Perplejidades, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias
La banalidad forma consustancial del ser humano. Todos hemos sido banales en algún momento de nuestra vida, o lo somos hoy al mediodía o por la tarde, o lo seremos mañana, en cualquier circunstancia pública o privada. De la banalidad no suelen producirse grandes desastres que afecten a cientos de miles de personas, como ocurre con la maldad de los malvados o la perversidad de los psicópatas sociales; de la banalidad, trivialidad o insustancialidad se derivan, únicamente, clamorosos ridículos personales, que se ahogan en una pequeña espiral definida por un repentino golpe de idiotez, del que solo serán conscientes aquellos que, en ese momento, tenemos cerca y son testigos de nuestra tontería. Algunas personas son tan estructuralmente banales que en ellos la banalidad no refleja una situación transitoria de memez, sino un pensamiento construido y cimentado desde un ego glotón, ensimismado, carente de juicio y sentido de la medida, un ego del que estas personas no se pueden desprender porque los constituye como tales, son irremediablemente así y no pueden ser de otra manera.
Una forma banal de convertir algo tan serio y grave, como es la enfermedad del sida, en un espectáculo de trivialidad irritante, se le acaba de ocurrir a los organizadores de un concurso de misses celebrado en Moscú, en el teatro Meyerhold (qué diría de esto el gran dramaturgo ruso-alemán, purgado por el sátrapa Stalin). Porque el concurso de misses era para coronar a una chica muy mona como Miss Seropositiva 2005. Las posibilidades que se abren, a partir de ahora, de hacer concursos de misses con problemas de salud son infinitas, y dentro de poco asistiremos - a través de la prensa, claro- a la elección de Miss Baypas , para aquellas bellezas que tienen implantes de corazón, Miss Cirrosis, Miss Melanoma o Miss Bulimia , eso sí, representadas por un rostro joven y todavía agraciado de una muchacha que, probablemente con la mejor voluntad, cree hacer un favor a la causa de la erradicación del problema, paseando su desgracia por la pasarela.
Y paso ahora a las perplejidades. En unas declaraciones realizadas a la prensa regional, la escritora Lucía Etxebarría, que el día anterior había sido invitada, por la Universidad de Oviedo, a dar una conferencia en el edificio histórico, le dice a los periodistas que ese acto fue para ella una experiencia horrible, y que el coloquio, que ella misma sugirió, había sido no menos horrible que la experiencia total. La verdad es que a mí no me produce ninguna perplejidad, a estas alturas, que la gente sea desagradecida, y replique con una actitud gratuitamente agresiva a una acogida cálida y deferente dispensada por sus anfitriones. Lo que a mi me deja perplejo es que, después, en otra entrevista, la escritora se sorprenda de que su persona vaya siempre acompañada de la polémica. Me imagino que, desgraciadamente, ni la vicerrectora Margarita Fuente, ni la jefa de área de Extensión Universitaria Marta Cureses, ni yo mismo, que presenté a Lucía en el acto, recibiremos disculpa alguna en este banal asunto. No sé si es que Lucía no tiene suerte con la universidad de Oviedo (ya había expresado su malestar por otra estancia suya anterior en la institución, invitada por cierto por el que suscribe) o si es la universidad de Oviedo la que no tiene suerte con Lucía. Que lo decida quien quiera.
Siguiendo con las perplejidades de guardia, hace unos días, en un debate organizado por la cadena COPE, el filósofo católico Carlos Díaz, intelectual comprometido con la libertad desde los duros tiempos del franquismo, fue expulsado de la tertulia que dirigía una periodista de la casa de apellido alemán (o a eso me sonaba, aunque no recuerdo su nombre, ni falta que hace), por poner en tela de juicio la línea discursiva del señorito Jiménez Lozanitos . La tal periodista le recriminó a Carlos Díaz que criticara a don Federico en ausencia suya, a lo que el filósofo respondió diciendo que eso era exactamente lo que hacía el baturro todos los días con sus adversarios políticos. Ante la exigencia de la periodista de que Carlos pidiera disculpas, éste se levantó y se fue del estudio, no sin antes decir que consideraba a la COPE su casa desde hacía muchos años, pero que siempre se había sentido libre para expresar sus opiniones. "Me doy cuenta que esto se ha acabado en el futuro", dijo. Produce perplejidad el concepto de libertad que se maneja en la cadena. Jiménez puede criticar, insultar o despreciar a quien le venga en gana, pero los demás no pueden mostrar su desacuerdo con semejante manera de entender la información. Así es la vida.
Y otra perplejidad, la última. Me dicen unos amigos que el otro día, en un acto cultural celebrado en esta ciudad, el presentador de un conocido poeta fue, a su vez, presentado por su madre. Esto de las presentaciones cada vez se complica más. Ahora ya no basta que en la mesa haya casi tanta gente como en la primera fila del público. Ahora también las madres presentan a los presentadores que tienen la fortuna de tener una madre joven que los presente. Y como esto se ponga de moda, los que alguna vez presentamos algo o a alguien sin tener una madre que nos presente, vamos de popa a toda vela. A no ser que alquilemos a una madre de encargo. Yo propongo que podamos llevar a una tía carnal, porque a mi todavía me queda una. Menos mal.
Álvaro Ruiz de la Peña. Catedrático de Literatura en la Universidad de Oviedo.
