Es muy lamentable que el presidente del Gobierno de una democracia recule cuando la libertad de expresión es atacada. Una de las peores agresiones a la libertad de expresión es el cierre de un medio informativo y se espera de un dirigente democrático que no vacile en perseguir los intentos fascistas de tapar la boca a los discrepantes. Pero Zapatero no ha movido un dedo cuando cinco enmascarados y dos diputados a cara descubierta de ERC han realizado un acto de intimidación ante la emisora Cope en su sede de Madrid, cuyo cierre les colmaría de placer. Ni siquiera ha condenado la agresión totalitaria, ni ha tenido el detalle de solidarizarse con los agredidos.
Otros que se dicen defensores de la libertad tampoco se han irritado por la propuesta sectaria de acabar con un medio de comunicación y unos comunicadores, o sea, que son defensores sólo de lo que a ellos les gusta. Aunque parezca mentira, hasta entre profesionales del periodismo hay quien se escandaliza por lo que dicen los hostigados y no por la intolerancia de sus agresores. Los culpables de la agresión que sufre la Cope no son Federico Jiménez Losantos, su voz más característica, ni ninguno de sus profesionales. Lo son el diputado que pide su cabeza desde la tribuna del Congreso, el ministro que reacciona con insultos ante la información que le afecta, los fascistas que quieren sellar voces diferentes, el presidente del Gobierno que no pone freno a la embestida.Ruboriza tener que recordar estas cosas, tener que insistir en que nunca la víctima es culpable, tener que subrayar que la libertad obliga a soportar la opinión discrepante, y que sólo un juez debe resolver los litigios cuando alguien se siente afectado.Y abochorna comprobar cómo unos que se dicen demócratas reclaman la intervención gubernativa, la vuelta a los tiempos oscuros de la arbitrariedad.
No digo todo esto por afán corporativo. Además, yo no hablo en la Cope sino en Onda Cero y es Onda Cero la emisora que preferentemente escucho. Lo digo porque el acoso al dis-crepante es una corrupción temeraria de la que sólo pueden derivarse perjuicios para el conjunto de la sociedad. Una de las mejores definiciones que conozco de libertad de expresión la acuñó George Orwell en el prólogo a su Rebelión en la granja: «Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír». Cuando ese derecho no se entiende y resulta arriesgado su ejercicio, se encienden las luces de alarma que anuncian peligro para la sociedad. Y no veo yo ahora al presidente del Gobierno con ánimo de apagarlas.

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