En la esquina de la calle Alcalá con la Puerta del Sol don Ramón María del Valle-Inclán quedó manco. Ocurrió en 1899. Estando reunida la tertulia del Café de la Montaña, estalló una discusión más bien banal a propósito de un duelo entre un caricaturista portugués y un joven aristócrata madrileño. El periodista Manuel Bueno sostenía que tal lance no había existido, a lo que Valle respondió con uno de sus dardos ceceantes: "No zea uzted majadero, que uzted no zabe una palabra de ezo". Bueno empuñó su bastón de hierro y don Ramón sólo pudo agarrar una botella de agua, con la que bañó a todos los allí presentes, entre ellos don Jacinto Benavente. La herida en el brazo izquierdo gangrenó y no hubo más remedio que amputar.

El Café de la Montaña ya no existe y la Puerta del Sol se ha convertido en uno de los decorados más hiperrealistas de Madrid. Sigue oliendo a churros y a bocadillo de calamares (muy sabrosos los de la primera cervecería que da a la plaza por la calle Arenal), pero a la vez ha pillado un aire de Blade Runner que invita a la prosa, a la crónica canalla, mayormente. Un trajín constante y ciego, un no lugar,que diría Marc Augé, antropólogo y posmoderno; un hormiguero apátrida presidido por dos gigantescos carteles publicitarios que la ley del mercado ha instalado de manera perenne frente a la antigua Dirección General de Seguridad, ahora flamante sede de la Comunidad de Madrid. En los calabozos que fueron imperio del general Eduardo Blanco, temible y eficaz jefe de la policía política del franquismo, hoy se expenden licencias de construcción.

Doña Manolita sigue convocando a las masas sedientas de un pellizco por Navidad y la zapatería Los Guerrilleros calza al nuevo proletariado urbano, pero la Puerta del Sol ya habla más del futuro que del pasado: publicidad planetaria, las pensiones tomadas por los inmigrantes; un lugar nervioso, de ansiedad y esperanza, donde se compra oro y se vende a cien. Cuando en una ciudad las cosas se mueven - y en Madrid las cosas se mueven, vaya si se mueven- siempre hay una Puerta del Sol.

Y en ese lugar feo, muy feo para el canon mesocrático catalán, y a la vez vivo, muy vivo, al Partido Popular las cosas ayer le salieron bien. La derecha democrática española logró administrar con disciplina e incluso vestir de sano autonomismo una corriente de opinión propulsada con combustibles propios de la extrema derecha. No hubo pancartas ofensivas para nadie, ni banderas con el aguilucho, pero la plaza jaleó con mucho más entusiasmo a la Cope que a la Monarquía, citada dos veces por Mariano Rajoy en su correcto discurso. El fenómeno Cope es único en Europa - una propiedad eclesiástica cada día a degüello, perforando el Evangelio-y nada banal. Asociada tácticamente al diario del periodista Ramírez, está tensando muy bien la esfera emocional que mantiene unidas a las diferentes corrientes sociológicas que confluyen en el contenedor electoral del PP.

Ese histrión de las mañanas juega un papel de algún modo similar al desempeñado la legislatura pasada por los guiñoles de Canal +, cuando la España de centroizquierda comenzó a coagularse en contra de Aznar. La política hoy es así. El pasado es futuro. Desde que en el año 500 antes de Cristo la antigua Roma inventase la figura del tribuno de la plebe para contrarrestar el poder de los cónsules, la política nunca ha dejado de estar contaminada por el populismo. No hay democracia sin sal gorda.

Y su uso requiere inteligencia. A Aznar se le veía ayer muy ufano en la tribuna constitucional, contemplando a su partido compactado, disciplinado y lanzado en vibrante cuña sobre el flanco más frágil del adversario: la solidaridad con la España pobre puesta en cuestión; la igualación, el gran mito hispánico, en riesgo. Así se hace política cuando se combate a un frente amplio.

Los frentes amplios son muy temibles por su capacidad envolvente, pero siempre corren el riesgo de romperse porque no hay cadena sin eslabón débil. ¿Y cuál es hoy el eslabón débil de la mayoría gubernamental? Esquerra Republicana, sin lugar a dudas, atrapada entre la necesidad objetiva de una mayor moderación - muy bien administrada en el Congreso por Joan Puigcercós, seguramente su hombre más válido-, y la necesidad subjetiva de seguir siendo el partido del català emprenyat.Esquerra es una manera de ser. Ya ocurrió en los años 30 y vuelve a repetirse ahora. Grandes discursos, gestos a granel y una torpeza intrínseca cuando las cosas van mal dadas. Esos dos diputados, Tardà y Puig, comportándose como un par de freaks en la batalla de Austerlitz. Un catalanismo de dibujos animados.