Una tras otra, con sólo unas semanas de intervalo, Gran Bretaña y Francia nos han traído el recuerdo de la violencia. Los atentados del 7 de julio en Londres causaron decenas de muertos; una de sus características sorprendió y contristó aún más a la opinión pública: los autores, al menos en parte, eran jóvenes musulmanes residentes largo tiempo en Inglaterra, con su lógica y su discurso propios y su singular trayectoria basada en su experiencia en suelo británico y no únicamente en lógicas globales, planetarias, venidas de lejos, las propias de los atentados del 11-S en Estados Unidos.
Su violencia denunciaba la política internacional de Tony Blair, con el mismo estilo con que los atentados de Madrid la tomaron con la participación de Aznar en la aventura estadounidense en Iraq; en su caso, el grado de desesperación fue tan intenso como para que los terroristas se dieran muerte con su gesto, y tal desesperación guardó asimismo relación con el funcionamiento interno de la sociedad británica, con el racismo, con las discriminaciones; con el sentimiento de no contar ni tener espacio propio, de ser despreciado. Incluso -como se ha notado- algunos autores de estos atentados tenían un puesto de trabajo y de hecho estaban integrados en la sociedad donde vivían.
Tres meses después, unos jóvenes -incluso muy jóvenes- han dado a Francia una imagen que impresionó también a todo el mundo: la del espectáculo nocturno de barriadas que arden en llamas con el incendio de coches particulares y de vehículos del transporte público, de escuelas y guarderías, etcétera. En este caso, la violencia se ha cobrado víctimas en casos contados y excepcionales (un muerto, asesinado por uno o dos individuos cuando trataba de apagar un contenedor de basura en llamas en la vía pública cerca de su domicilio). Los jóvenes, en general, han evitado atacar personas directamente; simplemente se han enfrentado a fuerzas del orden o a los bomberos que iban a apagar los incendios, atentos más bien a eludir el enfrentamiento directo.
Merece la pena prolongar la comparación. En los dos casos -terrorismo en Londres, revueltas y tumultos en Francia-, los autores han actuado en silencio: su violencia era ella misma su mensaje. Ahora bien, la de los primeros se inscribe en el marco de lógicas rebosantes de discursos, enarbolan una perspectiva, una religión y unos enfoques políticos, mientras que la de los segundos no manifiesta principio alguno de estructura y articulación ideológica, de religión o identidad cultural patente y clara, de organización bajo un liderazgo local o mundial. El factor que les separa radica precisamente ahí, en la asunción - efectiva en el caso del terrorismo y no de las revueltas y tumultos- de la cólera y la rabia procedentes de los estratos sociales inferiores a cargo de actores, ideologías y proyectos e incluso formas de organización venidas de lejos. La revuelta callejera es un fenómeno caliente, el terrorismo es frío; la revuelta es expresiva, el terrorismo es instrumental; la revuelta habla en sí misma y en su propio favor y beneficio; el terrorismo se inscribe en dispositivos más amplios. Indudablemente, está claro que no cabe afirmar exactamente lo mismo en ambos casos. Los revoltosos en Francia, por ejemplo, no procedían en su totalidad de la inmigración árabe-musulmana; incluso podían ser, como suele decirse con terminología bastante inadecuada y deficiente, de cepa. No obstante, existe un mismo substrato en la violencia: el sentimiento de ser excluido socialmente, discriminado, no reconocido; el sentimiento de no encontrar el lugar propio en una sociedad que practica el racismo y donde reina la injusticia social.
En ambos casos, los actores -en un registro completamente distinto- son signo y muestra, para emplear aquí una expresión cara al historiador Charles Tilly, de un nuevo repertorio; en efecto, se inscriben y enmarcan en métodos de acción singularmente modernos. Los terroristas de Londres sabían emplear internet y teléfonos móviles, como los jóvenes alborotadores de las barriadas francesas se reunían y se separaban con la enorme flexibilidad que les proporcionaba el uso de teléfonos móviles. En ninguno de estos casos se trata de jóvenes sumidos en las tinieblas del oscurantismo más absoluto; en ambos casos saben cómo apelar a los argumentos y a las tecnologías propias de su época.
Añadamos, sin embargo, un aspecto de carácter histórico que evitará muchas necedades: Francia conoció hace un decenio, en el curso del verano de 1995, una serie de atentados que presentan ciertos rasgos que recuerdan el terrorismo global de Londres toda vez que sus autores formaban parte de redes internacionales (sobre todo, vinculadas a Argelia) y provenían al propio tiempo de barriadas periféricas, empezando por el más famoso, Jaled Kelkal (1971-1995) residente en Vaulx-en-Velin, suburbio de Lyon. E Inglaterra sabe perfectamente lo que son las revueltas urbanas; ha tenido experiencia directa de ellas como, por ejemplo, las de Brixton a principios de los años ochenta. El caso es que es menester levantar acta tanto del terrorismo asesino de Londres como de las revueltas espectaculares pero sin víctimas de los barrios franceses: ambos países han sufrido en el curso de los últimos veinte años. Por ello vale más no dar la razón a quienes piden que se elija un modelo de integración en lugar de otro, entre el modelo británico, abierto a las minorías y, si no próximo al comunitarismo, sí al menos multiculturalista, y el modelo francés, republicano y hostil a la presencia de cualquier minoría en el ámbito de la vida pública. Ambos, en realidad, están averiados. Y ambas clases de violencia, el terrorismo y la revuelta, acaban de decirnos algo a propósito de esta avería.
El terrorismo, en la medida en que no procede de fuera sino del interior de la sociedad, acaba de decirnos que en un mundo globalizado el islam aporta un recurso a quienes quieren transformar su desesperación y su cólera social en acción política bajo la forma del islamismo radical. Aporta, si se quiere, un suplemento de fe y sentido religioso a una realidad que en caso contrario se vería aquejada de pérdida de sentido, de imposibilidad de conferir sentido a la propia existencia. Y la revuelta, al contrario, acaba de decirnos que sin una mínima capacidad de actuación en el plano político, sólo resta la expresión de esos mismos sentimientos propios, con riesgo de dar a esta expresión las dimensiones espectaculares y tal vez vagamente lúdicas que proporciona el recurso al incendio.
No se combaten el terrorismo y las revueltas con los mismos intrumentos; las políticas represivas difieren considerablemente en uno y otro caso. Nada señala ni determina, por otra parte, que algunos revoltosos de hoy hayan de contarse entre los terroristas de mañana. Ahora bien, en la raíz se detecta un terreno compartido entre ambos fenómenos: el abandono y desamparo, la crisis social, la incapacidad de las sociedades europeas a la hora de atender las necesidades y aspiraciones sociales y culturales de los más desprotegidos. A partir de ahí, sin embargo, los caminos se separan: unos se echan en brazos de la radicalización y la politización que ofrece hoy día el islamismo; otros dan fe de su cólera y de su sentimiento de abandono de manera explosiva y sin futuro. Lo que cambia ante todo es la asunción de la cuestión por parte de fuerzas y tendencias politizadas, con o sin terrorismo. Tal vez en consecuencia cabría esperar una respuesta más eficaz de una suerte de contrapolitización, de la capacidad de que las aspiraciones mencionadas reciban un tratamiento político procedente de los partidos existentes o bien de fuerzas políticas democráticas de nueva creación. Pero éste es otro asunto.
M. WIEVIORKA, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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