Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los franceses creían que sus peripecias nacionales, sus logros y sus polémicas, tenían inevitablemente trascendencia planetaria. Eran las secuelas del carácter universal que tuvo algo tan extraordinario y tan francés como fue la Revolución de 1789. Esa sensación de protagonismo se acabó oficialmente hace algunas décadas. Y ahora las dinámicas nacionales que de verdad influyen en las del resto del mundo son las que vienen de Estados Unidos. Y, sin embargo, de vez en cuando, en Francia ocurren cosas cuya onda expansiva termina por llegar a buena parte del resto del planeta. Mayo del 68 fue una de ellas. Se ha dicho que la reciente revuelta de los suburbios de las ciudades galas podría ser otra. Y lo que tiene pinta de no quedarse en las columnas de opinión de los diarios parisinos es el debate que algunas reacciones a dicho movimiento juvenil han provocado en la escena intelectual francesa. La primera piedra la ha lanzado el conocido y respetado filósofo Alain Finkielkraut con unas declaraciones al diario israelí HAARETZ en las que negaba que el paro o la discriminación social fueran los orígenes de la revuelta y que la clave era el odio de esos jóvenes hacia Occidente. "El problema es que la mayor parte de ellos son negros o árabes con una identidad musulmana", decía Finkielkraut.
La Francia intelectual y sus adláteres no hablan de otra cosa desde hace algunos días. A favor, pero sobre todo en contra. Y el siempre influyente LE NOUVEL OBSERVATEUR le ha dedicado su última portada. El artículo de Laurent Joffrin, una de sus firmas señeras, resume la posición del semanario. "No son un grupo constituido. No todo lo que dicen es falso. Forman parte del debate democrático y no hay que descalificarlos: son los intelectuales de una nueva derecha que el 11 de septiembre, la expansión del terrorismo, el ascenso del islamismo y la debilidad cultural de la izquierda están fraguando poco a poco. Tras décadas de dominación progresista quieren crear un nuevo código inspirado por el terrorismo, la inseguridad, las violencias urbanas y, sobre todo, el 'choque de civilizaciones', diagnosticado por Samuel Huntington. Son los nuevos reaccionarios. ... Una miembro de la Academia francesa como Hélène Carrère d'Encausse --prosigue Joffrin-- ha dicho que los chicos africanos están en la calle porque muchos de esos africanos son polígamos. ... El diputado de la derecha Jacques Myard ha pedido que se creen 'batallones disciplinarios' para meter en vereda a esos 'jóvenes franceses a pesar de sí mismos'. También André Glucksmann imputa al 'nihilismo' y al odio la revuelta de los suburbios y defiende que se les llamara 'gentuza'. ... Esa interpretación étnica de la revuelta tiene poco de audacia intelectual. Bien al contrario, es la opinión de la gran mayoría de los franceses. ... Cuatro características reúnen a los neorreaccionarios: 1) Para ellos estamos en una guerra que se declaró el 11 de septiembre de 2001. 2) En ella hay una quinta columna que es una extrema izquierda que se ha aliado al islamismo y que es vector de una nueva judeofobia con adornos progresistas. 3) También hay unos tontos útiles, las gentes de una izquierda a la que acusan de ceguera, angelismo e inercia. 4) Ello es manifestación de un síndrome más amplio: el fin del progreso y la disolución de los valores republicanos, occidentales, judeocristianos".

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