El trigésimo aniversario de la muerte de Franco ha suscitado la aparición de nuevas interpretaciones y reinterpretaciones sobre la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura y la Transición.Con más frecuencia de lo deseable la historia deviene un arma más de la lucha que derecha e izquierda españolas libran por la hegemonía ideológica y política, lucha que a partir de marzo del año pasado se ha recrudecido hasta el extremo. No hay duda de que en este contexto se hace muy difícil acometer cualquier cambio real de la estructura del Estado, más aún si se pide desde Cataluña. Para algunos la propuesta, tras casi un cuarto de siglo, de nuevo Estatut es un pecado que merece la hoguera. Imagínense pues qué podría llegar a suceder si se plantara seriamente reformar la carta magna. Aun siendo feroces las dentelladas que intercambian, el PP y el PSOE coinciden en una cosa: la Constitución no se va a tocar. Es más: el proyecto de la España plural zapaterista deja fuera aspectos fundamentales de proyecto de Estatuto catalán, lo que va a complicar muchísimo su aprobación. El presidente del Gobierno está prácticamente solo en la defensa, en el seno del PSOE, de un enfoque algo más abierto de la cuestión de las identidades. Y pese a ello, la derecha aznarista -con fervor constitucional sobrevenido y el furor antiestatutario de siempre- no deja de alimentar irresponsablemente la tensión -la manifestación de ayer es una prueba irrefutable de ello- y acusar al PSOE de vendepatrias, lo que por lo visto está haciendo mella en el electorado socialista y poniendo muy nervioso al partido fundado por Pablo Iglesias.
Cuando, ante las demandas catalanas, desde la derecha o la izquierda españolas se pretende justificar la inmovilidad constitucional se afirma de inmediato que la Constitución es la piedra de toque de la reconciliación entre españoles. Me parece más bien que la reconciliación sigue pendiente. Una de sus consecuencias es el pulso entre historiadores para acusar con saña a uno u otro bando. La Constitución es un pacto de no agresión y convivencia, quizá sólo cohabitación, un pacto que contiene unas normas de funcionamiento aceptadas por las partes. Mientras para unos era lo máximo otorgable, el punto de llegada, como se ha dicho a veces, para los otros era el mínimo exigible. La Constitución fue, pues, la intersección posible entre gentes que prefirieron evitar otro enfrentamiento. Para la reconciliación debería haber admisión de responsabilidades y perdón. Y eso no se ha producido.La Transición se apoya en la amnesia.

El odio entre izquierdas y derechas, el anticatalanismo, y los demás espectros de la Guerra Civil y el Franquismo se materializan rápidamente a poco que la vida política baje un poco revuelta.Quizá sólo sea cuestión de que pase el tiempo, quizá las cosas se normalizarán algún día y podremos sentarnos a hablar en serio, sin insultos, ni manifestaciones, ni boicots, ni amenazas. Por el momento una Constitución que recoja y valore como un activo el carácter plurinacional del Estado sigue siendo un sueño. Hoy lo más que se puede hacer, y no es poco, es defender con la mayor serenidad y eficacia un proyecto de Estatuto avalado por el 90 por ciento del Parlament, y que, a pesar de lo que se dice y se repite, ni es una locura ni supone cargarse nada.