismo no atañe al procedimiento sino al fondo. Cuando los propósitos son paralelos, la decisión multilateral se produce de manera casi automática. Cuando divergen, la toma de decisiones multilateral se convierte en una cáscara vacía. El reto para la Alianza Atlántica no ha sido tanto el abandono del procedimiento como la evaporación gradual del sentimiento de destino común.
Esta situación provocaba gran incomodidad en ambos lados del Atlántico incluso antes de las elecciones alemanas. En un significativo discurso pronunciado en febrero de 2005 en París, la secretaria de Estado Condoleezza Rice describió en líneas generales un nuevo enfoque más consultivo de la diplomacia estadounidense. Por su parte, el gobierno alemán respondió con un planteamiento más conciliador en diversos asuntos importantes. Aún así, la confianza mutua estaba tan poco restablecida que durante la campaña electoral el canciller saliente volvió a basar su candidatura al poder en la voluntad de su partido de oponerse a la supuesta proclividad estadounidense a entablar guerras innecesarias.
Ambas partes parecen decididas a restaurar una colaboración más positiva. En Estados Unidos el legado de dos generaciones de política exterior atlantista ha persistido, a pesar de las tensiones del periodo reciente. En Alemania, el gobierno de Merkel señala la llegada de la tercera generación de posguerra: no tan sometida al pro americanismo de los años cincuenta y los sesenta, pero tampoco modelada por las pasiones de la denominada generación del 68. El cambio generacional es especialmente pronunciado en el caso de la canciller. Merkel vivió bajo el gobierno comunista durante las controversias de la Guerra Fría. A muchos habitantes de la Europa del Este los debates internos que se vivieron en Occidente sobre la seguridad les parecían un capricho comparados con las dificultades de vivir bajo el gobierno comunista. En Europa del Este, en general, la Alianza Atlántica representaba la esperanza, no la controversia. De manera similar, la integración europea era significativa como visión de un futuro mejor más que como mecanismo para aflojar los lazos con Estados Unidos.
Por su experiencia personal, Merkel entiende cuáles son los ajustes psicológicos que la unificación exige a la población de Alemania Oriental, aunque se niega a apelar a ello con demagogia. En los primeros días de la unificación, le pregunté cuál le parecía el mayor reto psicológico para un alemán oriental, desde el punto de vista de la política exterior. Ella respondió: «Aprender a sentirse tan cómodo de vacaciones en Francia como se siente ahora en Bulgaria». Con su sistemático método científico, Merkel evitará escoger entre el atlantismo y Europa, o confundir los gestos sentimentales hacia Rusia con una gran estrategia. Práctica, seria y reflexiva, procurará establecer una serie de relaciones adecuadas para el nuevo orden internacional, negándose a escoger entre Francia y Estados Unidos y estableciendo en cambio un marco que abarque a ambos. Defenderá su percepción de los intereses alemanes, y el destino de sus adversarios internos demuestra que puede llegar a ser una contrincante formidable. Pero estos intereses se definirán en función de una visión de futuro en lugar del combate ideológico de las últimas décadas.
El Gobierno de Bush ha dado toda clase de muestras de su voluntad de cooperar. De hecho, una de las preocupaciones es que la cooperación pueda generar un entusiasmo tal que inunde el diálogo con planes a corto plazo derivados del periodo de tensión. El Gobierno debe intentar frenar su tendencia a celebrar consultas como un agotador ejercicio para imponer las preferencias estadounidenses. Hay que dar a los alemanes un margen para que elaboren su visión de futuro. El principal reto al que se enfrentan las naciones atlánticas es desarrollar un nuevo sentimiento de destino común en la era de la yihad, el auge de Asia y la aparición de problemas universales como la pobreza, las pandemias y la energía, entre otros muchos.
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