En A Coruña se viven momentos de intensa emoción al haberse conocido la noticia de que el Gobierno socialista de España y el presidente socialista de la Xunta de Galicia han conseguido fondos europeos para financiar parte del proyecto de construcción del nuevo puerto de Arteixo, que era -recordémoslo- una vieja idea del alcalde seudo- socialista de A Coruña, apoyada también por el Gobierno de Aznar y por la Xunta de Fraga. El resto del presupuesto se cubrirá, no con dinero del Estado español -que sería lo lógico, si fuese una obra de verdadero interés público-, sino con la venta de los actuales muelles del puerto coruñés a la iniciativa privada, al objeto de que allí se construyan viviendas mayoritariamente de lujo, incluidos algunos rascacielos. Cualquier marino mercante, en cualquier cafetín de la ribera, nos diría que el objetivo de esta operación es fundamentalmente especulativo, por cuanto el nuevo puerto ha de construirse en una zona de mar abierto, barrida por los temporales, y es muy probable que cuando se termine tenga que permanecer cerrado al tráfico entre tres y seis meses al año, según calculan algunos prácticos. En otras palabras, que no será «superpuerto», ni «puerto refugio», ni «puerto de contenedores», ni «punto intermedio para el comercio entre Estados Unidos y Europa», como se nos viene vendiendo, sino un puerto para servicio casi exclusivo de la refinería de Repsol. Dicho eso, ¿cómo se puede intentar comparar este nuevo puerto de Arteixo con el de Hamburgo o el de Rotterdam, que tienen kilómetros y kilómetros de muelles, conexión directa con el tráfico fluvial hacia el interior de Europa y un «hinterland» industrial que aquí no existe? La carga y descarga de contenedores -por si alguien no lo sabe- requiere dos cosas fundamentales: aguas tranquilas y absoluta puntualidad, casi ferroviaria, en los horarios de llegada y salida. Amén de buenas comunicaciones por tierra. Y ninguna de esas circunstancias va a darse en el nuevo puerto de Arteixo. Así pues, habrá que deducir que quienes lo han proyectado y aprobado saben de sobra -aunque no lo digan- que la única actividad económica importante se derivará de las tareas de construcción de la propia rada -que no serán fáciles- y sobre todo de la construcción y venta de las viviendas de lujo que se van a edificar en los muelles que se abandonan. El resto son maniobras de distracción y brindis al sol. Desgraciadamente, la apuesta por el pelotazo urbanístico como eje fundamental de la política económica es una constante de los sucesivos gobiernos de España, y ya no digamos del municipal de A Coruña, que lo ha convertido en divisa de toda su actuación. Ahora bien, sí que habría que preguntarle al presidente de la Xunta, señor Pérez Touriño, cómo piensa hacer compatible su plan contra la especulación urbanística en la costa gallega -que él llama «marbellización»- con la «neoyorquización» de los muelles coruñeses que él ha propiciado. ¿ O son dos cosas distintas?