Disentir no sólo es un ejercicio democrático saludable, sino absolutamente necesario. Frente a aquellos cirujanos políticos que pretenden trasplantarnos la cara cuando no lobotomizarnos -para cambiar de chaqueta basta un sastre-, la discrepancia continúa siendo un ejercicio difícil de digerir. Hay expertos en buscar una complacencia titánica hacia todo cuanto hacen mal y que, al mismo tiempo, se muestran exquisitamente intransigentes frente a sus adversarios. Son capaces de bombardearnos con bobadas siderales y justificar su existencia porque la réplica recibida supera, en magnitud no menos astronómica, su propia sandez. Una de las máximas manifestaciones de esta inercia es la de aquellos políticos que, representando a millones de ciudadanos, pretenden aislar a otros colegas, que son a su vez la voz de otros tantos millones de votantes. Este juego, parlamentariamente comprensible pero democráticamente nada edificante, es tan viejo como la historia. Como rancia es también la práctica de intentar recuperar con la agitación lo que no te han acabado de dar las urnas. En todo caso, sólo cabe pedir que nadie desvaríe y crea estar en posesión de la verdad y bondad absolutas. Lo primero es metafísicamente imposible y la piedad, en política, es tanto como pedirle agilidad a un burócrata.
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